miércoles, 1 de septiembre de 2010

Francia de ida y vuelta (IV): a Perpignan

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Viene de Francia de ida y vuelta (III)
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Francia de ida y vuelta (IV)

El martes muy temprano dejamos la Cité de Carcassonne con rumbo a St. Guilhem le Desert, a hora y media aproximadamente, cerca de Montpellier. No es que nos pillara de camino precisamente, pero habíamos ido a St. Guilhem hacía años, cuando llovía y el cielo estaba oscuro, y nos apetecía verlo con una luz nueva.

Desviándonos en Narbonne, hicimos una breve parada en la abadía de Fontfroide con la sana intención de desayunar rodeados de montañas. Resultó que el café-restaurante no abría hasta las 12, con lo que hubimos de conformarnos con los plátanos y galletas que llevábamos en el coche. Nos fuimos cuando arrancaba la primera visita guiada (obligatoria), lo que nos hizo recordar la vez que nosotros hicimos cola ante las magníficas portadas de la abadía cisterciense. Esta vez no teníamos tiempo.

El pueblo y el monasterio de St. Guilhem deben su nombre a Guilhem, un militar primo de Carlomagno que dejó las armas para fundar, en el año 804, un solitario monasterio en el perdido valle de Gellone. Y aquí siguen, el pueblo y el monasterio, aunque lo recóndito de su situación no impide hoy que miles de turistas abarroten a diario sus callejuelas esquivas y torcidas.

Nada más entrar en el monasterio, nos sorprende la iglesia abacial, su interior oscuro, sin más decoración que la piedra desnuda; la estilizada altura de sus bóvedas; la cripta vestigio de la anterior iglesia carolingia; la arqueta relicario con huesos de St Guilhem. Y, sobre todo, impresiona el claustro de sólidos muros y firmes capiteles.


Y rodeándolo todo, vigilando desde arriba,los riscos escarpados donde brillan al sol los restos de un castillo y de una ermita, a los que hay que subir andando (y hasta trepando) una empinada cuesta. Yo preferí caminar llano, hacia el Circo del Fin del Mundo (Infernet), apenas media hora que me supo a gloria porque tanto a la ida como a la vuelta comí moras silvestres y un par de higos.

La comida la hicimos en la terraza del restaurante La Table d’Aurore, bajo los árboles y en una mesa contigua a otras que se asomaban vertiginosamente a una de las gargantas que circundan el pueblo. Tomamos una formule (menú del día a la francesa) con ensalada, pescado y berenjenas con queso fundido. Nos supo a gloria después de nuestro frustrado desayuno en Fontfroide.

Ya en ruta hacia Perpignan, salimos de la autopista para ver la fortaleza de Salses, pero estaban a punto de cerrar y decidimos tomar unas fotos del exterior y anotarla para nuestra próxima estancia en Francia.

Llegamos a Perpignan al atardecer, el hotel estaba a las afueras y aunque tenía piscina y estábamos cansados, nos pudieron más las ganas de pasear por el centro. Dejamos el coche en el párking Aragó y recorrimos las calles durante un rato. También era nuestra tercera vez en Perpignan, así que todo tenía un aire familiar y acogedor. La catedral de St Jean, la Lonja, la plaza de Cataluña, el Castillet…

Había muchos españoles, lo que no extraña ya que la frontera se encuentra a pocos kilómetros, y las calles y muchas tiendas están rotuladas en catalán y francés, que para algo Perpignan fue la capital de la Cataluña francesa desde el siglo X hasta mediados del XVII.

No pensábamos cenar, pero la oferta de ostras a muy buen precio en una de las terrazas sedujo a mi compañero de (no tantas) fatigas, y rematamos la noche cenando más de lo que nuestra línea aconsejaba y seguramente también más de lo que nuestras cuentas bancarias desearían, pero...¡hacía una noche tan bonita en Perpignan!

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