domingo, 14 de octubre de 2012

'2001, Una odisea...' y 'Blade Runner': películas tótem

Tenía 16 años y estudiaba 3º de Bachillerato. Ese día, el profesor de Filosofía trasladó la clase al pequeño, humilde y desnudo salón de actos de mi instituto andaluz de periferia. Apagó las luces, encendió el proyector y la pantalla se llenó de una música perturbadora y unas imágenes deslumbrantes, poderosas y magníficas.

Escena 'Amanecer de la Humanidad', de la película
'2001, Una odisea en el espacio' (Ridley Scott).
Salvo que el alzheimer siegue mis recuerdos, jamás olvidaré el nudo en el estómago que me causaron los monolitos negros, ni la desazón por la rebelión de HAL 9000, ni el asombro cuando el astronauta se convierte en feto. Fue uno de esos momentos que me cambiaron por dentro. La película, por supuesto, era 2001, Una odisea en el espacio, del director estadounidense Stanley Kubrick (1928-1999), estrenada en 1968 y con guión del escritor Arthur C. Clarke (1917-2008), basándose en su novela corta El centinela.
 
Mi profesor de Filosofía estuvo una semana hablándonos de ella, tratando de explicar a aquellos muchachos preuniversitarios el sentido de esa grandiosa metáfora de la existencia, volcado en inculcarnos la importancia de hacernos preguntas, ya que ése es el único camino hacia el conocimiento. Mi profesor insistía en distinguir intuición y razón, nos invitaba a explorar los cimientos de los mitos, las raíces de las leyendas y el descubrimiento de la experiencia. Falló estrepitosamente, claro, y la mayoría entramos en la Universidad sin saber de qué diantres iba esa película o qué era la Filosofía.




He visto decenas de veces 2001, Una odisea en el espacio, y sigo sin entenderla del todo. Lo único que los años han cambiado es que ya no me frustra desconocer las respuestas: hace tiempo que comprendí que las obras de arte son fortalezas inexpugnables ante las que sólo cabe rendirse y disfrutar (si nos es concedido) de un instante de gracia... y de belleza.

Rutger Hauer, el replicante Roy Batty de Blade Runner 
Otro peldaño mágico en mi camino a la edad adulta está ligado a Blade Runner, la película de culto de Ridley Scott (1937), estrenada en el año 1982 y basada en la novela ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?, de Philip K. Dick (1928-82). Scott ya era un mago de la ciencia ficción desde que en 1979 estrenó Alien, el octavo pasajero. Pero con Blade Runner dio un salto mortal hacia delante con pirueta existencial incluida.
Porque en Blade Runner plantea un mundo en el que se diluye la frontera entre humanos y máquinas (sofisticados replicantes, seres perfectos aliñados en laboratorio con los mejores ingredientes de la raza humana). Los replicantes tienen fecha de caducidad, pero a diferencia de hombres y mujeres, estos seres artificiales sí conocen el día y hora de su muerte. Y será el pavor, la rabia y la rebelión contra esa finitud la que llevará a los replicantes, acaudillados por el simplemente perfecto Rutger Hauer (1944), a declarar la guerra a su Creador.
 

La película tiene escenas y diálogos impecables, entre ellos, el conocido "Como lágrimas en la lluvia” (Like tears in the rain), donde el soberbio replicante, que ama la vida por encima de todo, salva a su enemigo (el policía Deckard, interpretado por Harrison Ford) en ese tejado bajo la lluvia donde alza el vuelo una blanca paloma. O el sueño del unicornio, al que los distintos montajes de la película han dado su exacta dimensión. Y todo, arropado por la música de Vangelis.

Han pasado treinta años desde que se estrenó Blade Runner y veinte desde la primera vez que yo la vi en cine. Y todavía hoy me pregunto, como los replicantes y humanos del filme, qué es realidad y qué fantasía; cómo saber si nuestros recuerdos son cien por ciento verdaderos, o injertos de sueños o memorias de otros; si las máquinas desarrollan inteligencia emocional; cómo puede tolerarse una vida de esclavitud; quién dio semejante poder al dinero; dónde están los límites de la Humanidad.
Como puede ver, querido profesor de Filosofía de 3º de Bachillerato, al menos yo sí aprendí la lección aquel día. Sigo haciéndome preguntas.