sábado, 10 de mayo de 2014

De Barcelona a Collioure: la tortuga y la tumba del poeta

En el puente del Primero de Mayo me escapé a Barcelona con mi compañero de fatigas (y, a este paso, de la mayor parte de mi recorrido vital). Una decisión de casi última hora, unas fechas que al final cuadraron en el trabajo, el deseo de salir de Madrid aunque fuera por cuatro días mal contados y, sobre todo, las ganas de estar con nuestros amigos Eva y Jordi, de ver su nueva casa y de conocer a su perro, Tatus. Todo nos llevó en volandas a Barcelona.

Vista del mar desde el hotel Atenea (Barcelona).
Escogimos el hotel Atenea Mar, en la zona de Poblenou, porque pensábamos movernos en coche y la Ronda Litoral facilita los desplazamientos. Desde la habitación se veía el mar, sereno y azulado, y desde la terraza a pie de calle se oía el batir del agua y el murmullo de quienes tomaban el sol y jugaban en la arena. La noche del jueves fuimos a Sant Cugat del Vallés a cenar con nuestros amigos. Jordi es un magnífico cocinero, y tanto él como Eva siempre nos obsequian en exceso, mimando nuestro paladar con platos sencillos y deliciosos, mérito tanto de los productos ecológicos (comprados en mercados de proximidad) como del amor que ponen en la cocina. El viernes cenamos los cuatro en el centro de Barcelona, en el Mercado de Santa Caterina, y el sábado volvimos a su casa, invitados de nuevo, para despedirnos.

Tortuga modernista esculpida en la fachada
medieval del Archivo Histórico de Barcelona.
En Barcelona es visita obligada el Barrio Gótico, y a él dedicamos la mañana del viernes, día 2. Paseamos por sus calles, nos deleitamos con los infinitos detalles arquitectónicos, contemplamos la belleza del corazón medieval de la ciudad, nos contagiamos del sosiego de sus plazas (la del Rei es parada imprescindible) y hasta descubrimos rincones nuevos. Como el patio del Archivo Histórico, situado en la casa de l’Ardiaca, la que fuera residencia de los arcedianos en el siglo XII. El edificio es medieval, pero el detalle más famoso es la tortuga modernista que hay en el buzón de la fachada. Tanto la tortuga como las golondrinas fueron esculpidas a principios del siglo XX.

Palmera en el patio del Archivo
Histórico de Barcelona.
Los turistas han convertido a la tortuga en símbolo de la buena suerte, de hecho, la acarician al pasar y se fotografían con ella sin cesar. Es tanta la atención que recibe el animalito que hasta puede dejar en segundo plano el soberbio trazado gótico del patio, sobre el que se enseñorea una palmera vieja. Sujeta por cuerdas, se estira al cielo y, gracias al juego de la perspectiva, rivaliza en altura con la vecina torre de la catedral.

Comimos en la Barceloneta, como siempre, en Can Costa. Sardinas, pan tumaca y paella para dos con una botella de cava, en la terraza a pie de calle. Hacía bastante viento y refrescaba según pasaban las horas, pero sentaba de maravilla aspirar el leve olor a mar, oír a las ocasionales gaviotas y observar a los jóvenes ir y venir en bicicleta, patines o a pie. Familias con niños, turistas de pieles y rostros ya quemados por el sol, vecinos del barrio con bolsas de la compra... 

Murallas del castillo y bahía de Collioure (Francia).
El sábado, día 3, mi compañero y yo cometimos una de esas locuras tan nuestras: ir a Collioure para comer y visitar la tumba de Antonio Machado (1875-1939). Habíamos estado allí en agosto de 2010, y siempre nos apeteció regresar, así que las dos horas en coche desde Barcelona nos parecieron una buena inversión.

Torreón y bahía de Collioure (Francia).
Tuvimos que hacer cola para entrar al parking (como siempre), pero valió la pena por sentarnos en una terraza frente a la bahía de aguas limpísimas y contemplar el juego del sol sobre las murallas del castillo y la solitaria ermita. Comimos en un restaurante frente al mar: ostras y parrillada de pescado con vino blanco de la tierra. Delicioso.


Tumba de Antonio Machado
(Collioure, Francia).
Con el hambre saciada, nos acercamos al cementerio, a la tumba de Antonio Machado, el poeta español q
ue partió al exilio enfermo y murió en Collioure el 22 de febrero de 1939. Llegó a Francia a pie, huyendo del bando de los nacionales, acompañado por su madre, de 88 años, que sólo tardaría tres días en seguirle al Más Allá. Los dos están enterrados juntos en una tumba que el ayuntamiento y los turistas mantienen llena de flores, ramos, placas de reconocimiento, mensajes de los visitantes y versos del poeta. Sobre la lápida casi siempre hay algún papel con los dos últimos versos del autor, que le fueron hallados en un bolsillo del gabán, unos días después de su muerte:

Estos días azules,
y este sol de la infancia

 

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