lunes, 21 de marzo de 2011

Grafitis y trampantojos: arte callejero

La pulsión del ser humano a cubrir con pinturas el plano vacío de las paredes se pierde en el alba de los tiempos. Ya lo hicieron los prehistóricos pobladores de Altamira y Lascaux, al llenar sus cuevas con cazadores, animales de vivos colores y dibujos geométricos. Las vacas rojas, toros negros, ciervos, caballos, pájaros, hombres con lanzas y hasta unicornios, que aquellos hombres pintaron hace 15.000 años, iluminan una era tan enigmática como fascinante.

Hace unos 10.000 años, en el desierto jordano de Wadi Rum, otros seres humanos dejaron su huella artística en la piedra. Y, con el correr de los milenios, ya fuera en Egipto, Grecia y Roma; en las pirámides precolombinas de Suramérica; en las iglesias y castillos de la Europa medieval; en los palacios renacentistas… los dibujos y pinturas siguieron cubriendo los muros de arte y belleza.

Los trampantojos son una expresión moderna y urbana en la evolución natural de la pintura mural. En el centro de Madrid, en el barrio de La Latina, hay tres edificios cubiertos parcialmente con motivos florales y arquitectónicos, todo un despliegue de imaginación pictórica que asombra a propios y extraños.

El más grande y completo se alza en la medieval plaza de los Carros, junto a la imponente iglesia de San Andrés y la siempre abigarrada zona de tabernas de la Cava Baja .

A corta distancia de allí, en la asimétrica, recoleta y casi siempre soleada plaza de Puerta Cerrada, hay otros dos curiosos ejemplos de trampantojo, cuya singularidad se aprecia mejor alzando la vista en un día claro de cielo azul.

Puerta Cerrada/Cava Baja.
Cada uno tiene su propio estilo y forma, pero son idénticos en su función: engañar al ojo humano creando la ilusión de una tela pintada, un bodegón al aire libre, un fresco o un mural comercial. Sin olvidar, por supuesto, cubrir y adornar amplias secciones de muros que, sin estos trampantojos, lucirían bastante peor.


Los grafitis tienen una carga extra de protesta y reivindicación, normalmente asociados a artistas jóvenes de tono subversivo. Ciudades como Londres, Nueva York o Berlín están plagadas de este tipo de obras callejeras que, a menudo, como en el caso de este grafiti en Notting Hill (Londres), embellecen feas tapias o fachadas.

Los detractores de los grafitis (que son muchos) argumentan que de arte no tienen nada, que no hacen más que ensuciar calles y edificios, que proclaman el mal gusto y que, para más inri, cuesta más quitarlos de lo que al autor le costó pintarlos. Una compañera de inglés en Londres pensó exactamente eso cuando, juntas, vimos estos intrincados trazos en los baños de chicas de Candem Market. En cambio, yo veo en esa amalgama de figuras, unicornio, niños, fantasmitas y ángel alado, una curiosa expresión de espíritu combativo y radical.

No todos los grafitis son como los de Banski, ni disparan su tremenda andanada de crítica social, ni despliegan ufanos su irreverente y corrosivo sentido del humor. Quizá no todos, o pocos, o casi ningún grafiti, perdure lo bastante como para ser considerado arte o entrar en un museo, pero la Historia está llena de artistas incomprendidos que, de haberla, podrían pasarse la eternidad riéndose del mal juicio de sus críticos.

2 comentarios:

  1. Genial el artículo. Quizás os interese conocer el proyecto que acabamos de poner en marcha en nuestro blog. Consiste en la generación de un archivo visual de intervenciones artísticas efímeras sobre muro.
    Os dejamos el link: http://moenia.es/index.php/category/si-las-paredes-hablaran/
    Gracias!

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  2. Gracias a ti, exploraré ese link a ver qué es lo que dicen esas paredes de las que hablas.

    Un placer!

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