viernes, 25 de julio de 2014

'La chica de las metáforas', un cuento de amor y afonía

(Leer más: Al compás de la música, historia de La casa de las palmeras)

'La casa de las palmeras', libro
de relatos de Pepa Montero.

La casa de las palmeras es el primer libro de relatos que he escrito, uno de los mejores regalos de cumpleaños que me he hecho en mis entaitantos años de existencia (consciente) sobre el planeta Tierra. Son apenas noventa páginas, que sirven de guarida a once relatos escuetos, once momentos sacados del tiempo, congelados en el espacio; once trozos de vidas ajenas petrificados ante la mirada de una autora novel (modestamente, yo), que quiere ser sensible a las tribulaciones de sus personajes, pero en modo alguno intrusa de su intimidad.
'La chica de las metáforas' (1).



Uno de los relatos en los que puse más cariño se titula La chica de las metáforas. Como bien dice mi amigo, el periodista Miguel Ángel Valero, en él he tratado de explicar "por qué una persona no necesita palabras para expresarse". Otra cosa, desde luego discutible, es que haya logrado yo, como Valero cree, "hacer creíble que alguien se enamore de un busto de mármol en el Museo del Prado”. 



 
'La chica de las metáforas' (2).
 

Desde luego, en mi defensa debo decir que darle credibilidad a todo lo que narro, sugiero y tímidamente desvelo, fue uno de mis grandes empeños conforme escribía las idas y venidas de esta chica sin nombre, de cuyo pasado tan sólo conocemos pinceladas y sobre cuyo futuro poco podemos aventurar.
 
 
 
'La chica de las metáforas' (3).
 
No me siento cómoda hablando de argumentos de libros o películas, y me parece muy difícil condensar en pocas palabras cuáles son los elementos que conforman este relato (o cualquiera de los otros diez que integran el libro, para qué vamos a engañarnos). Pero digamos que, a modo de resumen apresurado, La chica de las metáforas es la historia de una mujer que decide dejar de hablar tras una ruptura amorosa.




'La chica de las metáforas' (4).
 
Puede sonar muy radical, incluso ser calificado de conducta extravagante o enfermiza, pero lo cierto es que nadie puede medir el alcance de una decepción. En el caso de  La chica de las metáforas, cuanto más se acentúa su afonía, más se desarrolla su pasión literaria, más se agudiza su ingenio, dando cauce escrito al torrente de palabras atorado en su garganta.
 
 
'La chica de las metáforas' (5).
 
 
La literatura y el arte, la arrebatadora fuerza sanadora de la belleza, las obsesiones que a todos nos forjan el carácter, y los encuentros fortuitos jalonan la nueva vida de esta mujer, cuya historia de ficción me salió al encuentro cuando escribía el relato La casa de las palmeras, que da título al libro.
 
'La chica de las metáforas' (6).
 
 
 
Como ya han advertido mis lectores más atentos (o sagaces), ésta es la chica que discute con su novio en una mesa del café donde Vicente, el protagonista de La casa de las palmeras, trata de leer, con poco resultado, la vida ejemplar de Alejandro Magno. Cuando terminé de escribir este relato, me pareció que también la historia de aquella chica merecía ser contada.
 
 
 
'La chica de las metáforas' (y 7).
 
No tiene nada de extraordinario que de una historia salga otra. Refleja, supongo, el dilema de muchos autores, que llegados a un punto no saben desprenderse, o no pueden dejar atrás ni tampoco arrinconar personajes adyacentes que van creciendo conforme avanza la escritura.
 Fue lo que me sucedió a mí. En verdad me fue imposible contener la avalancha muda de palabras de La chica de las metáforas, que se agigantó hasta independizarse.

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