viernes, 3 de septiembre de 2010

Francia de ida y vuelta (V): Perpignan y Torreilles

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Viene de Francia de ida y vuelta (IV): a Perpignan
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Francia de ida y vuelta (V): Perpignan y Torreilles Playa


La mañana del miércoles la pasamos entre librerías (mi compañero de viajes y su desmedido gusto por la literatura en francés) y caminatas por los vericuetos de la vieja y noble ciudad de Perpignan. De buena mañana, un largo paseo partiendo de la plaza del Teatro y atravesando el barrio árabe, me hizo ver la cara menos turística de una ciudad que, como todas, tiene sus problemas de habitabilidad y algo más que paredes desconchadas.

El Palacio de los Reyes de Mallorca, al final de ese paseo, me tentaba con su aspecto de fortaleza gótica y el recorrido de sus murallas, pero las dos horas de visita que anunciaba el folleto me hicieron desistir. No tenía tiempo de hacerle los honores a tan vetusta construcción.

Regresé a la catedral de St Jean por el camino más recto y corto. Parte del interior estaba en obras y mal iluminado, pero aun así pude disfrutar en una relativa quietud de la altura de sus bóvedas góticas, del órgano renacentista, de las vidrieras y de la placidez de deambular por las capillas ajena al calor de la calle.

La lástima fue no poder visitar el claustro-cementerio de la iglesia (el más extenso y antiguo de Francia), cerrado al público en agosto y, en lugar de turistas, ocupado por hileras de sillas y gradas donde se acomodan los espectadores que por las noches disfrutan de los espectáculos del festival de verano.

Donde sí pude entrar fue en la Casa Xanxo, construida en el año 1507 por un rico comerciante de la ciudad, que ha sobrevivido a los siglos sin sufrir grandes alteraciones (la casa, no el comerciante).

La visita es gratuita y dura poco más de 15 minutos. Son particularmente curiosas las esculturas talladas a modo de gárgolas en una puerta, una de las cuales muestra la cabeza de Jesucristo con la corona de espinas. El jardín de palmeras está algo descuidado, pero conserva su encanto; y en el piso superior, la gran maqueta de Perpignan en los siglos XVII-XVIII me entretuvo unos minutos tratando de situar en ese mapa gigantesco lo poco que yo conocía de la ciudad moderna. Sigo teniendo problemas con los mapas y planos; eso no ha cambiado desde que me vine de Londres.

Todavía pude recorrer sin prisa durante un rato el centro de Perpignan, pasar por el arco bajo los rotundos muros del Castillet, cuya fachada de ladrillo albergó hasta una prisión del Estado y hoy cobija un museo de tradiciones y artes populares.

A la una de la tarde y con las librerías cerradas hacía media hora, me reuní en la FNAC con mi compañero para coger el coche rumbo a la playa. La amable señorita de la Oficina de Turismo me había recomendado esa mañana el pueblo de Torreilles, y allí nos fuimos con hambre de mar y de pescado.

Torreilles tiene un párking enorme y gratuito que te deja muy cerca del borde del mar. La playa, limpísima, mide cuatro kilómetros de arena finísima y alterna las zonas familiares con las suaves dunas, todo en un entorno “salvaje”, por supuesto, no urbanizado. Ya quisiéramos en España tener muchos sitios así.

Comimos en L’Ovalie Beach, un restaurante-bar de copas-chill-out según las horas del día, con un menú en el que todo sonaba bien y a buen precio. Compartimos ensalada, parrillada de pescado y vino, que para eso a dos pasos nos esperaban las hamacas del propio restaurante. Entre chapuzón y chapuzón, nos entretuvimos mirando a los niños (y no tan niños) que participaban en un concurso de castillos de arena. Todo en una placidez tan relajante que a punto estuve de quedarme dormida.

Al día siguiente, teníamos cita en el pueblecito de Err con una pareja amiga a la que conocimos en un viaje a Siria y Jordania. Así que esa noche en Perpignan decidimos tomárnoslo con calma, y sin pasar por el hotel ni quitarnos del todo la sal del pelo, fuimos a la Lonja del Mar a tomar un helado sentados plácidamente viendo la vida pasar.

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