domingo, 20 de julio de 2014

‘La muerte de Jacinto’ en Poitiers y el ‘Bautista’ en Bourges: amor y drama en los museos franceses

(Más sobre Prerrafaelitas aquí  y sobre mujeres en la pintura aquí)

Al cabo de 19 años, este mes de julio volví a Poitiers en un viaje vacacional de dos semanas por el centro de Francia. Tenía recuerdos difusos de la ciudad, de hecho, sólo recordaba bien la iglesia de Nôtre-Dame la Grande. Desde luego, no había visitado el Museo de la Santa Cruz, que exhibe piezas desde la Prehistoria al arte contemporáneo y se alza sobre el desaparecido monasterio de la Santa Cruz (siglo VI
Museo de la Santa Cruz (Poitiers).
).


En esta ocasión sí visité el Museo de Bellas Artes de Poitiers, donde pretendía volver a admirar La muerte de Jacinto (1801), de Jean Broc (1771-1850). Pero en la sala J, donde el plano lo situaba, sólo había un hueco y, a su lado, un panel con relieves del cuadro en Braille para que pudieran “verlo” los invidentes. Una vigilante me confesó que, en efecto, el lienzo estaba en el museo, tal como se anunciaba en la fachada del edificio, pero acababa de llegar de un préstamo y aún no lo habían colgado.

'La muerte de Jacinto' (1801), de Jean
Broc (Museo de Poitiers, Francia).
Yo había visto La muerte de Jacinto en Madrid en 2009, en la exposición Las lágrimas de Eros. Pero me decepcionó estar en Poitiers, en el que es el hogar del cuadro desde hace 125 años, y no poder contemplarlo. Para resarcirme, compré una monografía, con muy buenas fotos y datos sobre el mito de Jacinto, sobre otros pintores que lo han reflejado en distintas épocas, y detalles sobre la secta de los Barbudos (o primitivos), que Broc integraba. Eran alumnos del pintor David que radicalizaron su estilo neoclásico, aplicándolo a la vida misma, al punto de retirarse a un monasterio abandonado y dejar de pintar.
El mito de Jacinto (narrado en el siglo I por Ovidio en
sus Metamorfosis) ha inspirado cientos de obras.
El cuadro de Broc muestra al dios griego Apolo sosteniendo el cuerpo de su amante, el príncipe espartano Jacinto, al que el propio Apolo ha herido de muerte, al golpearle por accidente con su disco de oro. Sobre un fondo azul verdoso, desabrido y frío, el lienzo retrata cómo el dios de la luz trata en vano de retener a su amante, a quien no podrá salvar de la muerte, pero sí logrará inmortalizar en forma de flor, el jacinto, nacido precisamente de la sangre del joven. El escudo de Apolo, que reposa a los pies de los amantes teñido con una gota de sangre, y el pañuelo color azafrán, que la brisa agita sobre la espalda del dios, son las únicas notas de color cálido en un cuadro que rezuma dolor. El mito de Jacinto está relatado en las Metamorfosis, del poeta romano Ovidio (siglo I a.C.).

'Leandro y Hero', de Jean-Joseph Taillasson
(Museo de Bellas Artes de Burdeos).
Después de Poitiers, viajé hasta Burdeos, donde otro museo me deparó agradables sorpresas. El Museo de Bellas Artes de Burdeos es un oasis de belleza y de paz. La entrada gratuita y los abundantes carteles en francés, inglés y castellano contribuyen a que la visita sea muy provechosa. Aquí descubrí a una pintora renacentista, Lavinia Fontana, de la que hablaré en otra ocasión, y me enamoré de varias obras, de las que destaco dos: Leandro y Hero (1798), de Jean-Joseph Taillasson (1745-1809) y Ofelia, de Jules-Élie Delaunay  (1828-1891).

En la sala de Leandro y Hero me gustaron todos los cuadros, pero me conmovió la interpretación que Taillasson hace de esta tragedia griega. Separados por una estrecha franja de agua, Leandro encontrará la muerte al ahogarse tratando de llegar a la orilla donde lo esperaba Hero, quien, rota de dolor, se suicidará arrojándose de una torre. La historia de Hero y Leandro, como todo asunto mitológico, ha sido recreada profusamente a lo largo de los siglos. De este lienzo me gusta el trato naturalista, descarnado, que el pintor confiere a la escena, sin que por ello resulte fría.
'Ofelia', de  Jules-Élie Delaunay
(Museo de Bellas Artes de Burdeos).
La Ofelia que Jules-Élie Delaunay pintó en 1882 aún no había muerto ahogada (como la de John Everett Millais), sino que es una bellísima muchacha que mira directamente al espectador con sus preciosos ojos azules, su tez pálida y sus labios de un delicado tono rosáceo. No obstante, algo turbador sugiere la existencia de otra realidad tras la apariencia apacible de la joven. La clave está en el gesto serio, en la guirnalda de flores que adorna su cabeza y en el ramo que sostiene en sus manos, todos ellos símbolos que usa el artista para avisarnos del trágico final que espera a la novia de Hamlet, según Shakespeare.

Otro museo francés repleto de joyas ocultas es el Museo del Berry-Hotel Cujasen Bourges. El edificio en sí mismo es digno de admirarse, construido a principios del siglo XVI aunque sólo en 1892 se convirtió en museo. Alberga una magnífica colección arqueológica, más de doscientas estelas funerarias galo-romanas, esculturas góticas, varios pleurants (figuras plañideras que adornaban la tumba del duque Jean de Berry) y una modesta pero interesante colección de pintura.
'Tríptico de San Juan Bautista', de Jean Boucher
(Museo del Berry, en Bourges). 
A mí me fascinó el Tríptico de San Juan Bautista (1630), muy curioso, ya que en la tabla de la izquierda aparece el autorretrato del pintor, Jean Boucher (1575-1632), arrodillado, mientras en la de la derecha está la madre del artista. ¡Para que luego digan en España de la madre de la Pantoja! La tragedia entreverada con el amor entre Salomé y el Bautista aparece pintada en el reverso de este tríptico, recién restaurado.

'Muerte del Bautista'
(reverso del tríptico
de Jean Boucher,
en Bourges).
Aunque se halla en muy mal estado de conservación, pueden distinguirse la escena de la danza de Salomé (panel izquierdo cuando el tríptico está cerrado) y al propio Juan el Bautista antes de ser degollado, en el panel derecho.

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