sábado, 5 de marzo de 2011

Tarde de libros con Montaigne y Jane Austen

Cuando era una adolescente peleada con el mundo y las espinillas, me gustaban las tardes de lluvia, que solía pasar mirando caer el agua tras los cristales. Envuelta en una inexplicable melancolía, regodeándome en la súbita incomprensión de cuanto tan solo unos años antes tenía por inmutable, no me cansaba de darle al play de mi viejo radiocasete.

 
Serrat y su Balada de otoño me inspiraron más de un poema terrible y un par de relatos tirando a existenciales, que me harían enrojecer si no los hubiera destruido, con buen criterio, hace mucho tiempo.

Esta lluviosa tarde en Madrid la he pasado entre libros, a ratos escuchando viejas canciones de Serrat y a ratos saboreando el silencio, al que tan adicta me vuelvo conforme crezco. Uno de los libros vino conmigo de Londres y el otro ha llegado por obra y gracia de Amazon; los dos regalo de la misma y muy querida persona.

How to live, de Sarah Bakewell, aborda esa pregunta-trampa, que crece y nos explota en el cerebro como burbujas de una infinita pompa de jabón, en cuanto ponemos un pie en la pubertad: “¿cómo vivir?”. Lo novedoso es que la autora se ha ido a buscar la respuesta en el renacentista Michel de Montaigne, inventor del ensayo como género literario e inaudito pensador que a los 38 años se retiró al campo a leer los libros de su biblioteca. De la lectura pasó a la escritura, primero tomando notas de citas de otros, y luego redactando sus experiencias, en primera persona y con total subjetividad.

Hoy pueden parecer obviedades del tamaño de catedrales, pero a mitad del siglo XVI, Montaigne aconsejaba acciones tan inusuales como éstas: “No te preocupes de la muerte”, “Preserva una habitación propia”, “Despierta del adormecimiento de la costumbre”, “Protege tu humanidad”, “Haz bien tu trabajo, pero no demasiado bien”, “Sé común e imperfecto”, “Haz algo que nadie haya hecho antes”. Lo que Montaigne aprendió en su retiro, las enseñanzas que nos legó en sus Ensayos, fue algo tan radicalmente moderno como el gusto de vivir y la curiosidad por lo diferente, que es lo que justifica y redime al ser humano.

Ignoro si Jane Austen leyó a Montaigne o supo siquiera de su existencia, pero en algo lo siguió a pies juntillas: la búsqueda de su propia habitación, su personal espacio para escribir, la humilde mesa de madera sobre la que se inclinó durante años fabricando las vidas imperfectas de sus heroínas de novela. En A portrait of Jane Austen, su autor, lord David Cecil, reconstruye el mundo de Jane Austen, atendiendo tanto a su vida familiar como a sus creencias, costumbres y convenciones, y se vale para ello de cartas, pasajes de sus novelas y recuerdos de quienes la conocieron. La Jane Austen que emerge de este libro es una mujer fuerte, dotada de un inusual encanto; una voz disonante en la rígida época de la Regencia; una escritora irónica e ingeniosa que creó personajes de ficción tan indelebles que la herrumbre del tiempo no ha erosionado.

El libro de David Cecil está profusamente ilustrado con retratos de la familia, grabados de las casas y pueblos donde vivieron, mapas, espacios interiores de Bath e iglesias, los benefactores de entonces y los descendientes Austen que preservaron el legado de Jane. En muchos de esos sitios he estado, así que leer esta tarde sobre ellos me ha liberado de la pereza del torpe aguacero, transportándome a escenarios como Chawton, Bath, Londres o Southampton, tras los pasos de una mujer que (igual que hiciera Montaigne siglos antes) “despertó del adormecimiento de la costumbre”, preservando su humanidad.

No parece mal legado.

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