sábado, 21 de julio de 2012

Viaje a Sicilia, la Magna Grecia (I)

(Más sobre Sicilia aquí)

Hay al menos dos islas en la isla de Sicilia. Una, la que vive suspendida en el
tiempo, volcada en su espléndido pasado como colonia griega y romana,
luego musulmana, normanda y española. Y otra, la isla bulliciosa, vitalista
y caótica que se respira en las calles de Palermo, Catania o Agrigento.

Templo dórico de Segesta (Sicilia).
Viajé a Sicilia en agosto de 2002. La mayor isla del Mediterráneo me fascinó: ruinas impresionantes y yacimientos arqueológicos; sol y buenas playas por los cuatro costados; gentes amables; una gastronomía rica en colores y sabores a precios más que razonables; y una industria turística que explota lo local sin caer en la burda especulación. Una isla que contiene el aliento con cada temblor de tierra y mira de reojo al Etna, el volcán activo más grande de Europa.

Cúpulas rojas de San Juan de los Eremitas, en el
centro histórico de Palermo (Sicilia).
   Los invasores árabes y normandos (hasta el siglo XII) convirtieron Palermo en el centro intelectual del sur de Italia, dejando tras de sí un sorprendente legado artístico: la imponente catedral, la Capilla Palatina, las iglesias de La Martorana y San Cataldo. Todos, monumentos singulares y hermosos, remansos de paz en la ciudad algo destartalada que es Palermo. El coche, ni tocarlo, es mejor vagar por las calles laberínticas de trazado árabe-medieval que unen el área comercial con la catedral. Y perderse en la iglesia de San Juan de los Eremitas, cuyas cinco cúpulas árabes de color rojo se alzan desde el siglo XII sobre un romántico claustro.

Catania es la segunda ciudad de la isla y tiene mala fama por los robos.
Yo no vi ninguno, pero los carteles y advertencias son frecuentes, sobre
todo en el casco viejo, que parece estar en perpetuo estado de obras. Los
alrededores de la plaza Bellini están plagados de terrazas ideales para cenar
y tomar una copa en una atmósfera algo decadente.


Hay que advertir que recorrer Sicilia en coche no es tarea fácil ni relajante.
Diremos adiós a la eficacia de las rayas blancas, los ceda el paso y el stop.
Aquí reinan el claxon, los frenazos, las calles de sentido único, la limitación
para coches privados... por no citar la anarquía de peatones y motos. Eso sí,
en una semana se visitan tantos teatros griegos, ágoras, museos y templos
como en la propia Grecia. Por algo la llaman la Magna Grecia.

Teatro griego de Siracusa.
  Siracusa me encantó. Está dividida en dos partes: la Neapolis, con el parque y el museo arqueológicos, donde se incluye la visita a la curiosa gruta llamada Oreja de Dionisio; y la isla de Ortigia, que es el centro histórico. Esta última hay que recorrerla a pie, observando las fachadas, plazas y balcones de sus casas señoriales. La fuente Aretusa, que mana agua dulce a unos pasos del mar, es muy curiosa. En Siracusa me comí unos deliciosos espaguetis en una taberna de y para siracusanos, donde no hablaban más que su dialecto, la comida se escogía señalando con el dedo y no había aire acondicionado. Buenísimos.


  Tenía muchas ganas de ver Taormina, pero me defraudó un poco por su aire
a lo Saint-Tropez venido a menos y masificado. Eso sí, es una visita
imprescindible por su espléndido teatro grecorromano, elevado y con un
panorama sobre el mar que quita el aliento. El corso Umberto cruza la ciudad y está lleno de comercios y cafés, cerca de la plaza 9 de Abril.


Ragusa es una ciudad repleta de palacios, hoteles y restaurantes cuyas fachadas srivalizan en adornos barrocos. La ciudad vieja está encaramada en un monte donde no suben los coches, y es el sitio ideal para dejarse caer al atardecer y cenar al aire libre. Si está abierto, conviene ver el jardín Ibleo, que encierra tres iglesias encantadoras.


Caminando entre columnas de uno
de los templos en Agrigento.
   Agrigento es destino fijo en todo viaje a Sicilia. Los autobuses cargados de turistas vienen y van al Valle de los Templos, a pocos kilómetros de la ciudad. Hay que llevar agua, crema solar, sombrero y buen calzado, ya que la visita es larga y a pleno sol. Mi compañero de fatigas y yo pasamos dos noches en Arigento, y no nos arrepentimos, pues al atardecer la ciudad bulle, con gente comunicativa y alegre abarrotando terrazas y cafés. La vía Atenea, larga y tortuosa, recorre el centro, donde hay que ver la iglesia de Santa María de los Griegos, erigida sobre un templo dórico del siglo V a.C.

De vuelta hacia Palermo para coger el avión a Roma (en la capital italiana iniciamos la segunda parte de este viaje, que relataré otro día) paramos en Segesta. Es un yacimiento arqueológico aún abierto, consagrado al impresionante y solitario templo dórico que domina las colinas que bajan al golfo de Castellammare. Cuesta imaginar que un monumento tan hermoso haya acabado tan solo tantos siglos después.