miércoles, 20 de febrero de 2013

Recuerdos de Siria y Jordania (III): Wadi Rum y Petra

(Más sobre Siria y Jordania aquí)

Pisé tierra jordana el 4 de agosto de 2007, cuando mi compañero y yo aterrizamos en el aeropuerto de Aqaba, donde nos esperaba un autobús para llevarnos al hotel Mövenpick, construido al borde del mar Rojo, con una playa privada y varios jardines. Un hotel, como todos los de 5 estrellas en Jordania, con guardias de seguridad en las puertas y control de equipajes. Esa fue la primera, y única señal, de que Jordania era un país con problemas de seguridad para los extranjeros, pero en ningún punto del viaje sentimos temor o recelo. Eso sí, los hoteles parecen búnkeres.

Murallas de piedra en el desierto de Wadi Rum
(Jordania), donde guerreó Lawrence de Arabia.
Pasamos el día y la tarde en la playa, holgazaneando en las tumbonas y echando la siesta, hasta la cena. Después, sin plano ni más guía que la intuición, dimos un paseo hasta el centro de Aqaba. Nos habían dicho que la ciudad era más bien fea, oscura y con poco que ver, pero queríamos comprobar cómo era este centro veraniego del extremo suroeste de Jordania, una de las pocas localidades costeras del país. Vimos a muchos jordanos en la calle, en mesas de cafés o en las puertas de sus casas, jugando al ajedrez y fumando, conversando en corrillos. Y también grupos de mujeres rodeadas de niños, un poco como en la típica estampa de la España de provincias en los años 50.
Petroglifos en las rocas de una gruta en
el desierto de Wadi Rum (Jordania).
Al día siguiente, dejamos Aqaba y nos pusimos en camino al desierto de Wadi Rum, donde Lawrence de Arabia vivió sus mejores años. Nosotros, más modestos, hicimos un recorrido en todoterreno: un par de horas surcando la arena roja, bajo un calor seco que convertía la brisa en estopa. Wadi Rum es un gran valle de dos kilómetros de ancho que se extiende (de norte a sur) unos 125 kilómetros, junto a la frontera con Arabia Saudí. Posee unas curiosas formaciones geológicas, dos imponentes murallas de piedra que llegan a medir 800 metros de altura. Erosionadas durante 50 millones de años, entre las rocas se hallan algunos petroglifos con escenas de caza y dromedarios. Ni que decir tiene que el todoterreno nos dejó las posaderas doloridas, igual que la espalda y el cuello, pero aun así disfrutamos de las dunas, de los beduinos y sus tiendas, de los enjutos camellos y de las cabras.

Elefante tallado en piedra (altos de Petra, Jordania).
Esa tarde llegamos a Petra. Había visto tantas fotos, había leído tanto sobre la joya del pueblo nabateo, que temía quedar decepcionada. Pero nada de eso. Petra me encantó desde el primer minuto, cuando divisé el valle entre las montañas desde lo alto, desde el mirador que hay en un recodo de la carretera viniendo de Wadi Rum. Unos chavales se habían instalado allí con sus mercaderías, y a uno le compré un precioso elefante tallado en piedra. Nada más llegar al hotel Mövenpick, cenamos, y luego dimos una vuelta por la moderna Petra, tenuemente iluminada, donde hay poco que hacer, aparte de sentarse en las terrazas a cenar, tomar un helado o una copa. Suele haber espectáculos en el recinto arqueológico, así como en los hoteles, y también organizan visitas nocturnas a las ruinas.
Grieta final del Siq y parte del
Tesoro (Petra, Jordania).
Hice a pie mi entrada triunfal en Petra por la mañana, a través del Siq, ese estrecho cañón de mil doscientos metros de longitud, rodeado por soberbios muros de piedra. El mero hecho de caminar a través del Siq es una experiencia única, tanto por los colores de las rocas, como por el brillo de la luz al filtrarse entre las rendijas de piedra.

Incluso el polvo que levantan los caballos al tirar de las calesas de turistas sabe a exótico. Y es que Petra, que lleva en pie desde el siglo VII a.C., es tan extraordinaria como dicen las guías y reportajes de viajes. Puede que incluso más hermosa.

Jordanos de visita turística por el desfiladero
del Siq (Petra, Jordania).
Por muchas fotos que se hayan visto del Tesoro, es imposible no estremecerse al tenerlo delante, justo donde el Siq se acaba, y admirar su fachada, de 40 metros de altura y casi 30 de longitud. El Tesoro es una maravilla de la armonía y la proporción, pero en Petra hay muchísimo más que ver: restos de un anfiteatro greco-romano, unas tumbas reales, decenas de edificios excavados en la roca, senderos terrosos que suben y bajan, ondulándose como una culebra. Y, por todas partes, niños curtidos al sol, que venden recuerdos y bisutería.

Caballitos de hierro que vendían unos niños
en las ruinas de Petra (Jordania).
No pude completar el recorrido antes de comer, sentía que el calor me aplastaba con su peso y, antes de rendirme, estuve a punto de tropezar y caer varias veces. Uno de los ratos que pasé sentada para recobrar fuerzas, unos chavales se me acercaron con unos caballitos de hierro, que vendían por menos de un euro. Les compré dos y les di cinco euros. El agotamiento me impidió subir al Monasterio, no pude contemplar el atardecer desde lo alto, tampoco montar en camello, burro ni calesa. Mi cuerpo se negaba a reiniciarse, incluso después de haber comido, así que desandamos nuestros pasos, muy pero que muy lentamente, hasta la salida, parando para tomar un té y ver los puestos de souvenirs.
Seguía haciendo mucho calor y nada de aire, pero el regreso por el Siq fue más tranquilo que por la mañana, había menos turistas, y en los ratos en que estábamos solos entre las paredes de piedra pude sentir la magia y la majestad de Petra. La ciudad rosa de los nabateos, esculpida en la roca, solitaria y altanera, un tesoro que permaneció oculto para los extranjeros hasta 1812, sin contar a los romanos, que la conquistaron en el siglo II. Pero, claro, ¡lo que no hayan conquistado los romanos!