lunes, 6 de agosto de 2012

Paula Florido, la gran mujer detrás de Lázaro Galdiano

El museo Lázaro Galdiano es un oasis de paz y un remanso de arte en el barrio de Salamanca de Madrid, en el cruce de Serrano con López de Hoyos. Del museo ya he hablado en este blog, hoy me detendré en la historia de sus fundadores y en el propio edificio, que fue la casa-palacete construida y habitada por el matrimonio formado por José Lázaro Galdiano y Paula Florido y León a principios del siglo XX.

Paula Florido, en una foto de 1903.
Aún hoy impresiona cruzar la verja y entrar en el edificio, de estilo neorrenacentista y con elementos clasicistas, rodeado por un jardín recoleto salpicado de estatuas entre matas de lavanda, rosas y palmeras. Aunque la historia no lo cuenta exactamente así, lo cierto es que fue Paula Florido y Toledo (Argentina 1856-Madrid, 1932) quien alentó y sostuvo la actividad coleccionista de su cuarto marido, José Lázaro Galdiano. Ella, multimillonaria, había enviudado tres veces cuando, en 1903, se casó en Roma con José Lázaro y se instalaron en Madrid con los dos hijos pequeños de ella.


La vida de Paula Florido no fue fácil ni parca en emociones. Con sólo 17 años, se casó con el español Francisco Ibarra Otaola, residente en Argentina, con quien tendría el único hijo que la sobreviviría. Tras enviudar, se casó con un periodista gallego, que le dio una hija. Este segundo matrimonio fue muy breve, y tres años después, viuda de nuevo, se unió a Pedro Gache, con quien tendría otro hijo.

'San Francisco en éxtasis', de
El Greco (museo Lázaro Galdiano)
Había enviudado por tercera vez y tenía 47 años cuando conoció a José Lázaro Galdiano, con quien vivió el resto de sus días en el palacete de la calle Serrano, rodeada de obras de arte y objetos preciosos e imbuida del espíritu de la época. Fue Paula Florido quien supervisó la decoración y acondicionamiento de las salas de lo que hoy es el museo. Unas estancias de indudable aire burgués que, pese a todo, rezuman buen gusto: el que dan los materiales de calidad y la atención a los detalles.

Las molduras de las paredes, las maderas nobles de muebles y artesonados, las lámparas, columnas de mármol, suelos de granito… todo habla del pasado laborioso de unos mecenas notables.


Pinturas mitológicas de Eugenio Lucas Villaamil
en los techos del museo Lázaro Galdiano.
Mención aparte merece la decoración de los techos, obra de Eugenio Lucas Villaamil, quien realizó unas pinturas repletas de alusiones mitológicas y literarias que asombraron a los visitantes del palacete desde su inauguración, en 1909. Y un encanto especial es el que tiene el ascensor, de crujiente armazón de madera y cristal, con un banco de terciopelo rojo. Es el original, instalado desde el inicio en el edificio para subir y bajar sin esfuerzo los tres pisos.


Como lo que hoy son salas de museo, fueron ayer las habitaciones de la familia, donde celebraban tertulias, desayunaban, cenaban y trabajaban, a la entrada de cada estancia hay un panel que informa de su función original, con fotos de la época.

Edificio de la revista 'La España moderna' (izq) y
palacio Lázaro Galdiano (primeros años siglo XX).

Ya fuera del museo, frente al edificio principal, se yergue lo que en su día fue la imprenta y taller de la revista La España moderna, fundada y editada por José Lázaro Galdiano, quien siempre se las ingenió para compaginar sus facetas de intelectual, editor, coleccionista y viajero infatigable. Precisamente, en esos viajes se inició la notable colección de abanicos de Paula Florido que se muestra en el museo Lázaro Galdiano, la mayoría de ellos, regalo de su marido.

El dinero y el impulso de esta intrépida mujer argentina, de sobra adelantada a su tiempo, y los contactos de su cuarto marido, de vocación intelectual y avispado inversor, sirvieron para levantar este museo-palacio madrileño, hoy propiedad del Estado español.