lunes, 9 de agosto de 2010

Olor a tierra mojada

La tormenta sobre Madrid ha descargado su cortina de agua, tan necesaria como esperada. Al fin una tregua tras un día de bochorno que me ha recordado por qué prefiero 40 grados de calor seco antes que 29 pegajosos centígrados. He sacado las plantas a las ventanas, todas las que cabían, que no son muchas, y he aspirado el aroma a tierra mojada. Un olor que me transporta a la infancia, cuando la lluvia era la norma y no la excepción, cuando los campos eran menos áridos y apenas se veían lonas de plástico cubriendo invernaderos.

No hace tantos años de eso, lo que sucede es que en los últimos tiempos nos han entrado las prisas por hacerlo todo de forma apresurada. Y en algún punto del camino hemos debido tocar algún resorte, y se han debido soltar algunas piezas, y la maquinaria engrasada por miles de siglos parece ir con el paso cambiado. Y así, no es extraño que soplen monzones, se quemen bosques, se asfixien ciudades, se mueran de sed personas, campos y animales, se deshielen placas del tamaño de islas, se maten rehenes, se hagan estallar bombas y se quiera iniciar la penúltima guerra con la excusa de un árbol.

Nada nuevo sobre la faz de la Tierra, calamidades que se repiten desde que el hombre tiene memoria y la lega a la posteridad. Lo sé. Pero la diferencia cualitativa es que ahora, en el albor del siglo XXI D.C., sabemos cómo prevenir, paliar y a veces hasta evitar estos desastres. Pero no nos da la gana.

Y en medio de tanta confusión, van unos y se ponen a competir, como si de un chiste de Gila se tratara, a ver quién aguanta más grados en una sauna. Mundial de Sauna, creo que lo llaman, y uno de los finalistas ya ha muerto y otro casi no lo cuenta.

Se me ocurre que a lo mejor es el propio Planeta quien ha iniciado una nueva ofensiva para eliminar a los molestos insectos humanos que se obstinan en esquilmarlo. Perecieron los dinosaurios, y eran mucho más fuertes que nosotros, y si no es por Noé y su barca milagrosa, no lo contamos como especie, así que yo no apostaría por la raza de mis semejantes.

Mientras llega ese momento, en la quietud de esta noche de agosto, me relajo con el golpetear del agua sobre las plantas y el olor a tierra mojada.

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