martes, 19 de abril de 2011

Escápate a... Antequera (I)

La Semana Santa es una ocasión perfecta para visitar Antequera, “la ciudad de las iglesias blancas y gongorinas”, como la definió Gerardo Diego. Pero esta ciudad andaluza y malagueña, donde nació y murió el poeta José Antonio Muñoz Rojas, tiene un patrimonio histórico-artístico que se pierde en la noche de los tiempos, empezando por el paraje natural de El Torcal; pasando por los dólmenes megalíticos de Menga, Viera y El Romeral; y continuando con su herencia romana, árabe, renacentista y barroca. Todo ello, a menos de tres horas de Madrid, gracias al AVE.

Caprichosas formas de piedra en El Torcal.
Entre Antequera y Villanueva de la Concepción, la sierra jurásica de El Torcal es un prodigio de la naturaleza, un monumento a la paciencia del viento y la lluvia, que durante millones de años erosionaron las rocas calcáreas, dando lugar a caprichosas figuras esculpidas en piedra. Recorrer a pie las rutas trazadas en el suelo es internarse en un paisaje onírico, surrealista; algo así como perderse en el País de las Maravillas sin ser Alicia, pero habiendo leído el cuento.

Cueva de Menga.
Ni obra de gigantes ni hogar prehistórico. Los dólmenes de Menga, Viera y El Romeral (entre 2500 y 2000 a.C) forman el conjunto megalítico más importante de Europa y dan fe de que las primeras manifestaciones arquitectónicas del hombre fueron los enterramientos colectivos. Los dólmenes antequeranos, esas impresionantes losas de piedra verticales que sostienen otras horizontales a modo de cubierta, son de enormes dimensiones, están divididos en cámaras y corredores, presentan dinteles y hasta una falsa cúpula. Una maravilla equiparable al Torcal, pero forjada por manos humanas.

Efebo de Antequera.
Los romanos dejaron su huella en Antequera (Antikaria), cuyo núcleo urbano y vega colonizaron y engrandecieron con magníficas villas, la más importante, la de la Estación (siglos I a IV a.C.). En el casco urbano pueden admirarse unas bien conservadas termas a los pies de la Colegiata de Santa María; infinidad de columnas y capiteles con inscripciones conmemorativas; esculturas, ánforas, mosaicos y sarcófagos. Sin olvidar la estatua de bronce del Efebo, del siglo I, símbolo de la ciudad.

Siglos después, y sobre un cerro calizo, los árabes edificarían el castillo de su ciudad (Medina Antaqira), que actuaría como fortaleza militar fronteriza para defender Granada (o conquistarla, según el bando contendiente). Sería el Infante don Fernando, “el de Antequera”, quien ganaría la ciudad para los cristianos, el 16 de septiembre de 1410. Aunque muy restaurado, el castillo que levantaron los árabes aún asombra hoy con su forma de desperezarse por el cerro.


Peña de los Enamorados.
Del siglo XV arranca la leyenda de la Peña de los Enamorados, la versión antequerana de Romeo y Julieta, interpretados, respectivamente, por un joven cristiano preso de los árabes y la hija del jefe musulmán, quienes se enamoran perdidamente. Los jóvenes se dan a la fuga, buscando refugio en la cima de esta peña, donde los sitian y desde donde se arrojan al vacío. La peña tiene forma de cabeza boca arriba, y sería en honor de los amantes desgraciados.

Real Colegiata de Santa María.
Un siglo más tarde, en el XVI, Antequera vive una explosión económica y artística: los Reyes Católicos mandan fundar la Real Colegiata de Santa María, y florecen otros templos renacentistas, como los de San Sebastián, San Juan y San Pedro.

Un boom arquitectónico que se confirmaría imparable en los siglos XVII y XVIII, cuando las órdenes religiosas fueron llenando Antequera de templos manieristas y barrocos, cuya cantidad y calidad sorprenden a propios y extraños.

Palacio de Nájera, hoy Museo Municipal.
Mención aparte merecen las casas solariegas de la nobleza y burguesía andaluzas, que levantaron palacios como el de Nájera (hoy sede del Museo Municipal) y lujosas mansiones como las casas del marqués de la Peña, de la marquesa de las Escalonias, de los Colarte, del marqués de Villadarias o del conde de Pinofiel. Muchas de ellas, parcialmente abiertas a la visita turística, y con sus patios a la entrada, donde no faltan la reja forjada, el pozo, los azulejos y los arcos de piedra rodeados de macetas con flores.

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