sábado, 8 de marzo de 2014

Samotracia, Venus, Unicornio: Damas del Día de la Mujer

Hoy, 8 de marzo, es el Día de la Mujer Trabajadora. Los detractores de estas conmemoraciones siempre argumentan lo mismo, así como los defensores replican con idénticos razonamientos, año tras año. Por mi parte, como mujer (y trabajadora en activo), me gustaría que no fuera preciso recordarlo. Pero, mientras ese día llega, reivindico el derecho a festejarlo.

Me fascina la escultura clásica por la belleza magnífica de hombres y mujeres, gloriosamente orgullosos, desinhibidos en su soberbia desnudez. Debió ser la primera vez en la Historia que el arte despojó por igual a hombres y mujeres de sus ropajes, enalteciendo sus proporciones idílicas, erigiendo altares a la Belleza con mayúsculas.

Victoria de Samotracia (Museo
del Louvre, París).
En este Día de la Mujer 2014, quiero recordar a tres grandes Damas, venerables en su ancianidad sin edad. Las tres han recobrado su esplendor primitivo, una vez que han sido limpiadas del polvo y de la herrumbre acumulados durante siglos. La más antigua de ellas es la Victoria de Samotraciaemblemática escultura griega de 190 a.C., realizada en mármol de la isla de Paros.
 
Es una de las tres obras emblemáticas del Museo del Louvre, en París, junto a la más que célebre Gioconda, de Leonardo da Vinci, y la Venus de Milo.

Escalera Daru (al fondo, Victoria
de Samotracia), en el Louvre.
 
La Victoria podrá verse de nuevo en junio, una vez concluya su minuciosa restauración, que puede seguirse en esta web. Es tal la magia de esta Dama, que de los cuatro millones que cuesta su restauración, uno lo han aportado 6.700 donantes, en una de esas acciones de crowfunding que muestran que la solidaridad funciona. Cuando acabe de recobrar su brillo, la Victoria de Samotracia (Niké, la diosa griega de la victoria), desenterrada en 1863 en el santuario de los Grandes Dioses (Samotracia), volverá a robar el aliento desde lo alto de la escalera Daru.

La Venus de Milo (Museo del Louvre, París),
rodeada de flashes y turistas.
Muy cerca de la Victoria, en la sala 16 del Museo del Louvre, hay una segunda Dama que resplandece en su pétrea semidesnudez: la  Venus de Milo. También griega, y del período helenístico, fue descubierta en el año 1820 en Milo, una isla del suroeste de las Cícladas. La estatua, que apareció sin brazos, conserva restos de policromía.
 
Venus de Milo.
La escultura representa a Afrodita (el equivalente en la mitología romana es Venus), la diosa de la belleza y el amor, y pese a la falta de brazos es de una belleza impactante. No sabría decir lo que más me gusta de esta mujer-diosa-modelo etéreo e inasible: quizá su torso medio doblado, o tal vez su mirada perdida, que transmite una sensación a la vez de calma y de tristeza, como si oteara el futuro de tantas y tantas mujeres que llegarían detrás de ella. Desde que fue restaurada, la Venus de Milo preside una sala espaciosa, donde los turistas suelen asediarla con los flashes de sus modernas cámaras, casi siempre haciendo turnos para posar delante de su cuerpo de mármol.  

Tapiz de la Dama del Unicornio
(Museo de Cluny, París).
 
La tercera Dama que quiero recordar hoy es la Dama del Unicornio, que estrena un renovado espacio museográfico hecho a su imagen y medida, en el Museo de la Edad Media-Termas de Cluny, en París. Se trata de un conjunto de seis tapices tejidos en el siglo XV, que fueron descubiertos en 1841 por Prosper Mérimée (1803-1870), en el castillo de Boussac, y que entraron en la leyenda gracias a la escritora, librepensadora y feminista George Sand (1804-1876). Cinco de las telas ilustran cada uno de los sentidos (vista, oído, tacto, gusto, olfato), mientras la sexta, titulada À mon seul désir, es más enigmática. Gracias a que en los tapices aparecen un león y un unicornio portando divisas señoriales, los historiadores saben que los encargó Jean Le Viste, personaje próximo al rey Carlos VII (1403-1461). Sobre la época y los tapices escribió Tracy Chevalier su novela La Dama del Unicornio, muy recomendable.

Lo cierto es que, semiolvidado Jean Le Viste, el dueño del tapiz, y enjuiciado por la Historia el rey francés (abandonó a su suerte a Juana de Arco), la Dama del Unicornio sigue reinando en un campo plagado de flores y animales. Es a ella, a la Mujer, a quien el mitológico unicornio rinde pleitesía, los dos en el centro ingrávido de un universo de ensueño.

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