domingo, 13 de mayo de 2012

Platillos volantes en el cielo de Piero della Francesca

Leo a ratos perdidos Un bárbaro en el jardín, el muy sabio e instructivo libro de ensayos de Zbigniew Herbert (1924-1998), que me conduce por las tierras de Europa y su historia, a través del arte y la cultura que arranca en las pinturas rupestres de Lascaux. Viajando en el tiempo con Herbert, esta tarde me he topado con el pintor del Quattrocento italiano Piero della Francesca.

Nacido en la Umbría italiana en 1415, murió el 12 de octubre de 1492. No llegó a saber del descubrimiento del Nuevo Mundo por Cristóbal Colón; él, que había pasado más de 60 años pintando lienzos y decorando paredes, convirtiéndose en uno de los primeros nombres del Renacimiento.
'El bautismo de Cristo' (Della Francesca)
Dos de las obras más famosas de Piero della Francesca están en la National Gallery de Londres, donde pude contemplarlas muchas veces durante los seis meses que pasé estudiando inglés en 2010. Siempre me sorprendió lo diferentes que eran La Natividad, uno de los últimos cuadros que pintó antes de quedar ciego, y El Bautismo de Cristo, de los primeros. Los dos me desconciertan. La Natividad, por detalles como san José, sentado de espaldas, ajeno a tanta adoración. Además, hay algo de tosco en el buey, el asno y los pastores. Sólo la Virgen brilla y, aun así, es como si fuera protagonista a su pesar. En cambio, en El Bautismo, los recios cuerpos contrastan con la levedad del paisaje, con esas hojas en el plano superior que apuntan eternidad. Y ya que miramos al cielo, ahí están las nubes peculiares que pintaba Della Francesca: en forma de platillos volantes.

'La flagelación' (Piero della Francesca).
Esas nubes-ovnis están también en La flagelación de Cristo, que los críticos dicen es su obra más hermética, con esas tres formas perfectas en primer plano, que enfatizan el castigo, y la carga simbólica de quienes infligen y asisten a los latigazos.

'San Jerónimo' (detalle).

También hay platillos volantes en el cielo de San Jerónimo, así como en La muerte de Adán, que aunque presentan signos de evidente deterioro, son obras maestras de la perspectiva y la geometría, además de ejemplos muy válidos para analizar la concepción humanista del artista.
Es curioso cómo, en su época, Piero della Francesca fue muy reconocido y, en cambio, su estrella se fue apagando con el paso de los siglos, mientras crecía y se agigantaba el aura de otros pintores renacentistas, como Leonardo da Vinci, Miguel Ángel o Rafael. 
'La muerte de Adán' (detalle).
El redescubrimiento del artista no llegaría hasta el siglo XX, gracias a la labor de años de estudiosos y escritores, como Stendhal. Y es que, como dijo André Malraux, hay que felicitarse porque el siglo XX hizo justicia a cuatro artistas: El Greco, Georges de la Tour, Vermeer y el propio Della Francesca.
'Duques de Urbino', en los Uffizi (Florencia).
No hay objetos voladores -identificados o no- en otra pieza clave de este pintor, el Retrato de los duques de Urbino, pero sí mucho en qué fijarse, en especial en el perfil de Federico de Montefeltro, amigo y mecenas. O en la extrema palidez de la duquesa, debido a que, cuando Piero la pintó, ya estaba... ¡muerta!. Respecto al duque, jamás se dejó retratar más que del lado izquierdo, pues perdió el ojo derecho en una de sus campañas y le quedó una gran cicatriz. El óleo está en los Uffizi.
En los alrededores de Florencia hay varios pueblos y ciudades ligados a la vida y obra de Della Francesca, entre ellos, Arezzo, Peruggia y Monterchi. En este último, en una capilla pequeña, guardan el fresco en lienzo La Madonna del Parto, una curiosa matrona a la italiana, generosa en carnes y con la mano apoyada en la redondez de su vientre encinta. Y es que Della Francesca, además de nubes de formas curiosas, pintaba con todo lujo de detalles y su obra sorprende más de quinientos años después.