lunes, 15 de junio de 2015

Montero, Clark, Lindo y otras mujeres en la Feria del Libro

(Más sobre Feria del Libro y sobre Marga Clark

Hace ya varias horas que se clausuró la Feria del Libro 2015, y es tiempo de escribir mi post recopilatorio de todos los años sobre mis visitas (que no siempre compras) a algunas de las mujeres firmantes.   

Rosa Montero, en la Feria del Libro 2015.
Rosa Montero (1951) llevó a la Feria el regreso de su detective Bruna Husky en una historia de amor, fantasía y aventura. Eso leí en la contraportada de El peso del corazón, pero el tema no me sedujo: un caso en apariencia sencillo que desemboca en una trama de corrupción mundial. Por muy bien escrita que esté la novela y el asunto sea de (oportuna) y rabiosa actualidad, yo ese día iba en busca de algo más de originalidad. Me gustó, eso sí, ver a Rosa Montero, periodista a la que admiro desde mi época universitaria, sobre todo por su maestría en las entrevistas. Retrataba al entrevistado desde una óptica distinta: a veces los mostraba en su perfil humano, otras los fotografiaba desde la subjetividad, y siempre eran los detalles lo que conferían un estimable valor a la entrevista: la descripción del lugar, los movimientos, la conversación previa, la calidez o frialdad del saludo; en definitiva, el clima de la entrevista.

Marga Clark firma en la Feria del Libro.
En mis dos visitas a la Feria del Libro 2015 vi con desasosiego que había más gente paseando que comprando, pese a que parece que el saldo de esta edición ha sido positivo para los libreros. Una autora que firmaba y que no para de trabajar es Marga Clark. Trabaja en varios frentes a la vez, pues combina (que no alterna) la poesía, la narrativa, la fotografía, la traducción y las colaboraciones literarias, como Mi tía Marga: reivindicación de una memoria, que es la justa semblanza de su tía, la escultora Marga Gil Roësset. Está incluida en el libro Marga. Edición de Juan Ramón Jiménez.

'Adán y Eva' (escultura de
Marga Gil Roësset, 1930).
La propia Marga Clark le dedicó hace años un libro a su tía, Amarga luz, donde la reivindica como mujer, pero sobre todo como artista, más allá de la trágica historia de por qué y en qué circunstancias se produjo el suicidio de una jovencísima creadora, a todas luces extraordinaria, cuyo talento quedó a medio florecer. El drama llegó a la vida de Marga Gil en forma de amor, pasional, loco, desesperado, por el poeta Juan Ramón Jiménez. Por él se quitó la vida. 

Almudena Grandes en la Feria 2015.
Muy simpática y parlanchina, como siempre, estaba Almudena Grandes (1960), que firmaba toda su obra, claro, pero que traía bajo el brazo su última novela, Las tres bodas de Manolitaen la que reincide en su particular universo de Madrid en la posguerra donde sobrevivir es tarea cotidiana, sobre todo si se es mujer con parientes encarcelados y perseguidos. Subversión, clandestinidad y delatores pululan por las calles, plazas, patios y talleres de un Madrid hambriento no sólo de comida.

Elvira Lindo en la Feria del Libro 2015.
Tengo la sensación de que este año Almudena vendía menos que de costumbre, al igual que la mayoría de los afanados firmantes. Por ejemplo, eran pocas las personas que aguardaban para que les firmara Elvira Lindo (1962), que sigue viviendo literariamente de las rentas de Manolito Gafotas, si bien el sostén económico en Nueva York proceda también de sus colaboraciones en El País. Muy pizpireta y delgada, parapetada tras amplias gafas de sol, la articulista sonreía y atendía con amabilidad, pero sin posar para los fotógrafos amateur que no hubieran comprado su libro.

Megan Maxwell, best-seller en Feria del Libro.
La que firmaba como una posesa era la best-seller Megan Maxwell (1965), con una fila de espera de docenas de personas, la mayoría jovencitas, armadas con libros de portadas coloristas y muy femeninas, títulos fáciles y directos, que harían palidecer de vergüenza a la misma Carrie Bradshaw, que a buen seguro ha inspirado alguna peripecia de las ñoñas heroínas de Maxwell.

'La casa de las palmeras',
libro de relatos de Pepa Montero.
Lo digo con toda la insana envidia que me produce ser yo misma autora de un libro de relatos, La casa de las palmeras, que ni en cien años podría ser leído por una décima parte de los lectores de Megan Maxwell. Las historias que componen mi libro son mínimas, austeras y de una sencillez a veces extrema, nunca declamadas sino como mucho para ser susurradas. Son relatos breves que tratan de apresar instantes fugaces de vida, sorprender a los protagonistas en momentos decisivos, aunque ni ellos lo sepan, sin juzgarlos, sin dar recetas para la felicidad ni consuelo para el infortunio. Relatos muy de verdad, escritos sin aspavientos, donde se cuelan la vida y la muerte.

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