viernes, 31 de enero de 2014

Viaje a Japón (y V): isla de Miyajima, Osaka y Tokyo

(Etapa anterior del Viaje a Japón aquí)

Dejamos Kyoto en la mañana del 5 de agosto para dirigirnos a nuestro destino de esa tarde-noche: la isla de Miyajima, a la que llegamos tras cambiar de tren, primero en Osaka y después en Hiroshima, y cruzar la bahía en ferry. Desde el barco admiramos el célebre torii rojo, que según la marea se ve sumergido en el mar o enterrado en el barro.
A los pies del torii de Miyajima con la marea baja.
Nada más desembarcar en la isla-santuario de Miyajima salieron a recibirnos ciervos que caminaban en libertad por las calles. Había carteles con advertencias en varios idiomas prohibiendo alimentarlos, pese a lo cual muchos visitantes (no sólo niños) les ofrecían golosinas mientras les hacían fotos. Los ciervos son inofensivos, pero testarudos, y a menudo se empeñan en seguir a los paseantes, a quienes suelen empujar con la cabeza. Nosotros, tras dejar las maletas en el ryokan Kinsui Bessocomer en una taberna típica (ostras fritas y anguila con arroz), fuimos hasta el torii para admirarlo de cerca.

Santuario de Itsukushima (Miyajima),
construido sobre el agua.
La marea estaba baja y docenas de personas deambulaban alrededor de los soberbios postes, levantaban la vista para contemplar los maderos anaranjados y se mojaban los pies en la bahía frente a Hiroshima, como si de un ritual se tratara. A Mijayima se va en busca de relax, a disfrutar de la naturaleza, del mar, de los baños públicos y la gastronomía. Por eso, el santuario Itsukushima, construido sobre las aguas, fue la única obligación turística que cumplimos.

Osaka vista desde el Observatorio Flotante. 
Al día siguiente, 6 de agosto, cruzamos de nuevo la bahía para regresar a Osaka, donde nos esperaba el hotel Hearton Nishi Umeda, junto a la estación de tren y frente al Observatorio Flotante. Osaka fue el gran descubrimiento del viaje a Japón: sabía poco de esta ciudad moderna, donde la vista se agota entre rascacielos, la prisa es moneda y reina el espíritu consumista. Pero me gustó tanto que modifiqué la ruta prevista para pasar en ella un día extra.
Noche en el barrio de Dotonbori (Osaka).
De noche, el barrio de Dotonbori parece sacado de un fotograma de la película Blade Runner. Los anuncios de neón gigantes colonizan cada centímetro de las fachadas, ya sean reclamos de restaurantes o publicidad de tiendas de ropa, coches, perfumes o cosmética. Grupos de chicas y chicos vestidos a la última, maquillados y enganchados a sus móviles de última generación recorren las calles. Muchos van de compras y otros curiosean antes de escoger taberna, bar, restaurante o pachinko para divertirse.

Crucero por la bahía de Osaka (Japón).
El segundo día en Osaka hicimos un crucero por la bahía. Edificios altos, sin llegar a rascar las tripas del cielo, oficinas, alguna fábrica, el castillo… todo visto desde el barco parecía más entrañable, de espaldas a la prisa de la gran ciudad. En el barco conversamos con una pareja canaria que también viajaba a su aire por Japón, un indicio más de que, por suerte, el turismo de agencia y autobús aún no ha calado en el país del Sol Naciente. Pasamos esa tarde en Dotonbori: comimos, tomamos café en un salón de té muy cool y compramos abanicos para regalar. Era noche cerrada cuando regresamos al hotel. Las maletas deshechas esperaban ser recompuestas. A nuestro viaje sólo le quedaban una noche y dos días.
Jardín entre Shiodome y la bahía de Tokyo.
El jueves 8 de agosto madrugamos para llegar a Tokyo. Nos alojamos en el mismo hotel que a la llegada, el Villa Fontaine, y esta vez nos tocó habitación en el piso noveno, con vistas espléndidas sobre la megaurbe. Por fin visitamos el jardín que hay entre Shiodome y la bahía, un paseo agradable pese al calor y a las cansinas cigarras entonando su estridente melodía.

Taxis de bonitos colores en Shibuya (Tokyo).
Para la tarde, mi compañero de fatigas y yo decidimos separarnos. Yo quería comprar ropa en Uniqlo (conocí esta marca nipona cuando vivía en Londres y me encantaron sus prendas modernas a bajos precios) y él descansar, así que me marché sola hasta Shibuya. Sólo me extravié una vez, en el metro, y un señor mayor amabilísimo vino a rescatarme. Una vez en Shibuya, merodeé por las calles, como siempre, repletas de gente, con algo de tristeza. Era mi última noche en Tokyo y en Japón, y no quería que el viaje terminara.

Sin salir de Shibuya, pero cuatro horas más tarde y cargada con dos bolsas de ropa, acudí a la cita con mi compañero en Tower Records, en cuya cafetería tomamos cerveza y picamos algo. Allí compré el DVD de un anterior concierto del grupo coreano Superjunior, que había actuado el sábado 27 y domingo 28 de julio en el Tokyo Dome, con lleno total y entradas agotadas. Algunos fines de semana pongo el DVD en casa y me traslado con la mente a esa tarde de verano en Japón.
Araña de Louise Bourgeois en Roppongi Hills (Tokyo).
La mañana del 9 de agosto era la última en Tokyo y queríamos aprovecharla. Fuimos primero en taxi hasta Tokyo Station a dejar las maletas en consigna y nos acercamos andando a la cafetería del Museo Mitsubishi. De allí nos trasladamos a Ginza, donde dimos un paseo bajo el crudo sol hasta hartarnos y coger de nuevo el metro para ir a Roppongi Hills. Sin ser muy conscientes, estábamos despidiéndonos de los barrios tokiotas que más nos habían encandilado. En Roppongi nos topamos con una vieja conocida: la araña de Louise Bourgeois que vimos años atrás en la Tate Gallery de Londres y en el Guggenheim de Bilbao.

A las 14 horas comenzamos a desandar el camino que nos dejaría en el aeropuerto de Narita a las 16 horas. No habíamos podido sacar la tarjeta de embarque, pero aun así logramos buenos asientos en el avión de Tokyo a Beijing (3 horas y 20 minutos) y algo peores en el de Beijing a Madrid (11 horas y media). Despegamos de Narita pasadas las 19.30 horas y hubo tormenta eléctrica todo el vuelo a Beijing, lo que me puso de los nervios, pese a lo cual no aparté los ojos de los fogonazos rojos que encendían el cielo cada pocos segundos. Fue impresionantemente bello.
En Beijing hicimos escala de dos horas y, por fin, treinta minutos después de la media noche, despegamos hacia Madrid en un avión de Air China repleto de españoles. Me sorprendió (y molestó) oír hablar en mi idioma, tanto y a la vez, después de veinte días rodeada de voces y acentos que, de un modo extraño, se me habían vuelto familiares. Debería estar acostumbrada porque siempre me pasa lo mismo cuando el viaje termina. La desazón y la tristeza me duran unas pocas horas, a veces unos días, porque, invariablemente, jamás quiero dejar de viajar, ni que se acaben las vacaciones. Este verano, en Japón, lo sufrí de una manera especial.

2 comentarios:

  1. Muy buenas recomendaciones para viajar por Japón.

    La isla de Miyajima es espectacular!

    Si os interesa más información del Japón como excursiones, actividades, rutas, curiosidades culturales y mucho más. Os recomiendo mi blog viajando por japón.

    Enhorabuena por el blog es muy interesante.

    Saludos

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    1. Gracias por pasarte por mi blog

      Te devolveré la visita

      Japón me ha encantado, ha sido como una revelación jaja

      Saludos

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