martes, 31 de agosto de 2010

Francia de ida y vuelta (III): Carcassonne

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Viene de Francia de ida y vuelta (II)
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Hay dos Carcassonne: la ciudad medieval amurallada, que despliega su esplendor de piedra en lo alto de una colina y que todo el mundo llama la Cité; y la moderna ciudad, que se ha hecho grande a los pies y a la sombra de la primera. La Cité, o ciudad alta, es la que atrae millones de turistas cada año, y la otra es donde vive la gente que trabaja por y para esos entusiasmados visitantes que recorren las calles como si las piedras les contaran un cuento de hadas de los de antes.

A las 10 de la mañana, estábamos acabando de desayunar en una terraza en la plaza del Grand Puits. Era lunes y había poca actividad, unos camareros montaban las mesas para la comida, un tendero recolocaba sus mercancías en la calle y una minivanette de reparto entregaba paquetes.

Primera parada del día: el castillo condal, frente al que ya hacían cola decenas de turistas. Nosotros habíamos tenido la precaución de comprar la entrada antes de desayunar, con lo que pudimos zafarnos del primer grupo organizado y de su guía chillón. Nada más entrar, la escultura de la Dama Carcas instruye al visitante en la leyenda que le atribuye la invención del nombre de la ciudad (“Carcas sonne”, en referencia a las campanas que esta princesa, esposa del sarraceno Balaak, hizo sonar al ver que Carlomagno levantaba el sitio de la ciudad).

En la planta superior, una película narra la historia de la Cité, del castillo y de cómo en el siglo XIX el arquitecto Eugène Viollet-le-Duc le devolvió el aspecto de lugar encantado con sus torreones, almenas, puentes levadizos, rastrillos, cadalso, murallas… Tan medieval o más que cuando los Trencavel comenzaron a construir el castillo, en el siglo XII.

Como Carcassonne está en tierra cátara, era lógico que también contra sus murallas fracasara la rebelión de los albigenses, perseguidos y exterminados en la cruzada ordenada en 1208 por el papa Inocencio III. Tras el asedio y capitulación, Carcassonne pasó a manos del rey de Francia (antes pertenecía al Reino de Aragón) y desde 1226 adquirió el aspecto de plaza fuerte que ya siempre tendría.

Tardamos más de dos horas en recorrer el castillo, pero aún era pronto para ir al restaurante, así que deambulamos por las callecitas mirando y comprando algún regalo hasta que el estómago se nos abrió como para ir a la Maison du Cassoulet.

A diferencia de hace seis años, ahora yo no como carne, por lo que me limité a ver cómo mi compañero saboreaba el contundente guiso de judías con salchichas de cerdo, costillas y muslo de pato. Mi ensalada también estaba deliciosa, con el queso fundido al horno, sus picatostes, frutos secos y lechugas variadas. Un vino de la tierra y un postre a dos nos dejó al borde de la (merecida) siesta.

Al anochecer, recorrimos las murallas tratando de descubrir los restos del primitivo recinto amurallado galorromano. Un ejercicio tan romántico como imaginativo, pero tan agradable como ver esconderse el sol sobre las torcidas masas de piedra mientras la oscuridad desdibuja las últimas cúpulas puntiagudas.

En la plaza del Grand Puits había comenzado nuestro día, y allí lo fuimos a terminar. Justo en la mesa al lado del gran pozo, bebiendo una cerveza Trencavel y degustando una tabla de quesos. Leyendo, también esa noche, nuestros libros.

Junto al Grand Puits de la Cité de Carcassonne acabé Sanditon, la novela inacabada de Jane Austen, pasando la página de un capítulo XII al que ya nunca un XIII relevará. Dudé mucho antes de comprar el libro, aquella tarde de julio en Chawton, y más todavía dudé si empezar a leerlo. Al final, me pudieron las ganas de saber qué escribía Jane Austen mientras la enfermedad la mermaba y la muerte la cercaba. Todavía no sé si alegrarme o no de haber empezado a leer.

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El viaje sigue aquí