jueves, 29 de mayo de 2014

Las griegas (II): Aspasia de Mileto y Olimpia de Macedonia

(Más sobre mujeres griegas en Las griegas (I))

La muerte de las mujeres griegas durante o después del parto era muy frecuente. Las muchachas eran prometidas en matrimonio tan pronto como era posible y las casaban inmediatamente después de alcanzar la pubertad, para aprovechar al máximo su potencial reproductor. Si no eran diosas, reinas o viudas de reyes, sus posibilidades de alcanzar la fama por sus propios méritos eran casi nulas.
'Pericles y Aspasia en el estudio de Fidias'
(óleo de Héctor Le Roux).
Aspasia de Mileto y Atenas (siglo V a.C.) es una de las escasas griegas cuya notoriedad ha llegado hasta hoy. Y no sólo por haber sido la compañera de Pericles (495-429 a.C.) durante dos décadas y haberle dado un hijo, sino por su capacidad de retórica y su brillante conversación, que convirtieron su casa en un centro intelectual de Atenas en la época clásica. Sus tertulias eran célebres por reunir a prominentes escritores y pensadores, entre ellos, el mismísimo Sócrates. Fue y es una figura controvertida: elogiada por unos como una mujer progresista y avanzada a su tiempo, y reducida por otros a simple cortesana de Pericles y de otros atenienses eminentes.

'Los griegos', de Paul Cartledge.
La historia de amor entre Aspasia y el forjador de la Atenas clásica ha inspirado a novelistas y poetas de los últimos siglos, en particular a los románticos del siglo XIX y a algunos autores de novela histórica del XX, como Lydia Child, Walter Savage o Giacomo Leopardi. Pero la huella más indeleble de Aspasia es haber sido maestra de hombres y mujeres (aún más inaudito), a quienes enseñaba retórica y filosofía. Su influencia llegó al punto de que Sócrates, un habitual de sus tertulias, fue de los pocos autores clásicos en defender que las mujeres debían ser educadas. Toda una lección subversiva en el siglo V a.C.

Moneda con la efigie de Olimpia,
la madre de Alejandro Magno.
Las griegas, incluso las que eran libres y tenían estatus de ciudadanas, eran tratadas como figuras de segunda categoría social. Eso no se aplica a Olimpia (375-315 a.C.), la madre de Alejandro Magno (356-323 a.C.), esposa de Filipo II de Macedonia (382-336 a.C.) y urdidora de complots históricos. Fue una mujer fuerte e inteligente, que no pudo evitar que el rey Filipo tomara otras esposas y tuviera otros hijos, pero desde luego se las ingenió para que esas mujeres estuvieran subordinadas a ella y todos sus hijos varones quedaran detrás de Alejandro en la sucesión al trono de Macedonia. Olimpia alimentó desde la cuna las ansias de poder de su hijo Alejandro: le contaba que su padre real no era Filipo, sino el propio Zeus; le decía que su noble linaje lo emparentaba con Aquiles, y de hecho, Alejandro llevaba siempre consigo una copia de La Ilíada, de Homero.

Mosaico con Alejandro Magno y Hefestión
dando caza a un león.
Pero, aunque Olimpia lo hizo todo y lo dio todo para que su primogénito fuera, en verdad, Grande, Magno, su relación estuvo llena de desencuentros. Ella fue una madre manipuladora que jamás dejó de  interferir en política, tan sedienta de poder y gloria como cualquier hombre de su época. La prueba es que, una vez muerto Alejandro, no dudó en usar la fuerza militar y en ordenar el asesinato de rivales para tratar de sentarse en el trono. Fracasó, fue condenada a muerte y en 316 a.C. murió a manos de parientes de sus víctimas.
'Griega leyendo un papiro' (jarra de agua
de cerámica, 440 a.C.).
A Olimpia se la asocia con el misticismo rayano en la superchería, y de ella se decía que se introducía en las procesiones llevando enormes serpientes semidomesticadas que, "irguiéndose frecuentemente desde la hiedra y los cestos mistéricos y enroscándose en torno a los tirsos y coronas de las mujeres, provocaban el espanto entre los hombres”. Separar la leyenda de la historia es difícil, pero es evidente que Olimpia fue casi tan grande como su hijo, Alejandro Magno.

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