domingo, 11 de marzo de 2012

Madame Sévigné: cartas a su hija la condesa de Grignan

Apartamentos de Sévigné en el Carnavalet.

En mi último viaje a París, reservé una mañana para visitar el Museo Carnavalet, en el barrio del Marais y a unos pasos de la plaza de los Vosgos. Hacía muchos años que no deambulaba por este elegante palacete del siglo XVII, convertido en museo de la historia de la ciudad de París. En los dos edificios anexos que hoy forman el museo se viaja de la prehistoria al siglo XX, pasando por los reinados de Luis XIV, Luis XV y Luis XVI, y la tempestuosa impronta de la Revolución Francesa.


Mme. Sévigné, escritora aristócrata del XVII.

Pero mi principal interés era visitar los apartamentos de Madame de Sévigné, la más ilustre habitante de este palacio, en el que vivió de 1677 a 1696, el año de su muerte. La marquesa de Sévigné, de soltera Marie de Rabutin-Chantal, había nacido en París en 1626, de familia noble. A los 18 años se casó con Henri de Sévigné, con quién tendría a su hija Françoise-Marguerite y a su hijo Charles. Al morir su marido -en duelo por una mujer-, Madame de Sévigné tenía 25 años y era una mujer inteligente, amiga de Madame de la Fayette y de Madame de Maintenon. Frecuentaba la corte y las gentes de letras, era una gran anfitriona y se movía en los salones como pez en el agua. Muy independiente y adelantada a su tiempo, rehusó tomar otro marido y, tras casar a su hija, se dedicó a escribir cartas, elevando el género epistolar al nivel de obra maestra.

Condesa de Grignan, en el Carnavalet.
Las cartas de Madame de Sévigné a su hija Françoise-Marguerite, condesa de Grignan, figuran entre las cumbres del siglo XVII francés. Su pluma es preciosista cuando recrea la vida cortesana, con su relato de cotilleos de la época de Luis XIV. De ella, Voltaire dijo que era la primera persona en su siglo “en cuanto al estilo epistolar”. Autores posteriores, como Proust o Saint Beuve, ensancharon la fama de la marquesa, relegando su faceta más frívola y resaltando sus inquietudes religiosas o afectivas. Las casi mil cartas que Madame de Sévigné escribió a su hija supuran un cariño abrumador, el de la madre obligada a separarse de la persona que más ama. Ella jamás pensó en publicar sus cartas, que sólo verían la luz tras su muerte, en 1696. La primera misiva es de febrero de 1671, justo tras la partida de la condesa de Grignan al castillo de su marido en la Provenza.

La condesa de Grignan (detalle), retrato de Pierre Mignard.
¿Cómo vivió la hija, Françoise-Marguerite, condesa de Grignan (1648-1705), el amor desbordado de su famosa madre? Al parecer, la joven condesa no poseía el encanto de su progenitora, pero era educada y muy bella, hasta el punto de que el mismo La Fontaine le dedicó un poema en el que sugería que era digna de un rey. Logró casarse con el conde de Grignan, convirtiéndose en su tercera esposa, con lo que ganó un apellido noble, aunque el conde tenía numerosas deudas y ella tuvo que ocuparse de sus dos hijastras. La hija de Madame de Sévigné fue a su vez madre de seis hijos, de los que sólo tres sobrevivieron. Alejada de París y de su sobreprotectora madre, recluida en su castillo de la Provenza, la salud de la condesa nunca fue buena. Murió en 1705, a los 59 años.

Este retrato, pintado por Pierre Mignard (1612-1695) con motivo de la boda de la condesa, cuelga en la sala 21 del Museo Carnavalet de París, junto a otros dos retratos de su madre, en los apartamentos que ilustran la historia del Gran Siglo francés. Hoy, como seguramente ayer, los ojos azules de la joven, su rostro ovalado, sus rizos a la moda y sus labios carmesí cautivan al espectador con el brillo de lo fugaz y la belleza de lo efímero. Quedan, eso sí, las cartas de y a su madre, Madame de Sévigné, como testimonio de sus vidas azarosas y a la vez ejemplares de un siglo tan distante en el tiempo como intrincado para las mujeres que aspiraban a ser algo más que madres y esposas.

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