domingo, 21 de octubre de 2012

Recuerdos de Siria y Jordania (I): Damasco y Maaloula

Siria se desangra y Occidente se tapa los oídos para no escuchar los gritos de los civiles masacrados. No juzgo quién tiene más culpa ni qué bando debe ser el primero en dejar de disparar, pero se me encoge el corazón con cada muerte en directo en televisión. Y recuerdo el país lleno de vida, historia y arte que recorrí hace cinco años y de donde guardo varios pequeños tesoros.

Mujeres con niqab y hijab en el Palacio Azem
(Ciudad  Antigua de Damasco).
Agosto de 2007. Llegamos a Damasco al caer la tarde. Mi compañero de fatigas desfallecía con el mal de estómago de los incautos europeos. Hacía una noche preciosa y, tras cenar en el restaurante giratorio de la última planta de nuestro hotel, Cham Palace, unos pocos salimos en busca del mítico Zoco. Mi compañero se quedó en la cama y yo me sumé a la excursión como improvisada cicerone. A los veinte minutos estábamos a los pies del caballo de Saladino, el defensor de Tierra Santa durante las Cruzadas. Penetramos en la ciudad vieja, rodeada por una muralla romana, y en cuyo interior hay patios de naranjos, mezquitas y palacios. Quedaban pocos cafés abiertos, pero seguía habiendo vida, no en vano, Damasco es la ciudad más antigua del mundo ininterrumpidamente habitada. Admiramos entre sombras la Mezquita de los Omeyas, del siglo VIII, donde están las tumbas de San Juan Bautista y de Saladino, y emprendimos el regreso al Cham Palace.

Ruinas romanas en la entrada al Zoco de Damasco.
A la mañana siguiente, aún sin mi compañero, convaleciente en el hotel, visité el Museo Arqueológico y la Gran Mezquita, que tiene un precioso patio de mármol y tres minaretes. Tuve que vestir la túnica impuesta a las mujeres, cubrirme la cabeza y andar descalza, pero mereció la pena, por la belleza del lugar y por ver cómo practican los sirios los ritos del Islam. Salvo para entrar a los sitios sagrados, las mujeres extranjeras pueden vestir como quieran, y aunque las minifaldas y hombros demasiado al desnudo se llevarán más de una mirada de reojo, la norma es dejar hacer libremente.

Guardo un recuerdo especial del Palacio Azem, porque fue aquí donde encontré a dos personas con las que aún me une una buena amistad, y porque en una tienda de antigüedades próxima compré este anillo de plata, uno de mis favoritos. A la hora de la comida, mi compañero al fin pudo unirse al grupo, y a partir de entonces los dos hicimos por libre la visita de Damasco, que incluyó el Zoco y, al día siguiente, la Casa de Ananías y la iglesia de San Pablo. Vimos la puerta por donde el santo escapó de los judíos, descolgándose por la muralla metido en una cesta (así lo cuenta la Biblia), vagamos por la ciudad vieja entre ruinas de columnas y capiteles, tomamos una cerveza en un café al aire libre, y comprobamos que Damasco era una ciudad segura, viva y moderna.
 

Maaloula desde el monasterio de San Sergio.

Desde Damasco, el viaje por Siria nos llevó hasta Maaloula, una localidad de profundas raíces cristianas, incrustada en la ladera peñascosa de una montaña. Algunos de sus habitantes todavía hablan arameo (el idioma de Jesucristo), y en la capilla de San Sergio y San Baco algunas misas se celebran en este idioma casi desaparecido. Nosotros pudimos escuchar un Padre Nuestro en arameo, en una ceremonia que nos prohibieron fotografiar y grabar. ¡Lástima!
 
Incienso del monasterio San Sergio (Maaloula)
De este monasterio me traje un frasquito de incienso bendecido que voy quemando en pequeñas dosis (en momentos especiales) y un CD con los Oficios de Viernes Santo. Antes de abandonar Maaloula, me acerqué a una tienda donde un artesano rellenaba botellitas de cristal con arena de varios colores, con la única ayuda de sus manos y los certeros giros de muñeca, hasta formar dibujos.
 
Yo compré esta pequeña botella con la silueta de un camello y el nombre de la ciudad, Maaloula, escrito en los delicados surcos de arena amarilla. En los siguientes días, en otras ciudades, vimos más artesanos de este tipo y trabajos de mayor dificultad, pero ninguno me gustó tanto como el escuálido camello de Maaloula que me traje a casa.