viernes, 25 de enero de 2013

Milagro en la capilla Scrovegni, de Giotto, en Padua


'Noli me tangere' (fresco de Giotto
en la capilla de los Scrovegni).
A tan sólo 40 kilómetros de
Venecia y de sus pintorescos canales se encuentra la ciudad de Padua, y en ella, la capilla de los Scrovegni. Yo la descubrí por casualidad, en una parada técnica en el recorrido por el norte de Italia que mi compañero y yo hicimos en 2002. Primero habíamos pasado una semana en la isla de Sicilia y, al regresar a Roma, decidimos alquilar un coche para viajar hasta Bomarzo, Pisa, Parma y Mantua, con la meta en Venecia.
 

Interior de la capilla Scrovegni
(Padua) pintada por Giotto.
Fue así como, al parar en Padua para estirar las piernas, dimos con la Arena donde se levanta la capilla de los Scrovegni. Era temprano, un día laborable, y por eso pudimos visitar este monumento, que requiere reserva previa, pues sólo se permiten grupos de veinticinco personas. Así de frágiles son los frescos de
Giotto di Bondone (1267-1337), una auténtica obra maestra del siglo XIV y quizá el trabajo cumbre de este artista del Renacimiento italiano.




'La adoración de los Magos' (Giotto, capilla
de los Scrovegni, Padua).
Antes de pasar a ver la capilla, en una sala anexa se proyecta un vídeo sobre el tesoro que guarda este edificio. Su apariencia es modesta por fuera, pero los frescos del interior deslumbran hoy lo mismo que setecientos años atrás. Giotto llegó a Padua en torno a 1303, y en marzo de 1305 ya había acabado las pinturas, que cubren todas las paredes de la capilla, con tres temas: escenas de las vidas de Joaquín y Ana; de María; y de Jesús. La grandeza de Giotto se nota también en los cuidados detalles, como los camellos de ojos azules que contemplan a los Reyes y al recién nacido.


'La traición de Judas' (Giotto, capilla
de los Scrovegni, en Padua).
Hay, además, detalles que pueden parecer ingenuos, pero que están llenos de significado. Así, este Ángel caído, el negro e iracundo Satanás al que Giotto pinta con las garras en la espalda de Judas el traidor, caracterizado por la perilla puntiaguda y la nariz aguileña.

Y hay, sobre todo, frescos llenos de emotividad, hermosos, como el  Noli me tangere (arriba, primera imagen), donde María Magdalena (vi sus reliquias en Vézelay, en la Borgoña francesa, donde se veneran como auténticas) extiende sus manos hacia  Jesús resucitado, que ya camina hacia el más allá. Esta es la tercera vez que la Magdalena aparece muy próxima a Jesús en los frescos, pues Giotto la pinta asimismo bajo la Cruz y en el duelo.

 
'Jesús y Juan en la última Cena' (Giotto, capilla
de los Scrovegni, Padua).

La ternura impregna, en fin, el tratamiento pictórico de Juan, "el discípulo al que Jesús amaba", y que en La última cena reposa la cabeza sobre el pecho de Jesús, en un gesto que sabe a despedida. Un fugaz instante de paz antes de la traición, el prendimiento y la muerte de Jesús en la cruz.