miércoles, 25 de marzo de 2015

Retratos reales en el Palacio Real: reyes para la Historia


Prácticamente todos los reyes de España, cuyos nombres y gestas aprendimos de memoria y a la carrerilla en el colegio y el instituto, cuelgan de las paredes del Palacio Real, huéspedes de lujo en la exposición El retrato en las colecciones reales, que cierra sus puertas el 19 de abril. La entrada cuesta 11 euros (apenas hay descuentos para mayores y estudiantes), algo cara para los tiempos de crisis que vivimos, pero los cuadros expuestos no defraudan.

'Retrato de Felipe el Bueno'
(Rogier van der Weiden, 1450).
Las primeras salas de la exposición están dedicadas a los retratos de los siglos XV al XVII. Quizá sea la más formal, fría y tenebrosa, la más hierática, con obras como Isabel la Católica (1500-1504), de Juan de Flandes, o el Retrato de Felipe el Bueno, este último uno de mis preferidos. Lo pintó Rogier van der Weiden en 1450, cuando el entonces príncipe francés de la casa Valois estaba lejos de imaginar que su bisnieto, al que la Historia conoce como Felipe el Hermoso, se casaría en 1496 con Juana (la Loca), hija de Isabel de Castilla y Fernando de Aragón (los Católicos).

'Felipe III de busto' (J. Pantoja de la Cruz).
De la selección de retratos correspondientes a la casa Austria escojo Felipe III de busto (1603), de Juan Pantoja de la Cruz, donde la atención se centra en el rostro ovalado y en el cabello corto del rey, en la imponente gola rizada de su cuello, en la iluminación de la pintura sobre el espeso fondo oscuro y, sobre todo, en la armadura profusamente adornada, con numerosas fajas verticales, figuras armadas, medallones, dragones, querubines, arpías y trofeos militares. Todos ellos signos de la riqueza y la ostentación que caracterizó a los reyes Austrias.


'Felipe V a caballo' (Van Loo, 1737).
Entre los relatos cortesanos de la dinastía de Borbón me gusta de manera especial Felipe V a caballo (1737), de Louis-Michel van Loo, que representa al instaurador de la casa Borbón en España sobre un caballo blanco y al fondo una escena de batalla. Es un cuadro alegórico, en el que la Fama alada toca la trompeta para proclamar el triunfo de Felipe V (conquistador de Nápoles y Sicilia). Sin duda, una composición pomposa y engolada, de brillantes colores rojo y azul, donde destaca (y sorprende) el sonriente rostro del monarca, que posa con actitud relajada, nada habitual en quien vivió y reinó apesadumbrado y sumido en constantes depresiones. Las crines blancas del caballo son una preciosidad.

'Carlos IV, rey padre' (José Madrazo, 1825).
Otra pintura curiosa es la de Carlos IV, rey padre (1825), firmada por José de Madrazo, en la que el rasgo más sobresaliente es que el monarca es retratado sin peluca. El rey padre está sin duda cansado, a sus sesenta y cinco años ha cedido la corona al nefasto Fernando VII, y nada queda en su rostro del gobernante jovial que fue, aquel a quien Goya inmortalizó, por ejemplo, en La familia de Carlos IV. Lo que más me impactó es lo mucho que se parece este rey padre fatigado y avejentado del siglo XIX al Juan Carlos I del siglo XXI. 

'Alfonso XIII'
(Joaquín Sorolla, 1907).
Pero, sin duda, las obras que más me emocionaron en esta exposición del Palacio Real pertenecen a los siglos XIX y XX. Desde el entrañable retrato de Isabel II y su hermana, la infanta Luisa Fernanda, cuando ambas eran jovencitas y posaban felices y despreocupadas, hasta el cuadro Alfonso XIII con uniforme de húsar en los jardines de La Granja (1907), del magistral Joaquín Sorolla, que pinta al bisabuelo del actual rey Felipe como un joven presumido, enjuto, engalanado cual pavo real, y nos da pistas de cuánta arrogancia había en su carácter. Tanta, que tuvo que abdicar en 1931 y acabó en el exilio, deambulando por París, la Riviera o Roma, una figura decadente y patética hasta su muerte en 1941.


'La familia de Juan Carlos I' (Antonio López, 2014)
confrontada a parte de la familia veinte años después.
Sencillo y bonito, con la dosis justa de metáfora y surrealismo, es El príncipe de ensueño, que Salvador Dalí regaló a Juan Carlos en 1979, y que por tanto pertenece a la colección privada del actual rey padre. Eso sí, me defraudó La familia de Juan Carlos I, de Antonio López. Y no porque el pintor manchego haya tardado la friolera de veinte años en pintarlo, ni siquiera porque retrate a una familia real de andar por casa (no hay más que ver los zapatos-chancletas que visten las infantas Elena y Cristina y hasta la reina Sofía), sino porque más allá de captar la psicología de los rostros (que sí me parece brillante), yo me esperaba algo más. Es lo que me sucede a menudo cuando confronto expectativas con realidad.

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