viernes, 9 de noviembre de 2012

Séraphine Louis: la extraña pintora naïf y su Pigmalión

(Más sobre Séraphine Louis aquí)

Es curioso cómo se retroalimentan las redes sociales. Y no me refiero al horroroso coreano que se ha hecho universal con el no menos horroroso baile del caballo. Hablo de esos post que se escriben como las antiguas hojas sueltas, a ritmo de inspiración tardía, esas frases que desencriptamos porque un día vimos una película, leímos un libro o espiamos una charla. Detalles que vuelan como migajas en un campo en plena siega o en tórrida cosecha.

'El árbol de la vida', cuadro de
Séraphine Louis.
Me ha pasado con entradas de este blog como las de Séraphine Louis (1884-1934), La insolación, de Carmen Laforet, las versiones en inglés de la momia de Cleopatra o los mármoles del Partenón. También con lo que conté sobre Beatrice Stella Campbell (1865-1940), de quien supe, por casualidad, en uno de mis semanales merodeos por la National Gallery de Londres, que le dedicaba una exposición temporal.
Casi todas ellas, entradas que pensé que nadie leería, o muy pocos de mis exiguos lectores. Pero ha resultado que no, que cada semana, en estos tres años de blog, esos textos figuran entre los más vistos. ¿Por qué?, me pregunto. ¿Qué hace que alguien bucee en un blog en castellano para dar con una página sobre una actriz tan poco conocida, incluso en Inglaterra, como Beatrice Stella?

Foto que muestra a Séraphine Louis
pintando su obra 'El cerezo'
Y mi estupor es mayor al comprobar el interés que sigue suscitando lo que escribí sobre la pintora naïf francesa Séraphine Louisuna mujer casi analfabeta, artista vocacional, que murió pobre y loca. Alguien que pintaba árboles de carne y hueso, con ojos, inmensos ojos que se abrían en la espesura, vigilantes, comunicando un desasosiego instantáneo. Una mujer que empezó a pintar porque su Ángel de la Guarda se lo ordenó, y que fue descubierta por el marchante alemán Wilhelm Uhde (1874-1947), quien la empleaba como sirvienta en Senlis.
'Tigre sorprendido en una tormenta', de
Henri Rousseau.
Los cuadros de Séraphine son coloridos, de una rara exuberancia (como sucede con los de Henri Rousseau (1844-1910), a quien también alentó Uhde), pero en seguida se detecta en ellos a criaturas agazapadas entre el follaje, y el espectador cae en la cuenta de la corporeidad de unas hojas como hígados y unos ojos almendrados como vesículas. Es entonces cuando los lienzos de Séraphine contagian una desazón que no entronca con la mística, sino más bien con el horror de lo vacuo.


Wilhem Uhde, marchante de arte
y descubridor de Séraphine Louis.
El Pigmalión de Séraphine, Wilhem Uhde, fue quien la ayudó con dinero y la alentó a refinar su estilo (sin conseguirlo). Él fue testigo del avance de la demencia (en forma de visiones y alucinaciones), que llevaría a Séraphine al asilo donde moriría diez años más tarde, de un terrible cáncer de mama nunca tratado. Uhde dejó escrito cómo los primeros cuadros de Séraphine irradiaban, repletos de frutas y hojas. Y también consignó cómo esas obras fueron dando paso a unas  pinturas donde brotaban tentáculos de las granadas y limones, con plantas amenazadoras.
La primera exposición consagrada a Séraphine Louis tuvo lugar en 1945, en París, a instancias de Uhde, que exhibió decenas de sus obras. Ya para entonces, de los 200 cuadros que ella pintó, sólo quedaban 70, que hoy están repartidos entre los museos de Arte de Senlis y Maillot y Pompidou, en París.
Séraphine nunca vio ni supo, acaso ni imaginó, el éxito que alcanzaría. Y seguro que pensaría que era obra de su Ángel de la Guarda si supiera que, casi 80 años después de muerta, gente de medio mundo, que jamás se ha visto, escribe sobre su vida extraña y su obra enigmática.