sábado, 24 de marzo de 2012

Mis rincones griegos (III): Rodas, la isla del Coloso

(A Santorini y Mikonos por aquí) 

Una inoportuna caída me tiene con el brazo en cabestrillo, lo que me lleva a experimentar los sinsabores de una cotidianeidad asistida que sufren toda su vida millones de personas. El simple hecho de escribir es una tarea titánica cuando se tienen hábiles solo la mitad de los dedos y, encima, faltan los buenos. Por eso, un ramillete de besos para mi secretario-asistente vital, que hace posible que este blog no se pare, ni siquiera cuando no soy capaz de teclear. Y ahora, ¡a seguir viajando por Grecia!

Entrada a la ciudad vieja amurallada de Rodas
Rodas es la isla griega más alejada del continente, es ventosa, árida y de costas peladas, pero lo que le falta de vegetación le sobra de historia. Es la cuna del legendario Coloso de Rodas, una de las siete Maravillas de la Antigüedad, y también la patria de los Caballeros Cruzados de la Orden de San Juan. La capital de la isla, llamada también Rodas, conserva una de las ciudades medievales amuralladas mejor preservadas, con sus calles, estrechas y laberínticas, pavimentadas como antaño, por lo que conviene llevar un zapato a prueba de guijarros. Yo no lo hice, y ya el primer día tuve que comprarme unos tenis floreados que aún conservo.

León guardián del Hospital de Rodas (siglo I a.C.)
Caminar por el casco antiguo de Rodas es una experiencia a la vez grata e irritante, por la gran cantidad de turistas que suele haber, sobre todo a las horas de desembarque de cruceros. Con todo, hay visitas imprescindibles, como el Hospital de los Caballeros Hospitalarios, hoy Museo Arqueológico, que cuenta la historia de la isla y es en sí mismo un edificio gótico admirable, con su larga escalera y su león guardián. Hay que reservar tiempo para pasear por la calle de los Caballeros, con suelo de guijarros y rodeada de edificios góticos. Al final de la calle se alza el palacio de los Grandes Maestres, del siglo XIV, más fortaleza que palacio, adornado con ricos mosaicos de Kos.

Fuente y plaza de la Castellanía en la vieja Rodas.
Un recorrido a pie por el barrio turco, con sus minaretes, sus baños públicos, sus tiendas y mezquitas, recuerdan al visitante que Rodas es la puerta de Oriente y que durante siglos perteneció al Imperio Otomano. Otro punto con mucho encanto en la ciudad vieja es la plaza de la Castellanía, con su mezcla de estilos: una fuente gótica en el centro, una pequeña mezquita  y una serie de casas turcas con galerías de madera. Y, por supuesto, el palacio de la Castellanía, construido en 1503, con su escalinata exterior y sus elegantes bóvedas, arcadas y escudos de mármol.    

El Coloso de Rodas (Martin Heemskerck, 1498-1574).
¿Y qué hay del Coloso de Rodas? Durante siglos, se dio por buena la leyenda de que el Coloso era una estatua gigantesca del dios Helios, que franqueaba la entrada al puerto, con una pierna apoyada en cada parte del muelle y con los barcos pasando bajo sus muslos abiertos. Sin embargo, poco se sabe de esta escultura. Según Plinio el Viejo, “medía 70 codos de altura. Después de 66 años un terremoto la postró, pero incluso yacente es un milagro. Pocos el pulgar pueden abarcar con los brazos (…) Doce años tardaron en terminarla y costó 300 talentos, que se consiguieron de las máquinas de guerra abandonadas por el rey Demetrio en el asedio de Rodas”. Por Plinio conocemos que el Coloso estaba hecho con placas de bronce sobre un armazón de hierro, medía 32 metros y pesaba 70 toneladas. Pero Plinio no concreta dónde se alzaba la estatua, tan sólo que, erigida en 292 a.C, la destruyó un terremoto en 226 a.C. Como quiera que sea, el Coloso ha inspirado a artistas durante cientos de años. Una de sus imágenes más reproducidas es la del grabador holandés Martin Heemskerck (1498-1574).       

Fortaleza de Lindos, al sur de Rodas
En la isla de Rodas, a unos 50 kilómetros de la capital, está el pueblo de Lindos, al que se puede llegar en barco o en autobús. La principal atracción es la fortaleza que se yergue en la cima de la colina, a la que se sube por un estrecho y empinado sendero, bordeando tapias encaladas donde se aposentan numerosos vendedores de encajes, abanicos y recuerdos más o menos horteras.

Al llegar a lo alto del monte, lo primero que llama la atención es lo bien que se conservan los vestigios de las dos civilizaciones que han moldeado Lindos: la acrópolis griega y el castillo de los Caballeros.


Cala a los pies de la acrópolis de Lindos.

Desde el yacimiento hay unas vistas increíbles sobre una cala en la que es una delicia bañarse y donde se come barato al borde de un mar limpio, cristalino... ¡y azul!. Un poco más lejos, se divisan los grandes acantilados donde se rodó la película Los cañones de Navarone.

Otra excursión que se puede realizar desde Rodas capital, tiene por destino la vecina isla de Simi, pegada a la costa turca, con una parada intermedia en el pintoresco monasterio ortodoxo de Panormitis.


Casas de Simi, estilo neoclásico italiano.
En Simi, la arquitectura es neoclásica a la italiana y las casas se desperezan por la ladera del monte hasta precipitarse al mar. Es curioso el contraste entre las fachadas de tonos pastel supercuidadas y las viejas viviendas en ruinas. En verano hace un calor asfixiante y a la orilla del mar y cerca de las fuentes abundan los tábanos y abejas. El camarero de la taberna donde comimos nos mostró un remedio infalible para ahuyentar a los bichos voladores: un cuenco cubierto de papel de plata, con clavos de olor y alguna sustancia ardiendo en su interior. ¡Lástima que el señor no hablara ni palabra de inglés, ni nosotros de griego, y no pudiéramos saber qué llevaba!

1 comentario:

  1. Me ha gustado tu entrada y como logras plasmar el ambiente de la isla. Saludos

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