sábado, 12 de abril de 2014

Las griegas (I): Safo de Lesbos y Artemisa de Halicarnaso

(Más sobre Grecia aquí y también aquí)

De Safo, la poetisa griega nacida en la isla de Lesbos en el siglo VII a.C., apenas nos han llegado unos 650 versos, prácticamente ningún poema completo, y pocos de sus datos biográficos son irrefutablemente ciertos. Lógico, teniendo en cuenta lo que pesaba en su contra. Primero: era mujer. Segundo: vivió en la época pre clásica (o arcaica), de la que pocos hechos históricos son rigurosos. Tercero: aun siendo aristócrata (o al menos de clase alta), la temática de su poesía (lo que hoy llamaríamos homoerótica) no la convirtió, precisamente, en un modelo a ensalzar en siglos venideros.

'Safo y Alceo', óleo de Sir. Lawrence Alma Tadema.
Con todo, Safo legó a la cultura universal muchas cosas: su particular estilo métrico de versificación (apodado sáfico), además del sustantivo sáfica, que el diccionario sigue reconociendo como lesbiana. El mismo término lesbiana procede de ella, pues en esa isla griega nació, en torno al año 625 antes de Cristo. Si los teólogos e historiadores debaten la certeza de muchos de los hechos de la vida del rebelde de Nazaret, ¿qué puede esperarse de los que se relatan de esta poeta, que vivió 625 años antes?
Nunca he visitado Lesbos, aunque espero ir pronto y saludar allí a mi buen amigo, el periodista Yiannis Mantas, que habla mejor castellano que yo y mucho mejor catalán del que nunca llegaré a entender. Yiannis vive ahora en Atenas, pero sus raíces están en Lesbos, una isla por la que siente pasión.

'Los griegos' (Paul Cartledge).
No voy a entrar en el debate sobre la naturaleza de las relaciones de Safo con las muchachas que pueblan sus versos: unos dicen que ella ejercía de maestra o tutora; otros que eran su círculo de amantes, etc. Poco importa, ya que, como aclara el reputado helenista Paul Cartledge, en la Grecia antigua “no existían homosexuales en el sentido actual del término, ya que el placer homosexual y el heterosexual no se consideraban diametralmente opuestos, sino complementarios, y habitualmente se producían de forma sucesiva” (Los griegos, editorial Crítica). Lo que sí importa de Safo es su labor de faro, de luz refinada y culta, sensible, en una época nada propicia al engrandecimiento intelectual de las mujeres, si se atrevían a ejercer el noble arte de la creación literaria y artística.
Capítulo de 'Los griegos' dedicado a Safo.
Sin ser mujer de rey, amante de tirano, hermana o hija de patriarca, Safo escribió ¡hace más de siete siglos! hermosos versos nostálgicos que dejan una sensación agridulce de amores imposibles, en los que aparecen los celos, la obsesión y la pasión. No creo que sea casual que su obra más famosa, la que los críticos juzgan más lograda, sea el Himno a Afrodita, otra mujer, diosa, para más señas. Hace unos días, la prensa informaba del hallazgo de dos nuevos poemas de Safo, envueltos en papiros del siglo III. ¡Quién sabe si serán los primeros de muchos! Es lo que tienen los clásicos: fueron tan fecundos y brillaron tanto, que su estrella apagada seguirá emitiendo luz miles de años después de extinguida.
Imagen de Artemisa de Halicarnaso (a partir
del perfil de una moneda).
Artemisa de Halicarnaso (la actual ciudad de Budrum, en la costa oeste de Turquía) vivió en el año 500 a.C. Fue una mujer formidable, muy helenizada, aunque en realidad no era griega. Su vida y obras fueron relatadas por uno de sus contemporáneos, el historiador Heródoto, que la define como un genio político y militar, que llegó al trono como regente de su hijo. Es decir, igual que otras mujeres poderosas, se vio obligada a jugar un papel secundario junto a un hombre; primero su esposo y, luego, su hijo. Según cuenta Heródoto, el valor de Artemisa fue tal, que hizo clamar a Jerjes, el rey de Persia: “Los  hombres se me han convertido en mujeres, y las mujeres en hombres".

Artemisa asombró con su valor al rey persa Jerjes.
Como reina de Halicarnaso, Artemisa le debía lealtad a Jerjes y tuvo que seguirlo a la guerra contra los atenienses, en 480 a.C. Una de sus grandes hazañas la realizó en la batalla naval de Salamina, donde se le ocurrió alzar en sus barcos la bandera enemiga, de modo que se coló entre ellos y causó muchas bajas a los atenienses. Los años de reinado de Artemisa fueron prósperos, de un gran bienestar social que se prolongó durante el reinado de su hijo. Sin embargo, en los siglos venideros, la Historia, hecha a imagen y semejanza de los hombres, transmitió una imagen estereotipada de Artemisa que poco tenía que ver con la real. Libros como el de Paul Cartledge ayudan a poner los puntos sobre las íes.

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