viernes, 23 de agosto de 2013

Lecciones de Hiroshima

Cúpula de la Bomba de Hiroshima, hipocentro de la
 bomba lanzada por EEUU sobre Japón el 06/08/1945.
Así quedó y así sigue, sesenta y ocho años después.
4 de agosto de 2013. A punto de cumplirse sesenta y ocho años del lanzamiento de la bomba atómica sobre Hiroshima, la ciudad japonesa hierve, y no sólo por el calor de un día especialmente bochornoso, sino por los numerosos grupos de jóvenes voluntariosos que se entrecruzan en las inmediaciones de la Cúpula de la Bomba. Muchos son extranjeros, todos con camisetas, gorras y banderas militantes, declarados pacifistas, paladines en una cruzada contra la energía atómica que me temo jamás podrán ganar.


Marcha contra las armas nucleares
(Hiroshima, Japón, 4 de agosto de 2013).
No son los únicos que han ido llegando a Hiroshima, en bandadas como los pájaros, en los días previos a la conmemoración anual del fatídico 6 de agosto de 1945. Además de los visitantes de paso, entre los que me cuento, hay muchos grupos de japoneses movilizados. Hombres y mujeres que superan casi todos (y con creces) los cincuenta años. A este lado del puente sobre el río cambia el rostro de la protesta, pero el mensaje es idéntico: “Nunca más otro Hiroshima" Las proclamas no olvidan Nagasaki, pero cada uno elige la guerra que libra…y la paz que pregona.
 
Estudiantes recogen firmas contra la energía
nuclear (Hiroshima, Japón, 04/08/13).
Minutos antes, nada más bajarme del tranvía que me llevó desde la estación del Shinkansen al Parque de la Paz, me habían sorprendido los grupos de chicos y chicas japoneses, vestidos con uniformes de instituto, organizados en parejas. Serios y meticulosos, repartían octavillas, exhibían pancartas y alzaban sus voces aún sin cuajar del todo. El mensaje, nítido, combate el uso de la energía nuclear. Sin paliativos: ni quieren centrales como la de Fukushima, que sigue vertiendo agua radiactiva al Pacífico dos años después del terremoto, ni quieren un uso bélico de esa tecnología.

Entro en el museo y me sale al encuentro la memoria reconstruida de la Hiroshima arrasada hace sesenta y ocho años. Lo primero que me sorprende es la sencillez y austeridad de las salas, su espíritu aleccionador, su falta de tremendismo. No hay un solo rincón, en ninguna de las dos plantas, por el que se haya colado el morbo o el espíritu de revancha. Y, sin embargo, la Historia se escribe en Hiroshima con renglones bien derechos. Eran las 8.15 de la mañana del 6 de agosto de 1945 cuando la vida se paró. Se desvaneció todo lo que había en dos kilómetros a la redonda del punto donde estalló la bomba, como si nunca hubiera existido.

Hiroshima, 1945.
Cuando el bombardero estadounidense Enola Gay soltó la primera carga atómica que la Humanidad usó, a sabiendas de su poder, sobre una ciudad, las reglas de la guerra cambiaron. Tres días después, el 9 de agosto, cuando Japón comenzaba a ser consciente de que podía ser aniquilado sin que el enemigo se manchara las manos, los americanos lanzaron la segunda (y hasta la fecha última) bomba atómica sobre una ciudad. Fue en Nagasaki. A los cinco días de esta nueva masacre en su propio territorio, Japón capituló.

Modelo de la bomba 'Little Boy' que
detonó sobre Hiroshima el 06/08/1945.
Todo eso relatan los carteles y vídeos del museo de Hiroshima, en inglés, en japonés y en coreano. Y sí, hay mucha gente compungida en el museo, pero hay muchas más personas decididas y tenaces, algunas llevan años luchando, y se les nota. Otras están de paso, como yo misma, y suerte tendremos si aprendemos alguna lección.
Yo, particularmente, me llevo mi cicatriz al contemplar el esqueleto de un edificio que aquella mañana del 6 de agosto de 1945 era el orgullo de la ciudad. Fue el hipocentro de la detonación atómica, así quedó y así sigue hoy día, en pie, maltrecho, semi erguido en su triste fragilidad. Es una cicatriz perenne en el corazón de una ciudad que no tuvo más remedio que reconstruirse enteramente nueva. La Cúpula de la Bomba, como lo han bautizado, es un inmueble herido, como Hiroshima, Japón y la porción de mundo que jamás entenderá la brutalidad contra la población civil, que en toda guerra no es más que un rehén.

Por cierto, se me olvidaba decir que la Hiroshima que recorro este 4 de agosto de 2013 es una ciudad completamente funcional, moderna, vitalista y acogedora, cuajada de tiendas, cafés y  restaurantes. Ni el calor bochornoso puede con la vida que brujulea por sus calles. Quizá ésta sea otra de las lecciones de la Historia.

2 comentarios:

  1. ¡Como me encanta tu modo de escribir! Y el vocabulario nuevo a que me expones ... Madre mía necesito más memoria. :-)

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  2. ¡Muchas gracias! La memoria hay que cultivarla. ¡Si lo sabré yo, que cada día pierdo más competencia lingüística en inglés! LOL

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