sábado, 23 de mayo de 2015

Llanto por Palmira, la de las caravanas y el mármol rosa

(Más sobre mi viaje a Siria y Jordania)

La mítica Palmira, el reino de Zenobia (245-272), uno de los recintos arqueológicos más impresionantes del mundo y un oasis de belleza en mitad del desierto sirio, ha caído en manos del grupo terrorista Estado IslámicoNo quisiera que esta entrada de mi blog sonara a réquiem por Palmira, sino a celebración de una de las noches más mágicas de mi vida.

Panorámica de Palmira desde el castillo otomano.
Porque así, de noche y a pie por una carretera a oscuras, entré en Palmira por primera vez, en agosto del año 2007. Mi hotel, el Semiramis, estaba a escasos minutos de las ruinas, y tras la cena unos pocos nos decidimos a caminar hasta el recinto arqueológico, por el que se podía deambular libremente, sin rejas o verjas que impidieran el paso.

Palmira de noche, agosto de 2007.
Soplaba un fuerte viento que azotaba el rostro, barría la arena y hacía difícil tomar fotografías, ya que constantemente se  taponaba el objetivo de la cámara. Las columnas, bloques de piedra y arcos estaban sumidos en una semioscuridad de la que, de tanto en tanto, surgían paseantes, bastantes eran lugareños de paso entre los hoteles y algunos turistas como nosotros.


Arco de Triunfo de Palmira (Siria).
A la mañana siguiente regresamos para realizar la visita artística. Fue impresionante pasar bajo la enorme puerta de piedra de Adriano, el emperador romano que veneraba la Grecia Antigua con un amor tal, que tuvo que dejar huellas de su paso por todo Oriente. Durante los dos días de estancia en Palmira evoqué a menudo a la reina Zenobia, bajo cuyo gobierno allá por el siglo III Palmira ganó esplendor. Zenobia presumía de ser descendiente de Cleopatra VII, la también legendaria reina de Egipto. Parece muy dudoso, pero los historiadores están de acuerdo al menos en que Zenobia era una gobernanta culta, amante de las artes, políglota y valiente.
Tradición y modernidad en las ruinas de Palmira.

En Palmira admiré los restos del Templo de Bel, la célebre Columnata (una de las más bellas del mundo clásico), el Valle de las Tumbas, el Ágora y el Teatro, del siglo II, así como el Tetrapilon. Avisté el rico oasis de palmeras que rodea a la legendaria ciudad y que la convirtió en sitio de paso del comercio de caravanas desde la Edad Media, al unir las rutas de India, China y Mesopotamia con las del Mediterráneo. 
Torres-tumba en Palmira (Siria).
Hoy todo eso puede desaparecer como motas de polvo en un huracán o gotas de agua en el mar abisal, por culpa de un puñado de fanáticos a los que, en el fondo, hasta unas piedras les infunden pavor.

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