miércoles, 1 de octubre de 2014

Berlín se queda cinco años sin el Altar de Pérgamo


Durante los próximos cinco años, los turistas que vayan a Berlín no podrán contemplar una de las máximas atracciones de la capital alemana: el Altar del Museo de Pérgamo, considerado una de las ocho Maravillas de la Antigüedad. Yo tuve la suerte de admirarlo y de poder subir y bajar por sus escaleras hace apenas una semana, cuando el cierre de la sala era ya inminente y había colas diarias para verlo.

Altar griego de Pérgamo (Museo de Pérgamo, Berlín).
Entre la variada oferta de los museos de Berlín, el de Pérgamo es el más visitado y el de mayor fama internacional. Se llama así precisamente por la obra maestra que alberga: el Altar griego de Pérgamo (ciudad de la actual Turquía), realizado entre los años 180 y 159 a. C. en honor a la diosa Atenea, y donde se narra el episodio mitológico de la lucha entre los dioses y los gigantes.

Friso de Atenea (Altar de Pérgamo, Berlín).
Se trata de una magnífica obra arquitectónica y escultórica, que apabulla con sus más de cien estatuas, todas contando su propia historia, todas finamente labradas, todas piezas maestras que aún hoy dan una lección de cómo esculpir músculos y retorcer torsos en mármol, cómo estirar un brazo o flexionar una pantorrilla. Al igual que hicieron los arqueólogos franceses e ingleses en Egipto o Grecia, los alemanes, que descubrieron a finales del siglo XIX este imponente altar griego, en seguida atisbaron que las ruinas bien valían los 20.000 marcos que el Imperio Otomano pidió por ellas. El altar fue trasladado, pieza por pieza, hasta Berlín, donde se exhibió por primera vez en el año 1930.

Gigante de un friso del Altar
de Pérgamo (Berlín).
En los frisos del altar destacan dos dioses poderosos: Zeus y Atenea, que se giran para mirarse mutuamente en un estilo parecido al del frontón occidental del Partenón de la Acrópolis de Atenas. Son relieves realistas y dramáticos, de una evidente sensualidad, en los que el observador puede leer, como en un libro abierto, la edad y hasta la personalidad de las figuras de piedra, incluso adivinar su estado emocional. A mí, que soy incapaz de labrar nada con las manos, me fascina cómo los escultores del altar dominaban, hace más de veintiún siglos, las leyes de la anatomía y cómo consiguieron delimitar cada músculo, produciendo efectos que hoy nos siguen dejando (a niños y mayores) con la boca abierta.


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