martes, 12 de abril de 2011

Rincones con encanto en Barcelona

Habitación 330, hotel Rialto: casa natal de Joan Miró. Internet y la diosa Fortuna dan sorpresas como ésta: reservar una habitación doble en un hotel, para una estancia de fin de semana, y encontrarte durmiendo y viendo la televisión en la casa que vio nacer a Joan Miró. Y es que la habitación 330 del céntrico hotel Rialto (calle Ferrán, 42-44), en pleno barrio gótico de Barcelona, está al alcance de cualquier huésped que decida alojarse allí.

Eso lo sé ahora, pero cuando abrí la puerta y me encontré con un gran salón de decoración modernista, una doble puerta que conducía al dormitorio y un pasillo que desembocaba en el amplísimo cuarto de baño, pensé que era un error y telefoneé de inmediato a recepción. Ningún error: la suite Miró se adjudica al libre albedrío, sin coste ni cargo extra. Los dos balcones del salón y el del dormitorio, que se abren al Pasaje del Crédito, peatonal y con varias terrazas, llenan de luz las estancias e iluminan el artesonado y las molduras de los techos, originales aunque restaurados.

Templo de Augusto (Paradís, 10). A dos minutos andando desde la Plaza de San Jaume (como mucho, diez, si nos extraviamos por esas callejuelas), en un patio estrecho que hoy pertenece a la Sociedad Excursionista de Cataluña, pueden verse los restos del templo de Augusto: un templo romano del siglo I d.C. del que solo quedan cuatro columnas en pie. A finales del siglo XIX, los capiteles de esas columnas florecían en el interior de un salón privado, que fue desmantelado años más tarde, junto con todo el primer piso del edificio, para mostrar al público los restos en todo su esplendor. La entrada es gratuita, pero, al tratarse de un edificio privado, no siempre está abierto.

Claustro de la catedral. Trece ocas blancas baten sus plumas y revolotean por el claustro (siglos XIV y XV) de la catedral gótica de Santa Eulalia. Los turistas, por supuesto, las inmortalizan con sus cámaras. Y alrededor de la fuente central, las palmeras y magnolios, varias capillas que sirvieron de panteón a rancias familias de alta alcurnia. En los arcos se pueden ver escenas del Antiguo y Nuevo Testamento, y algunos relieves merecerían una visita aparte. Es la zona más masificada de la catedral, pero la visita es imprescindible.

La Central del Raval. Las librerías son siempre rincones prodigiosos, pero hay algunas, como La Central del Raval, que lo son aún más. Ayer Capilla de la Misericordia y hoy espacio consagrado a las Humanidades, la librería ofrece más de 80.000 títulos en sus 850 metros cuadrados, además de disponer de una cafetería y una sala para exposiciones, coloquios y encuentros. Una buena selección de libros en varias lenguas, de todas las disciplinas, precios y afinidades. Un sitio, sin duda, para vivir los libros.

Vista de los arcos del palacio de los condes de Barcelona.
Patio del museo Frederic Marès. El Café d’estiu despliega sus mesas en un enclave privilegiado: el patio del museo Frederic Marès (cerrado por reforma hasta el 14 de mayo), en el costado mismo de la catedral. En la terraza, sin duda una de las más encantadoras del centro, unas pocas mesas sirven para descansar y tomar algo, o comer a base de ensaladas y tapas, arrullados por la fuente, bajo los naranjos. Las vistas, a los arcos y a la torre del palacio real de los condes de Barcelona, son soberbias.

Terrazas del carrer Pintor Fortuny.  Unos metros de calle muy agradables, frente al número 3 de Pintor Fortuny, con restaurantes y bares de tapas que, al caer la tarde, mudan de piel para servir cócteles y copas a precio medio. El público es joven, también muchos turistas, ya que está en pleno Raval, a dos pasos de las Ramblas. El local más famoso es el bar Lobo, que suele estar siempre lleno, lo que agradecen los negocios que hay al lado.

Can Costa, en la Barceloneta. Can Costa se precia de ser el primer chiringuito de obra que hubo en la Barceloneta, cuando la ley permitía tales construcciones. Setenta años después, y ya fuera de la arena, concretamente, en el número 70 del paseo Juan de Borbón, Can Costa sigue ofreciendo buenos arroces, fideuás y mariscos, aunque no a precio de chiringuito. La terraza es perfecta a todas horas, gracias a los toldos y a la brisa marina, que en ese esquinazo de la playa sopla agradecida.

Casa Delfín, frente al mercado del Born. El Born, epicentro de la Barcelona más cool, fue antaño un mercado de abastos y, por ende, una zona plagada de restaurantes donde comer bien por muy poco dinero. Casa Delfín es de los pocos sitios donde aún es posible despejar (bien) esa ecuación. Tienen terraza en la calle, ruidosa, joven y dicharachera, con un comedor interior cómodo y agradable. Mejillones de roca, pescadito frito, rape, setas, almejas… son una excelente elección.

1 comentario:

  1. Es verdad, yo estuve en Barcelona en abril de 2011, y nos tocó esa habitación la cual también creimos que se trataba de un error, realmente por la historia que representa y te transporta a la época del pintor. Realmente es una experiencia inolvidable y mucho más para mi esposo y yo que cumplíamos 25 años de casados. Muy agradecidos al hotel que nos brindó esa sorpresa. Volveremos en el 2015 si Dios quiere.

    Mónica

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