miércoles, 26 de septiembre de 2012

Viaje a Portugal (y IV): Menhires de Évora y sol de Tavira

(Etapa anterior del viaje a Portugal aquí)

Ninguna ruta por Portugal es completa sin recorrer los enclaves megalíticos cerca de Évora, un paisaje árido que me recordó a los alineamientos de Carnac (Bretaña francesa) y cuyas piedras llevan en pie más de 5.000 años, lo que significa que los hombres y mujeres del Neolítico que habitaban Évora eran casi tan adelantados como los mismísimos constructores de Stonehenge (Gran Bretaña), tenida por la catedral del megalitismo.

Cromeleque de los Almendres (Évora).
El día que habíamos reservado para Évora, el 26 de julio, se nos hizo minúsculo en cuanto pisamos el recinto megalítico de los Almendres, a 13 kilómetros al oeste de la ciudad. Pese a que llegamos temprano, el sol refulgía sobre los cerca de cien monolitos (algunos decorados con hendiduras geométricas) que forman este monumento prehistórico, de los más antiguos de la Humanidad. Es un yacimiento al aire libre, gratuito y de fácil acceso por una carretera bien señalizada. Algunos dirán que son simples piedras puestas de pie, y no se sabe del todo quién, cómo y para qué se construyó, pero a mí me sobrecogió caminar entre las rocas y deslizar los dedos por esas lisas superficies que llevan miles de años bajo la lluvia, el sol y el viento y que, en cierto modo, estuvieron en el Big Bang de nuestra especie.
Menhir próximo a Évora (Portugal).
Muy cerca de allí, tras caminar unos minutos por un estrecho sendero agrícola, se llega a la explanada donde se yergue el solitario menhir del monte de los Almendres, una piedra imponente situada junto a una granja y que rivaliza en altura con un árbol vecino, como si ambos jugaran a hacerse sombra.

Este menhir tiene una función astronómica, pues visto desde el anterior recinto de cromeleques (grupo de menhires), esta piedra indica el sitio por donde sale el Sol el día más largo del año, el solsticio de verano o 21 de junio. 

Templo romano (centro), torres de la catedral (derecha)
e iglesia de los Loios (Évora, Portugal).
Y del Neolítico, a los romanos, quienes fundaron la capital del Alentejo, Évora, y la bautizaron Ebora Liberalitas Iulia. De esa época quedan las columnas de lo que fue un magnífico templo del siglo I y las torres de la puerta tardo-romana. Justo frente al templo hay una terraza donde, al caer el sol, se disfruta de una vista digna de la mejor postal turística.
Finos azulejos en la iglesia dos Loios (Évora)
Como Évora es pequeña, en un par de horas vimos los principales sitios: la catedral románico-gótica (siglos XIII-XIV), el palacio Cadaval (siglo XIV) y la bellísima iglesia de los Loios (siglo XV), con sus paredes vestidas de azulejos, sus tumbas y su osario bajo el suelo. Pero nos faltó tiempo para disfrutar bien de ese balcón perfecto que es la plaza del Giraldo (epicentro de la vida en Évora), probar las delicias del Alentejo de Botequim da Mouraria y cenar con hambre (y no como lo hicimos, tras picar en otra taberna) en Fialho, que lleva 50 años abierto.Y nos faltó tiempo, además, para disfrutar de nuestro hotel, Albergaria do Calvario, al que daría un diez en atención, decoración y calidad del desayuno. Perfecto.

Puente romano de Tavira (Algarve, Portugal).
La última etapa de la gira por Portugal fue Tavira, en el Algarve, donde pasamos los días 27 y 28 de julio. Fuimos para una ración de sol y playa en la isla vecina, a donde se llega en un barquito cuyo trayecto de apenas media hora vale también para avistar aves acuáticas. El pueblo de Tavira me decepcionó un poco: demasiado turismo familiar de Coca-Cola al atardecer en la plaza mayor, helado con niños y compra de regalos en tiendas para guiris. Con todo, Tavira tiene un bonito puente romano de siete ojos, varias tabernas de buen precio en el puerto y un barrio para explorar, en la zona alta, junto a la iglesia de Santa María do Castelo. El hotel donde nos alojamos, Vila Galé, es una opción perfecta si se viaja con niños, pero carece de encanto.

El regreso a España lo hicimos por la provincia de Huelva, con parada en Isla Cristina para comprar la prensa y comer, antes de poner rumbo a Málaga y a la familia (la nuestra, para variar), con un deseo en el corazón: volver pronto a seguir descubriendo (más) Portugal.