jueves, 20 de enero de 2011

Los ojos de Noah

Desde el alba de los tiempos, el hombre ha sentido la imperiosa necesidad de representar el mundo, ya fuera golpeando piedra contra piedra, amasando barro con los dedos o troceando ramitas de madera. El deseo de trascender y el ansia de belleza son tan inherentes al ser humano como el hambre o la sed.

Yo la conocí en el Brittish Museum de Londres, pero Noah procede de un lugar llamado Ain Ghazal, en las afueras al noreste de Amán (Jordania). Tiene unos 9200 años, pero el paso del tiempo no le ha arrebatado un ápice de su belleza. Noah es, por supuesto, una estatua neolítica modelada en yeso calizo al final del octavo milenio A.C.; una época en la que aún no se habían inventado ni los cuencos de barro (5500 A.C.)

Sabemos poco de los artesanos que crearon a Noah y a sus veintitantas hermanas, todas ellas enterradas durante milenios en una fosa excavada en el suelo de una casa abandonada, en la actual Jordania. Pero sabemos que Noah es la más antigua representación de la figura humana a larga escala que ha llegado hasta nuestros días. La más vieja muestra de una escultura de un ser humano: cabeza y rostro con rasgos naturalistas, cuerpo con brazos y piernas, manos y pies, hasta pechos.


Con todo, lo más sorprendente de Noah es su rostro, particularmente sus ojos, modelados con un yeso más puro y blanco que el del resto del cuerpo. Las pupilas están hechas de un material parecido al betún, y alrededor del globo ocular lleva añadido un raro pigmento mineral verde. Son los suyos unos ojos que parecen mirar, y ver, aun después de miles de años. Aunque lo único que ahora contemplen sea el ir y venir de millones de personas que, cada año, recorren el British Museum tras las huellas de la Humanidad. Una Humanidad de la que Noah (y sus hermanas) es quizá la más antigua mensajera.

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