miércoles, 19 de septiembre de 2012

Viaje a Portugal (III): Sintra, capricho del Romanticismo

(Más sobre Portugal aquí)

Muralla del Castillo de los Moros, en Sintra.
El quinto día de nuestras vacaciones en Portugal, el 25 de julio,  amaneció impregnado en restos de neblina, que es como se despiertan sus habitantes el noventa y nueve por ciento de las mañanas. El que luego bautizaríamos como el Día de la Gran Paliza empezó con la ascensión al Castillo de los Moros, una fortificación militar del siglo IX, construida por los musulmanes para vigilar la costa, con una impresionante panorámica de los bosques y palacios de Sintra.
El castillo es hoy un yacimiento en activo y una ruina romántica para deleite de los turistas. Lo mejor para llegar hasta aquí es dejar el coche en el primer párking y caminar unos 300 metros, mucho más agradables si se toma el sendero entre los árboles. Ya dentro del recinto, una muralla bordea el promontorio rocoso y ofrece una hermosa vista del vecino Palacio da Pena. Eso sí, hay que prepararse para subir y bajar escalones y llevar agua y sombrero.

Tritón en una puerta del Palacio da Pena (Sintra).
El Día de la Gran Paliza continuó con la visita al Palacio da Pena. Al salir del Castillo de los Moros, decidimos no mover el coche: eran algo más de la doce, había mucho tráfico en la estrecha carretera y ya se veían hileras de vehículos tratando de entrar y salir de los tres párking. Nos tocó, por tanto, andar otros 200 metros cuesta arriba, bajo el sol del mediodía y con el cansancio de un castillo a las espaldas.
El Palacio da Pena es un edificio extravagante, un capricho arquitectónico del siglo XIX que se hizo a su gusto Fernando de Sajonia-Coburgo (1819-85), el consorte de la reina María II (1819-53). Las guías lo definen como el máximo exponente de la arquitectura romántica en Portugal, y es cierto que parece un castillo encantado, como recién despertado de un sueño, con su mezcla de estilos y elementos decorativos. Me hice una foto bajo el formidable Tritón esculpido en una de las arcadas y recorrí el camino de ronda antes de entrar en el palacio interior, que contiene los restos más valiosos del edificio: un claustro manuelino del siglo XVI y la capilla original del antiguo monasterio de frailes Jerónimos.    

Claustro interior del Palacio da Pena (Sintra).
El Palacio da Pena está rodeado por varias hectáreas de parque, con fuentes, grutas y senderos, pero nosotros no tuvimos tiempo de recorrerlo. Eran casi las 15 horas y aún nos faltaba bajar el medio kilómetro hasta el párking y desandar la carretera hasta Sintra. Nuestra intención era comer algo rápido en el Palacio de Monserrate y visitar las estancias que el poeta Lord Byron (1788-1824) cantó en su poema El peregrinaje de Childe Harold.
Playa das Maças, próxima a Sintra.
No pudo ser. Para cuando llegamos a Monserrate, era muy tarde, no encontramos hueco en el párking y el cuerpo nos pedía clemencia. Así que decidimos seguir la carretera hasta la playa Das Maçasprobar suerte en un chiringuito junto al mar. Fue un acierto: comimos sardinas a la brasa y calamares, un poco de vino y hasta postre, descansamos y nos relajamos viendo el chapotear de los críos en el agua y el ir y venir de las olas del mar.

Terrero de las Cruces, entrada al
Convento de los Capuchos (Sintra).
La última visita del día fue quizá la más bonita: el Convento de los Capuchos, edificado en el año 1560 en medio de un paraje aislado y solitario, un ejemplo en piedra de los ideales de fraternidad y pobreza con los que vivían los frailes franciscanos. Hoy el sitio está deshabitado y es una ruina, romántica como todo en Sintra. Se lo conoce también como el Convento del Corcho, porque las paredes interiores de las celdas, el salón del coro y la biblioteca están revestidas de corcho para aislarlas del frío, ya que los frailes vivían en el más absoluto ascetismo.
 
Pasillo en penumbra del Convento
de los Capuchos (Sintra).

Desde la entrada, por el Terrero de las Cruces, hasta la Puerta de la Muerte, la iglesia, el claustro o la cueva de Fray Honorio, todo rezuma paz y lejanía del mundo terrenal. Pero nosotros sí teníamos una existencia terrenal que atender, así que regresamos a Sintra. Nos esperaban unas maletas que hacer, una cena que decidir y un último paseo por las calles sinuosas y silenciosas de la ciudad lusa romántica por excelencia. La niebla tapaba ya el Castillo de los Moros, fiel guardián de Sintra.