domingo, 5 de febrero de 2012

Retorno al Hermitage... y otra falsa Gioconda

Este fin de semana, ha llegado a Madrid la ola de frío siberiano que azota Europa. Un frío que, sinceramente, ya se echaba de menos en este cálido invierno capitalino, tan distinto, por ejemplo, del que disfrutan en San Petersburgo, la ciudad rusa cuna del museo Hermitage. Viene todo esto a cuento de que, con tan baja temperatura, siempre me entra el gusanillo de irme de museos, y esta vez me acerqué al Prado a revisitar la muestra de los tesoros imperiales del Hermitage.
S.Sebastián (Tiziano)

Era la segunda vez que veía esta exposición, así que dediqué tiempo a las pinturas que más me gustan. Y, aunque creo a pies juntillas que, para gustos, colores, me apetece contar algunas curiosidades de mis tesoros, mi personal selección de ese trocito del Hermitage, que hasta el 25 de marzo estará en el Prado. Me fascina, por ejemplo, el óleo San Sebastián (1576) de Tiziano, que rivaliza en belleza con el San Sebastián de Mantegna (en el Louvre).

S. Sebastián (José de Ribera)
En la exposición del Prado hay otro cuadro del famoso santo: San Sebastián curado por las mujeres, de José de Ribera. Aunque prefiero el Tiziano, por su figura etérea como de otro mundo, me conmueve el sufrimiento que pinta Ribera. Más hombre que santo, con el cuerpo lleno de heridas y supurando dolor, la obra de Ribera es de influencia caravaggiesca.


Tañedor de Laúd (Caravaggio)
En la pared del Tiziano, hay otro cuadro que atrae las miradas en la sala 4: San Pedro y San Pablo (1587-92), de El Greco, justo antes de que el ojo se pose, maravillado, en el Tañedor de Laúd (1595-96) de Caravaggio. Más allá de la dulce belleza del chico, de la pose delicada de sus manos, del fragor de sus ropas y del detalle de sus rizos castaños y de la partitura, me asombra la maestría del artista para dar la vida a las naturalezas muertas. Los lirios blancos y los higos negros me parecen prodigiosos.
Moisés (Ph.de Champaigne)
Muy distintos son el pintor Philippe de Champaigne y su Moisés con las Tablas de la Ley (1648), que tiene la particularidad de reproducir los Diez Mandamientos, con el texto en francés: a la izquierda los que hablan de Dios, y a la derecha los relativos al prójimo. Champaigne, pintor belga del siglo XVII, murió en Francia, donde trabajó a las órdenes de María de Medicis, Luis XIII y el cardenal Richelieu -el perverso intrigante de Los Tres Mosqueteros-, a quienes retrató en numerosas ocasiones.
Mona Lisa (Ph. Champaigne)
Los cuadros más famosos de Champaigne están en el museo del Louvre de París y en Versalles, pero hay uno muy especial, del que pocos han oído hablar, y que se exhibe en la Galería Nacional de Oslo (Noruega). Se trata de una réplica de la Mona Lisa, perfectamente documentada, que el artista pintó, sin que se sepa a ciencia cierta por qué o para quién. Otra imitación en ese mar de falsas Mona Lisa en el que reina la Gioconda del Prado, una copia realizada por el discípulo de Leonardo da Vinci, al mismo tiempo que el maestro daba vida a la original. 
Amanecer (C. D. Friedrich)
Siguiendo la senda cronológica, otra de mis obras favoritas de la muestra es de Caspar D. Friedrich, Amanecer en las montañas (1823), con una visión subjetiva de la naturaleza en la que las montañas se encadenan y hacen pensar en un mundo infinito y eterno. A su lado, y también de Friedrich, La salida de la luna (1835-40), con dos sombras que contemplan el mar y la luna imbuidos en sus anacrónicas ropas medievales alemanas.

Beso de la esfinge (F.V. Stuck)
El pintor simbolista alemán Franz von Stuck está presente en la exposición con El beso de la esfinge (1895). Un tema recurrente en este artista: la esfinge y la atracción nefasta que ejercía sobre los hombres, a los que sometía y aniquilaba. En esta obra se aprecia uno de los temas claves de la obra de Von Stuck: el tratamiento erótico y humorístico de los temas mitológicos. Este cuadro es un viejo conocido de las exposiciones madrileñas, ya que formó parte de la muestra Las lágrimas de Eros (Thyssen-Caja Madrid).

Composición VI (Kandinsky)
Y, por último, de Vasily Kandinsky, destaco Composición VI (1912), un cuadro de grandes dimensiones, pintado en 1912 como manifiesto del arte abstracto. Me gustan su abigarrado colorido y sus trazos enérgicos, aunque sea incapaz de identificar la escena del Diluvio Universal que -dicen los críticos- toma como referencia.
Cuadrado negro (K. Malévich)
Eso sí, el óleo que cierra la exposición, el Cuadrado negro de Kasimir Malévich, me sigue pareciendo una tomadura de pelo ahora que lo he visto al natural y no en un manual de Historia del Arte.

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