miércoles, 30 de mayo de 2012

Maniquíes en los balcones de La Latina

Según el diccionario de la RAE, un maniquí es “una figura movible que puede ser colocada en diversas actitudes. Tiene varios usos, y en el arte de la pintura sirve especialmente para el estudio de los ropajes”. También un “armazón en figura de cuerpo humano usado para probar, arreglar o exhibir prendas de ropa”. Y la “persona encargada de exhibir modelos de ropa”.

Pareja de maniquíes en la plaza de Tirso de Molina.
Lo que no aclara el diccionario son los variados usos que sus dueños pueden dar a esos maniquíes casi siempre inertes. En el barrio de La Latina, en Madrid, se ha puesto de moda colocar maniquíes en los balcones. El porqué es un misterio, un hábito extravagante y hasta adictivo¿Efecto estético, falta de sitio en el trastero, señal para compradores compulsivos en busca de escondidos show-rooms piratas?

Mujer asomada al balcón en la calle Lucientes.
Lo cierto es que hay maniquíes para todos los gustos, como la desnuda pareja de piel encarnada y cabezas rapadas, que se exhibe impúdica en un balcón de la plaza de Tirso de Molina (foto superior). Los dos en una postura sensual, los dos rivalizando en lozanía con las flores de los puestos que hay a sus pies. Mejor descubrirlos así que verlos solos, de pie, a la espera, con la cabeza cubierta y vestimenta demodé, como la señorita que aguarda en la calle Lucientes.

Maniquí femenino frente al mercado San Miguel.
Otra solitaria chica a un balcón asomada, pero bastante más moderna que la anterior, se halla frente al muy turístico y excesivamente transitado Mercado de San Miguel, en un edifico de fachada austera, que tiene en el hierro de la reja la seña distintiva de este barrio antiguo y estrecho, lleno de curiosos recovecos.

David de Miguel Ángel (Florencia).

Aunque, para maniquíes, el David de Miguel Ángel, nacido entre 1501 y 1504 de un bloque de mármol al que otros escultores no supieron dar vida. Esta escultura representa como pocas el ideal del arte renacentista, a la vez que simboliza el poder y la sociedad de la Florencia del siglo XVI. La belleza inigualable de este David bíblico, sus proporciones perfectas, han hecho del David un icono estético que hoy, como hace 500 años, deja sin aliento.