sábado, 4 de septiembre de 2010

Francia de ida y vuelta (VI)

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Viene de Francia de ida y vuelta (V)
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Habíamos reservado nuestro último día en Francia para pasarlo con una pareja amiga en su casa de veraneo en el pueblecito de Err, a escasos kilómetros de la frontera y de Puigcerdá. Teníamos cita para comer a la una y media, por lo que dejamos Perpignan de buena mañana, con la idea de visitar antes la abadía benedictina de Saint Michel de Cuxa.

La carretera se nos dio bien, y a las diez y media franqueábamos la puerta de entrada a la Cripta de la Virgen, un oscuro y húmedo edificio circular donde lo primero que apabulla es la rotundidad de un pilar central de siete metros de circunferencia, sobre el que gira la bóveda. Hice varias fotos, pero al estar prohibido el flash y no siendo yo una fotógrafa consumada, ninguna tiene la calidad necesaria. Delante de la cripta, el subterráneo paseo de los peregrinos nos condujo al precioso claustro de mármol rosa.

De nada vale lamentarse, y la historia del arte está jalonada de destrucciones, robos y desmantelaciones varias (los frisos del Partenón ateniense, las momias, efigies y obeliscos egipcios...), pero entristece pensar que lo mejor de este claustro románico del siglo XII fue vendido, arrancado columna a columna, transportado y reensamblado en Nueva York para lucir en el Museo de los Claustros, donde también se exhibe parte del claustro de St Guilhem le Desert. Como quiera que sea, las columnas y capiteles que aún quedan en Saint Michel de Cuxa son de tal belleza que dedicamos un buen rato a descifrar sus figuras vegetales y zoomorfas. Vimos bastantes leones esculpidos, otros animales inciertos y figuras de aspecto orientalizante, una de las cuales ha sido identificada como Gilgamesh, un personaje de la mitología babilónica.

Al entrar en la iglesia, de piedra desnuda y sobria, nos topamos con una pareja de italianos con los que, ¡casualidades de la vida!, ya nos habíamos tropezado dos días antes, cuando los cuatro (por separado) visitábamos el castillo de Carcassonne. También ahora los cuatro (por separado) salimos a contemplar la torre del siglo XI, que se recorta contra el verdor de los montes circundantes en un silencio sólo roto por las pisadas de cada nuevo visitante.

Desandando el camino, atravesamos la cripta de nuevo para salir por la tienda, donde compramos un llavero y vino de la zona que aún no hemos degustado.

La carretera hasta Err es estrecha, llena de curvas y en afilada pendiente, lo que sumado a los numerosos camiones largos, larguísimos, nos obligó a una velocidad media de 50-60 kilómetros/hora. Salí ganando yo, porque al conducir en casi caravana pude admirar un soberbio paisaje que, por momentos, recordaba a Despeñaperros (Jaén), sobre todo cuando vimos el Tren Amarillo, que cruza turistas por los Pirineos en un viaje de vértigo.

Llegamos a Err diez minutos antes de lo previsto. El Puigmal seguía alzándose majestuoso sobre el pueblo; el riachuelo corría y resonaba contra los cantos de piedra; la casa de nuestros amigos era tan bonita como la recordaba; y ellos, más acogedores que nunca.

Nos llevaron a comer al pueblo de Urús, en la provincia de Girona. La frontera en esta zona es una línea política de lo más arbitraria, pues hace franceses a unos municipios y catalanes a otros, aunque los separen unos pocos kilómetros. Todo en la carta de Fonda Cobadana sonaba apetecible, y la decisión final recayó en un crujiente de manitas de cerdo, muslo de pato, ensalada, pescado y rissotto de ceps, más postre compartido y vino. ¡Delicioso! La invitación puso la guinda al pastel, pero la próxima vez, nos toca.

Regresamos a Err para pasar la sobremesa poniéndonos al día. Mis planes de volver a Londres a finales de mes; sus recientes vacaciones en Escocia; la vuelta al trabajo de ellos dos; sus paseos por el monte buscando setas; la visita de un vecino amabilísimo al que conocimos en un viaje anterior... Sin darnos cuenta, se hacía de noche y aún no habíamos ido a nuestro hotel en Llívia, por lo que decidimos acercarnos a tomar posesión de nuestra habitación antes de regresar (sí, otra vez) a Err invitados a cenar. Tortilla, ensalada y setas (cocinadas por el vecino de nuestros amigos), todo un festín.

La noche era fresca, estábamos tan bien en la terraza, tan a gusto en tan agradable compañía, que sólo el sentido común y el largo viaje del día siguiente para volver a Madrid, nos dieron fuerzas para despedirnos de nuestros amigos e irnos a dormir.

Gracias a los dos por vuestra simpatía, cariño y amistad.