domingo, 9 de septiembre de 2012

Viaje a Portugal (II): Fátima, Nazaré, Alcobaça y Batalha

(Más viaje a Portugal aquí)

Después de comer en Tomar nos dirigimos a Fátima a cumplir con el ritual de quema de velas; beber agua de la fuente frente a la encina donde los tres hermanos dijeron presenciar la aparición de la Virgen; visitar el nuevo centro de acogida de visitantes; la estilizada cruz de hierro presidiendo la gran explanada; y comprar llaveros, velas y agua para la familia.

Casetas de baño en la playa de Nazaré.
La siguiente etapa del viaje era Nazaré, donde pensábamos llegar con buena hora para darnos un chapuzón en el Atlántico antes de cenar. Lo de la hora se cumplió, pero el agua del océano estaba gélida y el viento azotaba la arena y obligaba a los bañistas a refugiarse en sus casetas. Con todo, mi compañero se bañó aunque a mí el pundonor no me dio más que para mojarme los pies. Nazaré es un pequeño pueblo de pescadores que ahora vive del turismo, sobre todo nacional, con algunos buenos restaurantes de pescado, un funicular para admirar el océano y un paseo marítimo lleno de tabernas. Hay que recorrerlo a pie y aparcar es una heroicidad, así que  nos vino genial que el hotel, frente al mar, tuviera párking gratuito.

Túmulo de Inés de Castro en Alcobaça. Los rostros de
sus tres asesinos están tallados en piedra a sus pies. 
A la mañana siguiente, bien temprano, dejamos atrás Nazaré para hacer dos visitas imprescindibles: la primera, el monasterio de Alcobaçauna preciosa abadía gótica que empezaron a construir los monjes cistercienses. La principal atracción de la iglesia son los sepulcros del rey Pedro I de Portugal (1320-1367) y su amante, Doña Inés de Castro (1325-1355), que disfrutan en la eternidad de la unión que no tuvieron en vida. A Doña Inés la mataron tres asesinos enviados por el padre del entonces príncipe Don Pedro, que se oponía a la relación. Cuando Don Pedro fue coronado rey, mandó exhumar el cadáver de su amada y obligó a la corte a besar su mano putrefacta. Por supuesto, los tres asesinos fueron ejecutados y sus rostros grotescos adornan desde entonces la base del túmulo, postrados a los pies de la dama.
Recorrer el monasterio de Alcobaça depara otros agradables momentos, como el paseo por el Claustro del Silencio, donde descubrí unos preciosos dragones en los capiteles. Y sorpresas como el recital que el contratenor Luis Peças daba en la Sala del Capítulo. Tras un refresco en la plaza, cogimos el coche para ir a Batalha, donde llegamos muertos de hambre y, con el calor que hacía, fuimos directos a una casa de comidas.

Capillas Inacabadas (Monasterio Batalha).
En el interior del monasterio gótico de Batalha perdí mi sombrero de paja, con el que recorrí el año pasado Grecia y del que sólo me queda una foto en la Acrópolis.  Parecerá una tontería, pero le tenía mucho cariño. En todo caso, el disgusto no mitigó mi disfrute de la belleza de Batalha, con su iglesia austera, la Capilla de los Fundadores -Juan I (1358-1433) y su esposa, Philippa de Lancaster (1359-1415)- y el hermoso claustro con su maravillosa filigrana. Me parecieron muy emotivas las Capillas Inacabadas, que fueron encargadas como panteón por el rey Duarte hacia 1434 y que ahí siguen, 580 años después, sin techo y con el único adorno del sepulcro del rey Duarte (1391-1438) y su esposa, Leonor de Aragón (1402-1449), ambos con las manos cogidas mirando a las nubes, la luna y el sol. 

La noche de ese día, 24 de julio, y la siguiente la pasamos en Sintra, en el hotel Tivolifrente al Palacio Nacional. Paseamos por las calles empinadas admirando la exuberancia de la vegetación, las mansiones entre los árboles y las fachadas señoriales que hicieron a Lord Byron (1788-1824) decir que Sintra era “el lugar más encantador de Europa".

Fuente la Pipa y niebla cayendo sobre Sintra.
Me sorprendió lo mucho que casaba la Sintra que pisaban mis pies con la que imaginé hace años, mientras leía El misterio de la carretera de Sintra, de José María Eça de Queiroz. Y me sobrecogió comprobar lo rápido que bajaba la niebla a engullir la ciudad, precipitándose desde la imponente altura del Castillo  de los Moros.

Continuará...