martes, 24 de septiembre de 2013

Viaje a Japón (III): Tokyo, Kamakura, Takayama, Kyoto

(Etapa anterior: Nikko y el Tokyo de Shibuya y Ueno)

El domingo, 28 de julio, fuimos en metro al Foro Internacional de Tokyo, y desde allí caminamos un corto trecho hasta el museo Mitsubishi Ichigokan, donde se exponían algunas de las Treinta y seis vistas del monte Fuji. ¡Al fin! En un edificio estilo occidental, de ladrillo rojo, que una vez albergó la sede en Tokyo del banco Mitsubishi, una muestra temporal acogía grabados y dibujos centrados en el mundo flotante. Vimos la célebre Gran Ola de Kanagawa y la cima roja del volcán sagrado que ilustraba nuestra tarjeta del Japan Rail Pass. Para finalizar la visita, una cerveza en el Café 1894.


'Sky Flower', atracción del
Tokyo Dome (Japón).
De nuevo al metro, rumbo al Tokyo Dome, un gran complejo de ocio y restauración construido en torno a un grandioso estadio con múltiples usos, desde partidos de béisbol (es la sede de los Giants) a eventos deportivos internacionales, exhibiciones y conciertos de música. Alberga un spa de fuentes termales y un parque de atracciones con noria y montaña rusa, además del Sky Flower, donde los usuarios montan en un cajón estrecho que se iza despacio para ser lanzado al suelo, colgado de un paracaídas.

Colas para entrar al concierto del grupo
surcoreano Superjunior (Tokyo Dome, Tokyo).

Ese domingo, el protagonismo absoluto en el Tokyo Dome era para el enjambre de jóvenes que paseaba su amor desmedido por la boy-band de Corea del Sur Superjunior. El merchandising hacía su agosto ese día de julio caluroso y húmedo, una sucesión de abanicos con los rostros de Donghae, Eunhyuk, Siwon, Sungmin y el resto de los once integrantes actuales de la banda, camisetas, discos y CD a la venta. Las entradas estaban agotadas meses atrás, pese a los dos días de concierto y a que el aforo del Tokyo Dome es de 55.000 personas. Muchos decibelios en la gira mundial de los reyes del k-pop (pop coreano). Cuando nos íbamos del recinto pudimos oír los temas Sexy, free and single y Sorry, Sorry. Tras un nuevo recorrido en metro, llegamos a Ginza, donde la cortina de fina lluvia continuaba laminando el aire del barrio más lujoso de Tokyo. Tomamos un frapuccino en el primer piso del café Doutor y, cansados, iniciamos la retirada al hotel.

Gran Buda de Kamakura (Japón).
El lunes, 29 de julio, fuimos en tren a Kamakura, la ciudad que nos había recomendado el joven ejecutivo con el que habíamos conversado el viernes en el tren de vuelta de Nikko a Tokyo. En Kamakura, pequeño y residencial, admiramos el Buda gigante (segundo más grande de Japón) y paseamos hasta la playa: lluvia a ratos, una temperatura muy agradable, algo de neblina, varios grupos de chicos tumbados en la arena, un par de sombrillas en desuso por falta de sol... Las olas se mecían en paz, casi hasta los pies del chiringuito estilo tailandés donde tomamos unas cervezas y algo de picar.
Playa de Kamakura (Japón).
En medio de tanta paz, nos sorprendieron dos carteles a la entrada de la playa: uno avisando de que, tras un terremoto, aunque no se active la señal de tsunami, hay que estar vigilante por si llega la temible gran ola, y otro, alertando de los halcones que vuelan a ras de playa y pueden asustar a los bañistas. Sobre las tres emprendimos a pie el regreso a la estación de tren. Bordeamos zonas residenciales por donde los escolares de uniforme rodaban en bicicleta y señoras de mediana edad paseaban a sus perros.

Una vez de vuelta en Tokyo, escogimos el barrio de Shinjuku, una de cuyas mitades está llena de rascacielos y modernos edificios de oficinas, restaurantes, teatros y locales de entretenimiento, y otra, más populosa, que reúne a jóvenes modernos en busca de diversión entre calles estrechas abarrotadas de locales de masajes, clubes de variedades y espectáculos que ni sabría definir, entre otras cosas porque los letreros estaban en japonés.

Reclamos de neón en un local
del barrio de Shinjuku (Tokyo).
En el barrio de Shinjuku está el mirador más famoso de Tokyo, en el piso 45 del edificio del Gobierno Metropolitano. Había muchos turistas haciendo fotos y grabando vídeos de los rascacielos vecinos, parapetados tras los ventanales de cristal, curioseando entre las tiendas de regalos. Desde este mirador, en los días claros, se ve el monte Fuji, pero ni que decir tiene que tras la lluvia de casi todo el día no había ni rastro de la cumbre sagrada. Una cerveza en un pub inglés y una cena en un sushi giratorio pusieron punto final a la noche en Shinjuku. Estábamos cansados y aún nos faltaba hacer las maletas para continuar nuestro viaje, dejando Tokyo (de momento) atrás.
Nuestro noveno día en Japón, martes 30 de julio, amaneció nublado, pero sin lluvia. Habíamos pasado ya dos noches en la zona de los lagos de Hakone y seis en Tokyo. La de ese martes la teníamos reservada en Takayama, conocida como la base para explorar los Alpes japoneses, pues de allí parten rutas de senderismo, trekking y escalada. Desde Tokyo, tardamos cinco horas en llegar, empezando en el metro de Shiodome hasta Shimbashi, para coger el tren hasta Nagoya, donde cambiamos al expreso de Takayama. En la última parte del trayecto, la vía del tren corre paralela al cauce de un río, entre montes arbolados.

Antiguo barrio de comerciantes y casas
privadas de Takayama (Japón).
Una bofetada de calor nos dio la bienvenida a Takayama. Directos al hotel Washington, echamos una siesta de algo más de una hora que nos revitalizó para pasear, próximo el atardecer, por el barrio histórico de los comerciantes. Estaba casi desierto, así que pudimos recorrer en paz las calles pobladas de casas de madera, con sus características puertas correderas y ventanas de bambú, además de identificar las antiguas destilerías de sake, reconocibles por la gran bola de hojas de cedro que cuelga en la fachada.

Muchos de los locales son hoy… tiendas de regalos, como es lógico. Escogimos algunos detallitos para la familia y cenamos en el restaurante Origin, que tenía muy buena crítica en la guía Lonely Planet. Probamos el atún crudo, un aperitivo a base de rábano con una especie de sardinas, tofu frío y gindara a la brasa, regado con sake caliente y cerveza.
Mercado matinal de frutas y verduras
en Takayama (Japón). 
Del restaurante Origin salí con la segunda picadura (¿de insecto?) del viaje, cuyos efectos de hinchazón, sarpullido y escozor me durarían casi hasta España. ¡Menos mal que la primera, que me llevé de Nikko, sanaba bien y ya me podía poner la sandalia más cómoda! Para bajar un poco la cena, anduvimos por el pueblo en una plácida semioscuridad hasta dar con el baño de pies (gratuito) que se anunciaba en el folleto turístico. Lo encontramos en un hotel y tuvimos los pies en remojo un buen rato, arrullados por el canto mitigado de las trasnochadoras cigarras y el goteo del agua. Sólo había una chica más en el baño, aunque varias familias japonesas paseaban por los jardines ataviados con sus yukata.

Mercado matinal en Takayama (Japón).
Las primeras horas del miércoles, 31 de julio, las pasamos en los mercados de frutas y verduras de Takayama, el más pintoresco de los cuales monta sus puestos junto al río. Probamos un melocotón y una manzana, que tenían mejor aspecto que sabor, y decidimos visitar el Takayama Jinya, un edificio administrativo de la época Edo. Allí nos encontramos con un chico japonés que vestía quimono, chanclas de madera y abanico tradicionales, al que habíamos visto antes en el mercado, y que nos hizo una foto.

A las 11.33 horas cogimos el expreso a Nagoya, donde enlazamos con el Shinkansen que nos llevó a Kyoto, la segunda gran parada del viaje por Japón. Encontramos rápidamente el hotel Monterey, pese a que ya el primer contacto con el metro nos deparó la sorpresa de que cada trayecto tiene un precio según la distancia, el número de estaciones y hasta la compañía concesionaria, lo que obliga a comprar dos y hasta tres billetes según el recorrido. ¡Y menos mal que con el Japan Rail Pass se llega a casi todas las estaciones claves de las ciudades!

En el barrio de Gion (Kyoto)
aún viven y trabajan geishas.
En cuanto nos adecentamos un poco del viaje, caminamos hasta el Palacio Imperial, que resultó estar más lejos de lo que pensábamos, por lo que no hicimos el recorrido completo de los jardines. Comenzaba a lloviznar, así que cogimos el metro para ir a Gion, el barrio de las esquivas geishas, que esa noche (como todas) dieron plantón a los turistas. Cuando ya nos marchábamos hacia el barrio de Pontocho, avistamos una: dentro de un taxi que estaba parado en un semáforo, la geisha, de servicio, conversaba con dos clientes que se recostaban en el asiento trasero.
Ya en el cercano Pontocho, entramos en L’Atlantis, con una terraza trasera que daba al río, donde tomamos unas cervezas con edamame. La quietud de la noche me sorprendió, en contraste con el bullicio que habíamos dejado en Tokyo. Cono estábamos relativamente cerca del hotel, paseamos para ver algo más de la antigua capital de Japón, y descubrimos el mercado tradicional con sus galerías cubiertas, una suerte de enorme zoco que, aun con los puestos cerrados, se adivinaba lleno de vida.

 

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