viernes, 1 de noviembre de 2013

Busto colosal de 3.000 años del rey hitita Suppiluliuma

(Más Historia de un objeto aquí)

Aún no he estado en Turquía ni en Egipto, quizá los dos únicos sellos legendarios que faltan en mi pasaporte. Desconozco por tanto las tierras donde habitaron los faraones Tutankamón o Nefertiti. Tampoco he visitado Anatolia (la actual Turquía), cuna de los hititas, una civilización mítica que dominó esas tierras desde 1900 a.C, y que desapareció setecientos años después, alrededor de 1200 a.C., sin dejar rastro.
Cabeza colosal del rey hitita Suppiluliuma
hallada en Hatay (Turquía).
La Historia había engullido a los hititas hasta que, en el año 1834 de nuestra era, el arqueólogo Charles Félix Tesier (1802-1871) descubrió las ruinas de la antigua capital de su imperio, Hattusa. Emergieron a la luz entonces su lengua (la indoeuropea, aunque también utilizaban la cuneiforme), los restos de su arquitectura grandiosa y los nombres y hazañas de los grandes reyes Telipinu, Mursili, Suppiluliuma, Hattusili, así como la mucho menos conocida esposa de este último, la reina Puduhepa.
Puerta de los Leones de Hattusa (antigua capital
hitita, en la actual Turquía).

En los dos últimos siglos el mundo ha ido descubriendo que, pese a vivir en la lejanísima Edad del Bronce, las ciudades hititas eran monumentales, como prueban las ruinas de Hattusa y su Puerta de los Leones, de cierto parecido a la que daba acceso a Micenas, en el Peloponeso griego. Usaban jeroglíficos y produjeron un notable cuerpo legislativo, lo cual no les impidió ser un pueblo guerrero que transitó por la Historia amenazando y siendo amenazado. En una de sus guerras se anexionaron el reino de Mittani y plantaron cara a Tutankamón.
Plano de la mítica Troya, cantada por Homero.
¡Si serían épicos los hititas, que tuvieron como aliada a la misma Troya (1800-1250 a.C.) cuando se produjo la campaña que narra Homero en La Ilíada! En el reino legendario de los hititas, los soberanos se hacían llamar Mi Sol, como los faraones, y al igual que aquellos adoptaron el símbolo del disco solar.

El monarca hitita por excelencia fue Suppiluliuma (1344-1322 a. C.), gran militar y estratega, que se enfrentó con éxito a los egipcios y organizó los territorios conquistados en dos virreinatos (uno para cada hijo) que funcionaban como frontera oriental del imperio. También guerreó contra los asirios.
La figura de Suppiluliuma fue grandiosa, pero sobrestimó su poder cuando la viuda del faraón Tutankamón, en son de paz, le pidió que le enviara a uno de sus hijos para convertirse en el nuevo gobernante egipcio. El vástago de Suppiluliuma nunca llegó a tierras del Nilo, pues fue asesinado durante su viaje, motivo por el cual los hititas declararon otra guerra. Al final, como a menudo enseña la Historia, los poderosos también tienen pies de barro, y así el gran rey hitita no murió en el campo de batalla, sino a causa de una epidemia de viruela contagiada por los prisioneros de guerra egipcios.
Darren Joblonkay, descubridor del busto
colosal de Suppiluliuma.
La última aparición estelar del mítico Suppiluliuma se produjo en agosto del año pasado, cuando el aprendiz de arqueólogo Darren Joblonkay, de tan sólo 23 años, encontró una colosal cabeza de piedra en las excavaciones de Hatay (Turquía). La escultura, a sus bien conservados 3.000 años de antigüedad, tiene una inscripción jeroglífica en la espalda que la identifica como Suppiluliuma I y presenta al monarca desde la cintura. Mide casi metro y medio de altura, lo que sugiere que la longitud total del cuerpo alcanzaría los 3,5 metros.
Rostro con rasgos de hieratismo en la
estatua del rey hitita Suppiluliuma.
Desde su hieratismo, y con la característica barba común a pueblos como los vecinos asirios, el monarca hitita mira de frente con los ojos bien abiertos, como si acabara de despertar de un sueño de miles de años y no diera crédito a lo que procesan sus pupilas.
Es una estatua impresionante, bellísima, que los turistas de paso por Anatolia podrán admirar pronto en el Museo Arqueológico de Hatay. De momento, los arqueólogos ya la han etiquetado como un perfecto ejemplo de la sofisticación que lograron las culturas de la Edad de Hierro al este del Mediterráneo tras el colapso de los imperios de la Edad de Bronce, a finales del segundo milenio a.C.
¡Casi nada!
 

 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

 

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