sábado, 28 de agosto de 2010

Francia de ida y vuelta (I)

Calor, más gente y coches de los que me gustaría y un familiar algo delicado de salud es lo que me he encontrado al llegar a Madrid tras mis vacaciones por el sur de Francia. Un panorama bien distinto del de hace una semana exacta, cuando por estas horas mi compañero de fatigas y yo estábamos aparcando el A3 en el garaje del hotel Ibis en Girona.

Un hotel moderno, accesible, de buen precio, en la entrada norte de la ciudad. Hace ya años que, cuando viajamos en coche, es éste quien decide nuestra morada, según haya párking o no y en función de lo rápido y cómodo que sea entrar y salir de la ciudad. Total, cada vez que nos movemos en coche lo dejamos en un párking… Así al menos nos ahorramos tiempo y molestias buscando un aparcamiento gratuito que nunca existe en el centro de ninguna ciudad europea, ¡al menos, no para nosotros!

Girona es una ciudad preciosa donde el tiempo cunde más, o así me lo parece cada vez que voy. El casco viejo está lleno de rincones encantadores, callejuelas estrechas y empinadas, plazas recoletas, edificios con bonitas fachadas de piedra que no me canso de mirar. La Rambla no me emociona, demasiada terraza de heladería y familias con niños y perros paseando al atardecer.


Yo soy más de quedarme embobada con el panorama de las casas colgadas sobre el río Oñar. Es imposible apresar cada matiz de color pero, aun así, podría pasarme horas contemplando el reflejo de los edificios sobre el agua, escuchando el rumor callado de la corriente bajo los puentes, mirando, pensando, respirando. Tan sólo eso.


La catedral ya estaba cerrada, por lo que tuve que conformarme con mirarla apabullada desde la base de las decenas de escalones que conducen a la fachada principal. Muchos turistas subían y bajaban, más atentos a la foto y al encuadre, que a la arquitectura de un templo que conserva elementos del primer edificio románico, capillas góticas y renacentistas, aunque el exterior es barroco.

Anochecía cuando decidimos pasear por los alrededores de los baños árabes, todo un remanso de tranquilidad, al igual que el Museo de Historia de la Ciudad, el Museo Arqueológico o el Museo de la Historia de los Judíos; este último, un valioso testimonio de cómo vivían los judíos del siglo XI hasta su expulsión por los católicos en 1492.

Esa noche en Girona empezamos a adoptar el horario europeo. Estábamos cansados tras conducir más de 700 kilómetros, así que nos decidimos por un restaurante en la Plaza de la Independencia, bajo los soportales, donde una ligerísima brisa empezaba a refrescar el ambiente. La Riba, que así se llama el restaurante, es un sitio curioso porque en el mismo edificio tienen un sushi bar y el de cocina de mar que nosotros escogimos. Probamos las anchoas de L’Escala y el risotto, el vino blanco que nos recomendó el camarero (simpatiquísimo, nos fue comentando el partido del Barça entre plato y plato) y hasta postre. La línea se resintió más que la cartera, pero para eso son las vacaciones, ¿no?

Un corto paseo hasta el párking fue todo lo que dio de sí la noche. Al día siguiente queríamos madrugar para que no nos pillara el atasco de entrada en Collioure (fue en vano, ya lo adelanto), ver la tumba de Machado y ser puntuales a nuestra reserva para comer a las 13.30 en La Balette, el restaurante del hotel Relais des Trois Mas.

El viaje sigue en Francia de ida y vuelta (II)