domingo, 8 de abril de 2012

'Cristo resucitado' de Bramantino: dolor y desolación

'Cristo resucitado' (Bramantino, 1490).
Hoy es Domingo de Resurrección, el día en que, según los evangelios canónicos, se celebra la resurrección de Jesús de Nazaret, al tercer día de haber sido crucificado. El arte y la literatura, por supuesto, han tratado este tema desde hace más de 2.000 años. Y yo, que siento el arte como una estrecha pasarela entre el mundo de lo humano y lo divino, como una brecha de lo intangible empapada en carnalidad, lo siento aún más cuando contemplo obras como este Cristo resucitado, que forma parte de la colección permanente del museo Thyssen Bornemisza de Madrid, y es uno de los cuadros más inquietantes que conozco. Su autor, el pintor y arquitecto italiano Bramantino (1465-1530), nos legó uno de los Cristos resucitados menos triunfantes de la muerte que se puedan encontrar; un Cristo con heridas en las manos y en la cara, aunque en su cuerpo no hay sangre ni señales de violencia.

'Cristo resucitado', detalle de rostro y Luna.

Bramantino usó todos sus recursos para acentuar el sufrimiento del personaje, que mira al espectador de frente, en un primer plano de medio cuerpo, con los ojos enrojecidos y una palidez mortecina. Su expresión lívida y su rostro agónico sugieren que también tiene el alma herida, quizá por un rejonazo de dolor del que ha sido testigo la Luna, que baña con su luz fría y plateada el cuerpo del resucitado.

Detalle de barca y Luna.
Una Luna que Bramantino ya pintó en 1490 con sus características manchas oscuras, tan apreciables hoy, como entonces, a simple vista en nuestro satélite. Claro, que en los siglos XV o XVI no se sabía que las zonas claras son cráteres formados por meteoritos, y que las más oscuras -bautizadas en el siglo XVII como mares- son grandes planicies que reflejan menos la luz solar. Cuando Bramantino pintó esa Luna, y aun siglos después, la mitología popular atribuía esas manchas a la figura de un hombre que había sido engullido por la Luna mientras arrastraba por la Tierra un haz de leña.

Como quiera que sea, Cristo y Luna están solos en un entorno pétreo y ruinoso, que se abre por la izquierda a un paisaje inquietante, en el que algunos críticos dicen ver la sepultura del huerto de Getsemaní. Los únicos que rompen el aislamiento de la escena son los dos hombres del fondo, que navegan en una barca que transporta dos tiendas de campaña. Una barca cuyo significado apunta al mito griego de Caronte, encargado por los dioses de cruzar al más allá las almas de los recién fallecidos.

'La resurrección' (Mantegna, 1459).

La estremecedora singularidad de este Cristo de Bramantino, tan lejos de los cánones de su época, se aprecia mejor a la luz de otras obras próximas en el tiempo, como esta Resurrección de 1459, de mi admirado Andrea Mantegna. El Cristo que el mantuano hace salir de la tumba brilla con el poder de la vida -humana y divina- sobre la muerte y da prueba fehaciente de una verdad incontestable. El Cristo de Bramantino, en cambio, desasosiega y perturba, tanto si nos asomamos al abismo de tristeza que hay en sus ojos de aparecido, como si tratamos de escrutar la impasible Luna.

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