viernes, 11 de marzo de 2011

Tsunami en Japón

Anoche estaba yo cómodamente sentada en mi sofá de cuero rojo, viendo en el canal Viajar un reportaje sobre la isla japonesa de Shódoshima, y recordé a mi amiga Mizue y su próxima visita a Barcelona, cuyo itinerario e información básica le proporcioné hace días. Reconozco que Japón nunca me atrajo, hasta que en junio pasado conocí en Londres a esta mujer inteligente y cariñosa, con un amor por Europa desbordante y contagioso.

Mizue fue mi mejor amiga en Londres (allí sigue, trabajando y perfeccionando su inglés), compañera solidaria en la accidentada senda del aprendizaje de ese idioma que dicen no tiene gramática. Empezamos en International House el mismo día, hicimos la prueba de nivel en ordenadores contiguos, y juntas visitamos museos, catedrales, pubs, restaurantes japoneses y un desastroso typical Spanish donde anunciaban una paella que ni en las peores pesadillas de Paellador.

El reportaje de anoche mostraba en Shódoshima muchos rostros sonrientes como el de Mizue, y recordé con nostalgia cómo mi ahora lejana amiga hablaba de su remoto Japón. Me enseñó que sí, en efecto, la imagen que tenemos en Occidente se parece bastante al Japón real, con sus raíces hundidas en la tradición; con su gente civilizada a base de disciplina; con su innato amor por la comida a base de arroz, algas, pescado,  mijo, tallarines de trigo y salsa de soja. Todo eso vi anoche en televisión, hasta una vendedora ambulante que, a sus 98 años, empujaba una carretilla de pescado. El reportero le preguntó si no se cansaba, y ella contestó que sí, que por eso ya solo salía a vender pescado dos días a la semana. Un historiador local llevó al reportero de visita por varios templos, y fue él quien habló de los terremotos y tsunamis, la amenaza natural con la que conviven en Japón como en África con el hambre y las enfermedades.

Esta mañana, las circunstancias nos han llevado a mi portátil y a mí al Starbucks de la calle Alcalá. La suerte me ha acompañado en forma de un cómodo sillón junto al ventanal frente al espléndido edificio de Banesto, así que, mientras bebía mi latte con leche desnatada y canela, he usado el wifi gratuito para surfear la prensa. Y ahí estaban: el terremoto de macabro récord en Japón, los derrumbes, las muertes, el incendio en un reactor nuclear, el tsunami que amenaza a todo el Pacífico. Yo, plácidamente sentada, viendo casi en directo cómo en otro punto del Planeta el agua se tragaba vidas y anegaba mucho de lo construido por los molestos humanos.

Alguna vez me han llamado bruja, aunque no creo que tenga que ver con mis poderes adivinatorios, ni con los presentimientos, que a veces me atraviesan como los fantasmas de pacotilla al protagonista de una película mala. Aun así, si fuera supersticiosa, hoy saldría a buscar gatos negros con los que tropezarme, escaleras bajo las que pasar, saleros para rociarme el hombro y una administración de lotería donde arrasar con los 13.

Como no lo soy, me conformo con desear que este tsunami y los que vengan (si vienen) nos cojan preparados.

Todo mi amor para ti, Mizue, y para ti, Hiro, y para toda la gente buena de vuestro país.

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