domingo, 13 de octubre de 2013

Viaje a Japón (IV): Kyoto, Himeji, Osaka, Hiroshima

(Etapa anterior del viaje a Japón aquí)
(Etapa siguiente del viaje: Miyajima, Osaka y Tokio

El jueves, 1 de agosto, amaneció lloviendo en Kyoto, pero no nos importó demasiado porque esa mañana habíamos decidido ir de excursión a la ciudad de Himeji, para visitar su castillo medieval, patrimonio mundial de la Humanidad. En Himeji, lejos de llover, hacía un calor insoportable, muy húmedo. Había bastantes grupos de escolares y turistas recorriendo la instalación provisional que cubre el torreón del castillo, en restauración. Tras casi dos horas de visita, nos quedamos con ganas de pasear por los jardines, pero el calor nos disuadió.
Al salir del recinto, un chico y su maestra de inglés nos abordaron para que él hiciera prácticas del idioma preguntándonos de dónde éramos, qué profesión teníamos, qué nos gustaba de Japón, etc. El chaval, muy nervioso, iba leyendo las preguntas en inglés, entre miradas tímidas a su maestra, y al terminar el cuestionario nos regaló dos figuritas de papel, que ahora reposan en una jarrita de mi casa en Madrid.

Mirador de la Torre Kyoto (Kyoto, Japón).
Comimos frugalmente en la estación de tren de Himeji y regresamos a Kyoto, para ir directos a la Torre Kyoto. Subimos al observatorio, a cien metros del suelo, acristalado y con bonitas vistas sobre la ciudad. Tomamos un refresco en el bar panorámico, pero no tuvimos tiempo de entrar al Beer Garden, donde servían menús a precio fijo con cerveza, muy económico, por lo que estaba lleno de jóvenes. De nuevo a ras de suelo, visitamos el templo junto a la Torre Kyoto y regresamos andando al hotel. Tras un breve descanso, hicimos una salida nocturna para cenar en un sitio típico que recomendaba la guía Lonely Planet. Sashimi, rollitos de pepino, atún y tako (pulpo), todo riquísimo y a muy buen precio. El regreso al hotel lo hicimos por la zona del mercado, que habíamos descubierto la noche anterior. Había algunas tiendas aún abiertas, donde compramos unas camisetas para regalar.

Paseo de los Filósofos (Kyoto, Japón).
Al día siguiente, viernes, 2 de agosto, comprobamos que la puntualidad nipona se aplica también a los autobuses, ya que el primero que cogemos en Japón, el número 5, nos lleva en el tiempo exacto al templo Ginkakuji, punto de partida del Paseo de los Filósofos. Me impresionaron los jardines y el estanque, la arena rastrillada  de los jardines secos, el musgo entre los árboles. Todo realmente bonito.
Templo Nanzenji (Kyoto, Japón).
Siguiendo el Paseo de los Filósofos, varios templos más competían por atraer la atención de los visitantes en ese día caluroso de Kyoto, pero yo sólo entré en el templo Nanzenji, del siglo XIII y adscrito a una secta zen. Tiene unas bellas pinturas en las puertas correderas en el Hojo Hall y varias dependencias donde cada día se entrenan monjes, además de un jardín zen y una casa de té ceremonial. El té se toma en el suelo, sentados sobre la alfombra roja, donde la camarera ofrece un pastelito que hay que desenvolver antes de que presente el té a los clientes.

Ese día, comimos en un restaurante japonés, dos set típicos: uno de tempura y fideos udon y otro de sashimi y fideos soba. El regreso al hotel, de nuevo caminando por la zona comercial, nos dio la oportunidad de ver la gran variedad de pescado, encurtidos, verduras y platos para mí del todo desconocidos, con mucha gente yendo en todas direcciones. Esa noche nos lo tomamos con tranquilidad, y tras un breve paseo en busca del café Independants (que no encontramos) nos tomamos una Guinnes en un local junto al canal.
Templo tras la cristalera de un
café Starbucks (Kyoto, Japón).
El sábado, 3 de agosto, empezábamos ya a acusar el cansancio de trece días de viaje y emociones. Nos levantamos tardísimo, desayunamos a deshoras en el Starbucks de Karasuma Sanjo, frente al nuestro hotel, el Monterey, y dejamos pasar el tiempo, admirando el jardín del templo tras la alta cristalera del café. No teníamos plan fijo para ese día, así que deambulamos por la zona del mercado de Teramachi: unos cuatrocientos metros llenos de puestos de pescado, carne, alimentos secos y tiendas de artesanía. Compramos abanicos para regalar y unas camisetas.

Sin planearlo, acabamos yendo a pasar la tarde a Osaka (en tren Shinkansen se tarda unos quince minutos), la tercera ciudad más grande de Japón y, sin duda, la más futurista, al punto que, de noche, parece sacada de un fotograma de la película Blade Runner (Ridley Scott, 1982). Antes de salir a explorar, paramos para comer en el enorme complejo comercial Grand Front, dos torres conectadas entre sí, repletas de restaurantes y tiendas, librerías, tiendas de discos, terraza con jardín, bares de ostras y champán, cocina internacional.
Observatorio flotante circular del
Umeda Sky Building (Osaka, Japón).
Justo frente a la estación central de tren de Osaka, a unos metros del Grand Front, se alza el magnífico Umeda Sky Building, con su original observatorio flotante circular, suspendido en el vacío entre las dos torres que lo sostienen. Le llaman el Arco de Triunfo de Osaka, y en verdad es majestuoso. La parte final de la subida, hasta el piso 40, se hace en un ascensor de cristal que da algo de vértigo, por lo cerca que se ven los edificios vecinos y lo lejos que está el suelo.

Pareja paseando por la terraza exterior
del Umeda Sky Building (Osaka, Japón).
En el piso 40 del Sky Building hay bar, tienda de recuerdos y cómodos asientos para disfrutar de las vistas tras las ventanas de cristal. Pero es en la terraza al aire libre donde se tiene la mejor panorámica de Osaka, del río y de los rascacielos. Claro que, como en la pasarela circular no hay asientos, la mayoría de visitantes pasa más tiempo en el mirador interior del piso 40. Allí, mientras nos tomamos una cerveza y veíamos atardecer, nos encontramos a una familia española con la que intercambiamos impresiones. El chico nos preguntó por Kamakura, así que aprovechamos para aconsejarle ir hasta la playa, y no sólo a ver el Buda gigante.

Observatorio flotante del Umeda Sky Building
(Osaka, Japón).
Una vez anochecido, cogimos el tren de vuelta a Kyoto, donde llegamos en quince minutos. Queríamos cenar en un chino en el barrio de Pontocho, con terraza sobre el río, pero la cocina cerraba a las 21.30 horas y apenas nos daría tiempo a disfrutar de la comida, así que lo descartamos. Volvimos al restaurante de sushi de dos noches antes: Uoshin, donde probamos la anguila (a mí no me gustó) y sashimi variado.
Cúpula de la Bomba Atómica
(Hiroshima, Japón).
Empleamos el domingo, 4 de agosto, en hacer una excursión a la ciudad de Hiroshima. Desde Kyoto se tardan dos horas y media en tren rápido, por lo que nos pareció buena idea adelantar la visita y así no coincidir con la conmemoración, dos días después, del 68 aniversario de la bomba atómica.

Sillas para autoridades y supervivientes en el
Parque de la Paz (4/8/13, Hiroshima, Japón). 
En cuanto nos bajamos del tren, cogimos el tranvía hasta la Cúpula de la Bomba Atómica, el edificio que fue epicentro de la detonación. Quedan sólo unos muros sin techo, que han dejado sin reconstruir para que la Humanidad tenga presente lo que causa la sinrazón de la guerra. Impresionados por la carcasa del edificio, caminamos hasta el Parque de la Paz, donde miles de sillas vacías aguardaban a los invitados y autoridades que el día 6 se sentarían allí para recordar la fecha fatídica.

Museo de Hiroshima (Japón).
También entramos al museo y nos empapamos de la fiebre antinuclear que vivía la ciudad, con escolares haciendo campaña en contra y manifestantes de todas las edades portando pancartas con mensajes pacifistas. Comimos en la terraza de un restaurante italiano junto al puente, muy cerca de la Cúpula de la Bomba.

A las 17.15 horas, regresamos a Kyoto en tren. Para cuando llegamos, había anochecido, y aunque no teníamos hambre, nos apetecía probar un salón de te que había detrás del hotel. Un sitio bonito y moderno, de precio medio, donde tomamos unos vinos y unas tapas japonesas elaboradas.

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