jueves, 5 de agosto de 2010

Paella con churros

Hace calor en Madrid. No demasiado, nada intolerable, pero desde luego, calor. Ya hacía calor en el avión de British Airways que me recogió el lunes en Heathrow y me trajo a mi ciudad adoptiva. Aunque, en esa ocasión, el calor emanaba de las decenas de españoles que regresaban de sus vacaciones (y así se lo contaban y recordaban unos a otros en voz alta), y de un par de grupos de jovenzuelos estudiantes de inglés, que volvían con sus monitores.

Mis dos compañeros de asiento eran ingleses y se pasaron las dos horas veinte minutos del vuelo hojeando la prensa, así que yo me dediqué a leer Sanditon, la novela inacabada de Jane Austen que compré en su casa-museo de Chawton. Pero el contraste entre el inglés alambicado del siglo XIX en que el libro está escrito, y las entusiastas conversaciones de mis compatriotas, inclinó la balanza del lado de los turistas.

En general, lo habían pasado bien: les había gustado Inglaterra; se quejaban de lo carísimo que era todo; Londres les había sorprendido por la cantidad de cosas que se pueden hacer; no se podía fumar en ningún sitio; y los ingleses no eran tan estirados. Una señora mayor contaba que había hecho una excursión por los sitios que salían en las películas y series, y que se había emocionado, sobre todo, al ver la casa de Arriba y abajo, la mítica serie de TV de los setenta.

Yo me apunté la idea de esa excursión, pero para hacerla por mi cuenta, cuando regrese a Londres a finales de septiembre.

Entre las cosas negativas que contaban en el avión, la comida se llevaba la palma. Los tópicos y típicos pastel de riñones (kidney pie), las salchichas con puré de patata, las verduras sosas y los estofados de carne sin identificar, junto con los fish & chips, eran lo más criticado. Y, por tanto, todos estaban deseando aterrizar para comer “comida de verdad”.

No seré yo quien defienda la comida inglesa, y en realidad en mis dos meses largos en Londres he probado platos marroquíes, turcos, griegos, chinos, coreanos, tailandeses, italianos, etíopes, mexicanos, franceses, japoneses… Casi todos de precio medio, muy buenos pese a que para mi gusto abusan de las especias y el picante, variados y fáciles de encontrar, ya que en cada esquina del centro hay un montón de locales abiertos hasta tarde.

Y eso me recordó un par de fotos que hice los primeros días de mi estancia en Londres, cuando en el curso de mis paseos encontré dos exóticas estampas culinarias.

La primera, en Covent Garden, en el piso bajo de la plaza central del mercado: paella cocinada en vivo y en directo frente a las mesas donde los clientes degustaban los platos de arroz. Y debía estar buena, a juzgar por el éxito de público. Desde luego, olía estupendamente.

Y la segunda, en Notting Hill, un domingo de mercado. El olor a aceite frito no dejaba dudas: churros… ¡con chocolate! Tampoco los probé, acababa de comer y me parecía un exceso, que ni mi estómago ni mi bolsillo agradecerían.

Y otra pista: el restaurante español que hay en el mercado de Spitalfields, a un paso de Liverpool Street Station y Brick Lane. Para nostálgicos de la comida de mamá que estén pensando en viajar a la pérfida Albión.

No hay comentarios:

Publicar un comentario