martes, 8 de marzo de 2011

Beatrice Stella, mujer y actriz

Beatrice Stella Campbell (1865-1940) fue una de las mejores actrices británicas de la época victoriana. Debutó en el teatro en 1888, acuciada por la falta de dinero, con un marido arruinado que partió allende los mares en busca de fortuna, dejándola sola con dos hijos pequeños a los que mantener. ¿Habría sido más feliz de haberse casado con un hombre más juicioso y en mejor posición? Alguna vez se lo preguntó, y en varias cartas habló de su llegada a la escena como una época descorazonadora, pero a la vez ilusionante, porque le daba algo que nunca tuvo: libertad.

El éxito como actriz le llegó en 1893, con la obra La segunda señora Tanqueray, en el teatro St. James de Londres. Su interpretación comprensiva y desprejuiciada de la exprostituta Paula Tanqueray indignó más de una conciencia y provocó muchos comentarios negativos, todos ellos sepultados en seguida por un alud de críticas entusiastas.

En los años venideros, Beatrice Stella encarnaría a Julieta, Magdalena y Ofelia, entre otras mujeres de carácter indeleble, ganándose una plaza en los círculos victorianos, donde confraternizó con artistas, intelectuales y miembros de la aristocracia. Recién estrenado el siglo XX, la actriz embarcó hacia América en la primera de sus muchas giras teatrales fuera de Inglaterra.

De nuevo en Londres, en el año 1914, Beatrice se metería en la piel de la inculta y mal hablada florista de Covent Garden, la inmortal Eliza Doolittle de Pigmalión. Una obra y un papel escritos expresamente para ella por George Bernard Shaw, quien dirigiría los tormentosos ensayos, que a menudo acababan con uno de los dos abandonando el teatro.

Beatrice Stella fue una mujer de carácter y de modernas convicciones, no dudó en interpretar papeles poco convencionales y controvertidos, como los de las señoras Tanqueray (una mujer con pasado) y Ebbsmith (una mujer con opiniones radicales sobre el matrimonio). Tenía una mirada profunda, ojos oscuros heredados de su madre italiana y una voz grave y expresiva.

Desde hace años, Beatrice Stella tiene un sitio propio en la colección de fotografías de la National Portrait de Londres, donde yo la conocí. Eso (estar en la Portrait, no que yo la conociera) la salvará seguramente de ser desmenuzada  por esa ominosa piedra de moler que es el tiempo. En el museo londinense la presentan como Beatrice Stella Campbell (nacida Tanner; “Mrs. Patrick Campbell”). De hecho, el Campbell con el que se hizo famosa entonces y es recordada hoy, es el apellido de su primer marido, quien, gracias a ella, surfea también las olas de la posteridad. Nada que objetar a una mujer del siglo XIX, que bastante hizo con aflojarse el victoriano corsé.

En el Día Internacional de la Mujer de 2011, no quería hablar de las que no pueden hacerlo; prefería acordarme de las millones de mujeres modernas, sobradamente emancipadas y en posesión de sus derechos, que deberían dar ejemplo y, en cambio, siguen perdiendo su apellido para tomar el de su marido. A unas les falta la voz, a otras, el apellido.

Si habéis llegado hasta aquí, regocijaos con la voz de Beatrice Stella, nacida Tanner:

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