sábado, 22 de enero de 2011

Jardines impresionistas

Me gusta caminar por el centro de Madrid, transitar por sus plazas recoletas, casi todas de caprichosas formas triángulo-cuadrangular, sumergirme en esos tranquilos refugios entre calles comerciales de insufrible tráfico, tanto rodado como peatonal. Una de esas plazas es la de San Martín -el más bello edificio es el convento de las Descalzas-, donde se alza la Fundación Caja Madrid. Hasta el día 13, aquí puede verse la muestra Jardines impresionistas, en colaboración con el museo Thyssen-Bornemisza.

Nada más traspasar la puerta de Fundación Caja Madrid, un manto de brillantes colores asalta e invade los sentidos del visitante, y no sólo el de la vista. Porque los lienzos de Pissarro, Monet, Caillebotte, Bonnard, Klimt y otra decena de nombres entran por los ojos, pero, a poco que nos lo propongamos, nos sentiremos capaces de oler las flores; oír el viento entre los árboles; tocar las rosas y geranios; recostarnos contra los muros blancos, y hasta dormir una plácida siesta al sol declinante de la tarde.

Es a lo que invita el cuadro Siesta en el jardín, de Pierre Bonnard, uno de mis favoritos de la sala 1. Hay algo de mágico en esa placidez de la niña dormida; en la mesa recogida tras comer con su mantel blanco de franjas rojas; en el gato, las colinas y la iglesia que se adivina al fondo. También me sorprendieron los aparentemente sencillos, pero increíblemente bellos, La casa entre las rosas, de Monet, y La casa del guardabosques, de Klimt.

La planta superior está reservada para artistas alemanes, escandinavos, británicos y estadounidenses de primeros del siglo XX, todos influidos por la pintura al aire libre impresionista. Childe Hassam, con Recogiendo flores en un jardín francés, y Johann Viktor Krämer y su Taormina bajo el sol, me gustan especialmente.

En la siguiente sala, varios cuadros de Sorolla atraen inevitablemente la atención, sobre todo La alberca del Alcázar de Sevilla (bajo estas líneas), que luce exactamente como me gustaría que fuera el patio de la casa de mis padres en el pueblo, con esa hilera de macetas asomadas al borde blanco del agua.




Las incipientes vanguardias en que mutaría el postimpresionismo ocupan la última sala de exposición. Aquí Cézanne está presente con dos cuadros, también Braque, Malévich y Ernst. Mi favorito viene de la mano de Munch: Gansos en un manzanal.

Hasta el día 13 hay tiempo de ver la exposición, es gratuita y las colas que se forman en la plaza suelen ser para visitar el interior del convento, no para recrearse con la belleza de estos jardines impresionistas. Una visita virtual es posible, pero sería una lástima perderse la emoción de la experiencia en directo. Hay cuadros que quitan el aliento.

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