lunes, 20 de septiembre de 2010

La Taberna del Museo (Británico)

Dentro de una semana estaré de nuevo en Londres, seguramente saliendo de mis primeras horas de clase en la escuela de inglés, junto a decenas de estudiantes llegados de Japón, Corea del Sur, Arabia Saudí, Emiratos, Italia, Brasil… Una amalgama de lenguas y culturas tratando de aprender el único idioma que en los últimos decenios hemos consagrado como universal. Como todos ellos, de 9 a 12 y cada mañana de lunes a viernes, seré una aplicada estudiante de inglés en una ciudad que temo gris y nublada, lluviosa, muy distinta de la soleada y cálida Londres que viví de mayo a julio.

Pero... al mal tiempo, buena cara.

No recuerdo quién dijo aquello de “Siempre nos quedarán los bares” (yo añadiría “y los museos y las librerías”), pero hoy que en mi pequeño pueblo de Málaga también llueve, el cielo no es tan distinto del londinense y yo estoy harta de hacer listas mentales con ropa, papeles y cosas que no pueden faltarme en la maleta, me quedo con los bares. Uno que conocen bien las hordas de turistas españoles que entran y salen del British Museum; un pub con historia que servía un más que aceptable “kidney pie” (pastel de riñones) hasta que, hace años, la enfermedad de las vacas locas amedrentó a media Europa.

The Museum Tavern, o lo que es lo mismo, la Taberna del Museo (Británico, por supuesto). La mención más antigua a este pub-cantina tradicional se remonta al año 1723, aunque por entonces se llamaba “Dog and duck” (“Perro y pato”), debido a la abundante caza que se practicaba en los estanques y pantanos de los alrededores. Cuando, en 1759, abrió sus puertas el British Museum, justo enfrente, el pub adoptó su nombre actual, rentabilizando su privilegiada ubicación. En 1855, también aprovechando la remodelación de la calle, el pub se amplió hasta su tamaño actual. La barra y el artesonado de madera labrada de techo y paredes se añadieron en 1889, y todavía hoy se conservan en buen estado, igual que varios de los espejos originales y ventanas emplomadas.

Tampoco ha cambiado su vocación de cantina, y hoy sigue ofreciendo comida y bebida a los ingenuos turistas que se empeñan en recorrer el museo en dos horas y, por supuesto, acaban muertos de cansancio. A mediodía, los oficinistas son la clientela mayoritaria, mucho hombre de traje gris y mediana edad y mujeres de falta recta. La comida es algo cara, pero las pintas de Guinness y su gran variedad de ales (cervezas de mayor graduación alcohólica que las lager y de sabor más complejo) hacen del Museum Tavern una parada imprescindible en los alrededores de Holborn-Bloomsbury.

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