sábado, 16 de junio de 2012

Londres de ida y vuelta (I): De la Tate al Soho

Viajar es mi Prozac, más caro pero igual de adictivo, y por eso cada vez que junto unos pocos días me lanzo a la carretera o al avión. Mi última escapada ha sido a Londres, ciudad que llegué a conocer bien hace año y medio, durante mi época de estudiante de inglés.

Tate Modern, con el Támesis a sus pies.
El sábado, nada más aterrizar con mi compañero de fatigas en Heathrow y descargar la maleta en el hotel Tavistock, la primera parada fue la cafetería de la Tate Modern, para saborear una cerveza mirando el río, el puente del Milenio y la cúpula de Saint Paul. Encontré la Tate algo desabrida, en comparación con mis anteriores visitas, y me sorprendió bastante que no hubiera largas filas ni esperas para ver la exposición del siempre polémico Damien Hirst. También la sobriedad de la figura del torso humano, sin piel y con los músculos al descubierto, que recibe a los visitantes nada más cruzar el puente de Norman Foster.
Ye Olde Mitre, cerca de Holborn Circus.
Segunda parada de la mañana: Ye Olde Mitre, uno de esos pubs con solera, construido en 1547, demolido en 1772 y vuelto a levantar a los pocos años. Incrustado en un pasaje estrecho que da a dos calles, es uno de los más antiguos de Londres, famoso por su variedad de ales, con paneles de madera en las paredes y cacharros decorando todo el local. Tenía un buen recuerdo de ese pub, y con el recuerdo me tuve que conformar, porque estaba cerrado por ser sábado.
Tras coger el autobús, por aquello de ahorrar sufrimiento a los pies y rentabilizar las 25 libras gastadas en la Oyster, llegué a la bulliciosa arteria urbana de Charing Cross.

'Singin in the rain', el musical de moda en Londres.
Esta calle es siempre una buena idea: curiosear por las librerías, sortear el tráfico de motos y autobuses, imbuirse del incesante ir y venir de londinenses y turistas, dejarse seducir por el reclamo de las obras de teatro y musicales. El de moda estos días, Singin in the rain, que hizo famoso Gene Kelly.

Después de comer en un pub de Leicester Square un tradicional fish and chips, espié un rato los preparativos para el estreno, al día siguiente, de la película de Tom Cruise Rock of ages. Me encanta el ambiente de esta plaza, su condición de centro del mundo, y es que casi todo acto en Londres que se precie, tiene lugar aquí. De hecho, las vallas para formar filas de gente disciplinada y acotar escenarios están siempre apiladas allí.
'Le Entombment' de Miguel Ángel.
Por la tarde, breve visita a la National Gallery para admirar de nuevo La Virgen de las Rocas, de Leonardo da Vinci, la obra maestra inacabada La inhumación (Le Entombment) de Miguel Ángel, o Los bañistas, de Paul Cézanne. Disponía de poco tiempo, pero no puede resistirme a tomar un latte y una tarta de zanahoria en la cafetería del museo.

Había quedado con mi amigo Álex en Covent Garden, en la esquina de la megatienda de Apple. Hacía una tarde estupenda, soleada y cálida, y las terrazas estaban repletas de gente, por lo que tuvimos que entrar a uno de los pubs, ¡y aun así estaba hasta la bandera! De mis primeros días en Londres, en junio de 2010, recuerdo lo mucho que me costó acostumbrarme a cenar a las seis de la tarde, pero el sábado pasado lo sentía reconfortantemente familiar.

Mercado de Smithfield visto desde el restaurante Smiths.
Después de despedirme de Álex, apenas tuve tiempo de ir al hotel a cambiarme para la cena, que mi compañero de fatigas y yo habíamos reservado en Smiths of Smithfield, un edificio de tres pisos con un restaurante por planta, cada uno de distinto ambiente y especialidad. Elegimos el de la terraza, con vistas al mercado de Smithfield y sobre los tejados de la ciudad. Anochecía cuando empezamos a cenar y era noche cerrada cuando descendimos a la calle. A esas horas, un portero dirigía el tráfico y decidía quiénes entraban y quiénes no de entre las decenas de jóvenes que aguardaban su turno.

Sábado noche en el Soho de Londres.
Volvimos hacia el hotel dando un rodeo por el Soho. El sábado noche en el barrio más cool y moderno de Londres, de aplastante predominio gay, no se diferencia mucho de Chueca o Fuencarral en Madrid. Si acaso, en el acento y en las banderas multicolores, sobre todo en Brewer Street, donde el arcoíris se mezclaba con las cruces rojas sobre fondo azul de la insignia británica. Y es que hacía pocos días que se había celebrado el Jubileo por los 60 años de reinado de Isabel II, y todo Londres era una fiesta.