domingo, 8 de septiembre de 2013

Viaje a Japón (II): Nikko y el Tokyo de Shibuya y Ueno

(Primera parte de Viaje a Japón (Miyanoshita, Hakone, Tokyo) aquí)

El viernes, 26 de julio, lo reservamos para ir a Nikko, al noroeste de Tokyo y colindante con la prefectura de Fukushima. Sí, esa Fukushima, la de la central nuclear con fugas de agua radiactiva. Antes de viajar a Japón habíamos decidido obviar el riesgo nuclear, de terremotos, tsunamis, guerra con Corea del Norte… y hasta el peligro del pescado crudo, los tópicos que a todos los europeos nos suenan. Nikko, patrimonio de la Humanidad y uno de los centros budistas más importantes de la época Edo, es imprescindible.

Explanada del santuario Toshogu (Nikko, Japón).
Desde la estación de tren de Nikko se llega a los templos a pie, aunque yo aconsejo el autobús para subir y reservar fuerzas para la visita, que puede durar todo el día o unas horas, según las ganas. Nikko comenzó a existir con el templo que en 782 fundó el monje budista Shoho, del que queda el actual Rinnoji. Como estaba cerrado por obras, nuestra primera parada fue la Pagoda de cinco pisos, a la entrada del complejo, para luego recorrer el grandioso santuario sintoísta de Toshogu, al que se accede por la puerta de Yomeimon, de once metros de altura y profusamente adornada.
Subida a la tumba de Ieyasu (Nikko, Japón).
Una vez en el santuario, faroles de piedra como los que alumbraban las carreteras en siglos pasados conducen a tres almacenes sagrados, al establo sagrado, a las salas de culto, al umbral donde sonríe el famoso gato... hasta desembocar en una empinada senda flanqueada por altísimos cedros centenarios. La escalera final es de traca, pero merece la pena por contemplar, en lo más alto, la tumba de Ieyasu (1543-1616), el primer shogun de la casa Tokugawa, dinastía que gobernó Japón hasta finales del siglo XIX. Hacía un calor húmedo, a ratos lloviznaba, y del santuario me llevé la primera picadura de mosquito y varios amuletos de cascabel y un par de muñequitas.

Bastante cansados, le llegó el turno al santuario Futarasan, el más antiguo de Nikko y compuesto por 23 edificios, donde está la tumba del nieto de Ieyasu. Casi todos los visitantes eran japoneses, varios grupos de escolares, turistas que suponíamos coreanos, chinos, hongkoneses y singapurenses. Ese es el orden de las nacionalidades que visitan Japón.

De Nikko me gustó la majestuosidad de los lugares sagrados, en perfecta combinación con edificios modestos, todos brotando en medio de la tupida vegetación. Hay que empaparse de la omnipresente dorada decoración de los artesonados; la vistosidad de los demonios que custodian las puertas de entrada; los techos relativamente bajos en forma de quilla de barco; los árboles de los deseos, donde se cuelgan tablillas, rollos de papel y amuletos con plegarias.
 
Puente Sagrado (Nikko, Japón).
Con todo, lo que más me impresionó de Nikko fue su serena armonía, como si los edificios no fueran más que residentes de paso, extremadamente apacibles, en un bosque que los acoge a condición de que reciban invitados igualmente serenos y educados. El camino de vuelta al pueblo lo hicimos andando, aunque paramos en una taberna local para tomar una cerveza y un pescado a la brasa que un señor asaba en la calle, al estilo de los espetos malagueños (pero sin barcaza). Algo más repuestos, descendimos hasta el Puente Sagrado. En verdad es magnífico.

El siguiente tren a Tokyo salía en una hora, así que comimos en un restaurante de la plaza de Nikko frente a la oficina de turismo. Fue un acierto: no sólo era barato sino que tenían un menú de Udon (fideos gruesos de harina en un caldo con miso, salsa de soja y quién sabe qué más), que fueron mi primera vez del día. La dificultad, claro, fue comerlos con palillos.
Menú típico de fideos Udon (Nikko, Japón).
Una vez en el tren a Tokyo, un oficinista japonés entabló conversación con nosotros, supongo que al ver que llevábamos prensa en inglés (Japan Times y Japan News se encuentran en casi todos sitios), y fue instructivo porque los japoneses que habíamos encontrado eran amables, pero poco dados a interactuar con el extranjero. Nos recomendó visitar Kamakura, por su Buda gigante y la playa.

La cita de esa noche en Tokyo era con… ¡Shibuya! Había leído mucho sobre el barrio más vibrante de Tokyo, donde los jóvenes modernos acuden en masa a  hacer compras, comer y beber, lleno de vida nocturna, con restaurantes de todo tipo, cafeterías elegantes y reposadas, librerías y tiendas de discos, como Tower Records. En cambio, no sabía del famoso cruce diagonal, justo frente a la estación, que es una de las intersecciones más multitudinarias del mundo. Claro, que me cansé de verlo, porque estuve varias veces en el primer piso del Starbucks, justo en la cristalera que da al cruce.
  
Estación de Shibuya (Tokyo).

Tras deambular un buen rato, asentamos nuestras posaderas en una cervecería-pub repleto de gente, muchos extranjeros, donde tomamos Guinnes y comimos un plato de pulpo y edamame, esas vainas de soja que tanto me gustan, sean frías o calientes. De regreso al hotel, cerca de la una de la madrugada, tuvimos un indicio de lo abarrotado que debe ir el metro de Tokyo en hora punta. Eso sí, salvo los que van pasados de copas, el respeto y el silencio siguen siendo la norma, con la gente colocada en fila en las marcas del suelo.

La gran ola (Katsushika Hokuai).
Tokyo era el protagonista de ese fin de samana, y el sábado 27 era el día de Ueno, por el Museo Nacional, donde esperaba ver las Vistas del monte Fuji, de Katsushika Hokusai (1760-1849) y la cerámica Jomon (14.500-300 a.C.). Si bien suponía que todos los grabados no estarían en el museo, la realidad es que no había ni uno. No sólo no pude ver el monte Fuji cuando estuve en los lagos de Hakone, sino que no podía ver los grabados. Pregunté en información y resultó que, casualmente, había varios en una exposición temporal en el museo Mitsubishi. Con el ánimo por los suelos (¿de verdad me iría de Japón sin ver el monte Fuji en ninguna de sus posibilidades?), hice el resto de la visita, y fuimos en busca del cementerio junto al museo, con templo sintoísta incluido. Hermoso.
 
Jóvenes en una tarde de verano, sábado
en Ueno (Tokyo, Japón).
Una vez recargadas las pilas de espíritu zen, cruzamos el parque de Ueno sin perder detalle de la cultura urbana, esto es, la gente, cómo viste, pasea, charla y se divierte, algunos de ellos, jugando en un campo de béisbol, bajo un sol de justicia y un calor húmedo realmente desagradable. Muchos hombres y mujeres, jóvenes y mayores, iban armados de abanicos y sombrillas, pero otros muchos paseaban aparentemente ajenos al clima, ellas montadas en tacones y luciendo minifaldas y pelo alisado, ellos con un look casual con predominio del denim y las camisetas.
 
Jóvenes en Ueno (Verano, Tokyo, Japón).
Entre la visita al museo y el parque, eran más de las 15 horas y estábamos sin comer, así que escogimos un restaurante de sushi giratorio que hallamos deambulando por el mercado de Ameyoko, entre locales de pachinko, hoteles cápsula y del amor, todo un mix de tradición y modernidad.
 
Chicas con quimonos en Ueno (Tokyo).

Después de tomar un café en Tully's, donde comprobé que es cierto que los japoneses en general no temen ser robados (nuestra vecina de mesa dejó móvil y bolso abierto para salir a la calle a buscar a una amiga), cogimos el metro y, de camino, empezamos a ver grupos de chicas (y chicos) vistiendo quimonos.
 
Akihabara, con sus incontables tiendas de electrónica y actual corazón del manga y el anime, fue la siguiente parada. Comprar no compramos, pero sí nos deleitamos con un tour por el Anime Center y por las calles plagadas de neones, donde jóvenes de apariencia nerd entraban y salían con bolsas de cómics. Estaba a punto de atardecer, así que decidimos coger de nuevo el metro para desplazarnos al barrio de las Lolitas góticas, pero esa noche había un concierto de música de la estrella del pop japonés Ayumi Amasaki.

Concierto de Ayumi Amasaki (Julio, Tokyo, Japón).
Era el cierre de su gira, en el estadio junto a la sede de la cadena NHK y supongo que el bullicio las había espantado. Ahí vimos el poder del merchandising, pues a la entrada del concierto se vendía desde camisetas a abanicos, toallas y discos de la estrella, la mayoría de los productos agotados y, por supuesto, las entradas al concierto vendidas meses atrás. Algo que comprobaríamos al día siguiente, en el Tokyo Dome, donde tocaba por segundo día la boyband surcoreana Superjunior.

De momento, esa noche de sábado, nos fuimos andando, de nuevo, hasta el barrio de Shibuya, donde nos refugiamos de la lluvia en el Starbucks y nos tomamos un delicioso frapuccino de mocca mientras observábamos el trajinar de los taxis, autobuses y gentes cruzándose en perfecto orden y concierto por el cruce más multitudinario del mundo. ¡Tokyo es único!

 

3 comentarios:

  1. Hola, Pepa, mi buen amigo Jose me ha pasado tu "A casa de las palmeras" y quería darte las gracias, espero leerlo con mucho interés en cuanto me sea posible,
    un abrazo,

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    1. Espero que te guste o al menos que te interese. Todas las críticas y valoraciones son bienvenidas. Saludos efusivos

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  2. He pasado muy buenos ratos, estimada Pepa, espero que sigamos en contacto.
    Si quieres pasarte por mi blog, en el que inserto mis paranoias, es http://antoniojetaquesada.blogspot.com
    un abrazo

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