miércoles, 23 de noviembre de 2011

Trampantojos centenarios

Para esconder algo, nada mejor que dejarlo a la vista de todos. Es un truco que me funcionaba cuando era pequeña y que debí leer en una de las historias de Los Cinco, de Enyd Blyton. Por entonces no sabía que el arte de la ocultación tenía raíces profundas y que muchos pintores y arquitectos lo habían usado desde la Antigüedad para hacernos llegar sus mensajes.

Perfil del diablo en un fresco de Giotto.
Hace unas semanas, emergió a la luz el rostro del diablo, que Giotto pintó enmascarado entre las nubes, en un fresco de la basílica de San Francisco, en la ciudad de Asís. Fue la historiadora del arte Chiara Frugoni quien desveló este rostro de perfil, con nariz prominente y rictus diabólico, en un fresco que representa un asunto tan serio como la muerte de San Francisco. Tanto la pintura mural -del siglo XIII- como su autor -uno de los mejores artistas del primitivo Renacimiento- se prestan a pocas bromas. Entonces, ¿por qué pintaría Giotto ese retrato del diablo, escondido entre las nubes de una escena de la muerte de un santo? ¿Tiene algún significado oculto, es una simple travesura que el artista se permitió, o lo hizo por venganza contra un rival? Nunca lo sabremos.

Jinete entre las nubes.





Lo que sí conocemos es que, con este descubrimiento, Giotto le arrebata el puesto a otro artista italiano, Andrea Mantegna, que hasta ahora pasaba por ser el primer pintor que usó las nubes para esconder un retrato, que poco o nada tenía que ver con la escena principal que el cuadro representaba.




San Sebastián (Mantegna)

Mantegna, sobre el que ya he escrito en este blog, utilizó esta curiosa técnica en el siglo XV, en su obra San Sebastián de Viena (año 1460), en la que el ojo atento del espectador puede ver un misterioso caballero, que cabalga con disimulo entre las nubes blancas del fondo del cuadro.


Tampoco sabemos los motivos que animaron al célebre artista mantuano para pintar esa suerte de distracción de la dramática escena que tiene lugar en primer plano del cuadro: la figura doliente de San Sebastián, atado a la columna y mostrando las flechas que la iglesia católica le atribuye como símbolo de su martirio.

'Ángel Sonriente' (Catedral Reims).

Lo cierto es que ya los constructores de las catedrales románicas y góticas habían usado las columnas, los capiteles, los arquitrabes, las bóvedas, el coro, las vidrieras, etc, para exhibir un curioso universo de motivos florales, trazos geométricos, figuras antropomórficas, gárgolas grotescas y hombres y mujeres ordinarios y santos.

Un rostro bien conocido es el del Ángel Sonriente, que monta guardia en uno de los tres portales de la catedral francesa de Reims (siglo XIII). Mucho se ha especulado sobre su enigmática sonrisa y su falta de formalidad en un edificio tan imponente, pero ahí sigue, siglos después, sin revelar el mensaje que su cincelador nos transmitió.


Astronauta (Catedral Salamanca).
Sí sabemos, en cambio, por qué hay un astronauta en la catedral Nueva de Salamanca. Y  no porque los escultores del Renacimiento intuyeran que el hombre pisaría un día la Luna, sino porque durante su restauración, en 1992, se decidió que las catedrales, en tanto testigos de la Historia de la Humanidad, bien podrían lucir figuras que reflejaran las diferentes épocas de su construcción y restauración. Se eligió el astronauta como símbolo del siglo XX.

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